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martes, 25 de octubre de 2016

Critica al troll anonimo de Supermanjaviolivares

La verdad tendre que ser sincero y por favor no me lo tomen mal, pero ya estoy cansado de cierto anonimo que por aburrimiento pone cosas que no son y no me gusta meterme ni rebajarme pero temo que no seguire comentando, no hice una critica de esta pagina porque respeto a los administradores y los lectores, pero hacerse pasar por mi, insultarme, calentándome por trolleo. No, lo siento no puedo, y estoy seguro que siempre son una misma persona. Pero me canse, respeto la libertad de expresion y trato de ser amable pero me estoy cansando. Y es cierto no puedo evitar a veces salirme de tema, pero no lo hago con mala intencion solo son recomendaciones.
Y nunca trato de empleados a los esta pagina, ni tampoco soy troll, pido que se midan por favor en el anonimato. Eso habla mal de ustedes y no quiero incluir a todos porque se que es uno. Saludos.
Y ahora resulta que yo y los que comentamos tenemos la culpa por un troll que esta aburrido

lunes, 10 de octubre de 2016

Lo que quizas no sabias de Superman de Javier Olivares Tolosa


Editorial: Dolmen
Autor: Javier Olivares
Año: 2016

Superman es un gran personaje, siempre lo he tenido presente, desde niño mi primera apreciación del personaje no fue Cristopher Reeve, sino Dean Cain de Lois & Clark. El Autor Javier Olivares tambien lo tiene presente pues a sido fan de Superman casi toda su vida, dedicándolo a raja tabla.
Ahora si bien ha sido en mi opinion el mejor personaje de ficcion, Superman ha sido fuertemente atacado y odiado por razones injustas, mientras que Batman y Spiderman se llevan a toda la gloria y no les dicen nada o en menor medida.
Incluso lo han llamado plano y soso, cosa que queda descartado con este libro.
Me gustan los tres, pero el primer heroe que conoci es Superman.
Y vamos ser fan de Goku no es motivo para despreciar a Superman.
Lectura altamente recomendada tanto para los fans como para los no tan fans
Conocemos algunos datos tanto del cómic, cine, tv, radio y hasta hay una mencion del Zorro para los que adoramos a los heroes pulp, ya veran porque.
No esperen cambiar su mentalidad u opinion sobre Superman pero de a poco se puede dar un concepto diferente de Superman.
Espero que les haya gustado el libro,  y buenos dias.
Que Dios los bendiga


jueves, 18 de agosto de 2016

San Martin Exterminador de Zombies: El Cazador de Vampiros

Abraham Lincoln miraba el paisaje mirando el sol ocultarse sabiendo que lo que le esperaba no era bonito, era agotador, pero quien diria que el vampiro seria algo facil se equivocaba, Cazar era lo facil matar era lo dificil, queria vengarse de lo que se llevo a su madre y amigos, Henry le habia enseñado a pelear contra los no-muertos.
En esas andaba cuando una carroza se detuvo cerca suyo.
-Cochero porque nos detenemos.
-Hay un hombre en el camino.
- Entendido.
Jose de San martin miraba al hombre sin miedo, algo compartido por el joven que estaba de pie. Reconoció un compañero guerrero.
-Seria descortes hablar afuera. Por favor acepte mi invitación a tomar algo.
San Martin agradecia la formacion militar en ingles, y el joven acepto la invitacion.
Durante el trayecto, San Martin escucho sus historias y su lucha contra la injusticia y los vampiros, olvidaba que en su lugar en Sudamérica las cosas no iban mejor con los zombies. Escucho detalle por detalle.
Su plan había sido venir a Norte América para tomar desprevenido al ser que estuviera causando estos hechos terribles en su tierra natal.
De pronto el carruaje se detuvo y volcó.
Abe no sabia cuando paso pero San Martin estaba luchando contra Vampiros

San Martin miraba el lugar atestado de cadáveres andantes, tenia que ser muy cuidadoso con lo que tocaba, porque una sola mordida significaba ser parte de los vampiros, olvidaba que estas cosas si bien eran fuertes, eran lentas y algo torpes su mayor ventaja era cuando atacaban por sorpresa y por su numero, pero si les cortaba la cabeza ganaria, Jose se movio y su sable corto a los no muertos, una y otra vez.
Uno podia en parte sentir pena por los Vampiros, capaz porque no eran conscientes de su enfermedad, pero su instinto de supervivencia y hambre por carne viva era comparable con el de San Martin por sobrevivir, su misión era volver libre esta parte del mundo y liberarla de los Vampiros.
-Quedese atras lincoln.
-No puedo dejarlo solo.
San Martin de embate y un corte le quito la cabeza a uno de los vampiros

miércoles, 17 de agosto de 2016

San Martin Exterminador de Zombies

Jose de San Martín estaba en su escritorio en 1816 mientras escribía una carta para Tomas Godoy Cruz el joven congresal era un hombre de su mas estrecha confianza de Mendoza y su mano derecha en el Congreso de Tucuman.
"La historia prefiere leyendas a hombres, las leyendas los mitos. Como sea lo importante es como y quienes cuentan y escriben la historia. Mi querido amigo Tomas, la situación del país florece y el continente esta independizándose de la muerte y la esclavitud. Pero incluso yo tengo que ser consciente de lo peligroso de contar y poner todo lo que visto en manos de un hombre. Esa información podría perderse"
Jose, miraba las medallas y trofeos con triunfo y determinación. Pero sabia que incluso la muerte no era el fin de las cosas.
"La muerte es solo el comienzo...dicen algunos. Eso queda claro, lo que te voy a revelar tiene que ser confidencial"
España 1812 con el firme propósito de colaborar con la lucha de la independencia San Martin se enrolo en la Logia Lautaro para luchar por la libertad de las colonias españolas, también lucho contra Napoleón donde gano una medalla por su desempeño.
Habia rumores de una epidemia en Argentina, Chile, Perú y en otros lugares que transformaba a los contaminados en Zombies, muertos vivientes que caminaban aun de muertos.
El virus se expandía con rapidez, pero era posible matarlos cercenando les la cabeza o cortandosela, el ejercito español necesitaba un líder para matar a estas criaturas


martes, 16 de agosto de 2016

Argentina Zombie de Luciano Saracino y Daniel Mendoza

Hordas de zombies, y no malones de charrúas, fueron los que se comieron a Juan Díaz de Solís, el primer navegante español en llegar al Río de la Plata, apenas desembarcó en 1516. Desde entonces, el pasado argentino está plagado de zombies. Utilizados como carne de cañón en las luchas independentistas, cruciales en las gestas patrióticas y protagonistas de los momentos más sórdidos de la Nación, incluso los próceres han sido sospechados de ser muertos vivientes. Es tiempo de saldar la deuda con la verdad y devolver a esas criaturas su lugar en la Historia. Una lección que la escuela nunca se atrevió a contar. Ni viruela, ni fiebre amarilla: brotes de virus zombies. ¿San Martín, Belgrano y Sarmiento mordidos? La verdad sobre la Batalla de San Lorenzo.
Es una buena forma de hacer mas interesante la historia. Eso si me gustan los dibujos. Por lo que describes es tipo un comic zombie argentino. Dicho sea de paso me gusto Lincoln cazador de vampiros es una buena manera de que los jovenes se interesen por la lectura y aprendan historia al mismo tiempo
Un libro muy bueno. Que se lee como un comic. Y mientras se disfrute. Me gustaria que lo adaptaran para una serie estilo walking dead.
Yo tambien lo recomiendo, es agradable ver algo diferente en nuestro pais y nosotros tambien podemos hacer buenas historias.
¿Si Lincoln puede ser cazador de vampiros? ¿porque no puede San Martin ser exterminador de zombies? Como lo veo yo recomendable al 100 %
Saludos a todos y viva la patria Z! XD

miércoles, 10 de agosto de 2016

DBZ/Marvel: El Ataque de los saiyajin

Dbz/Marvel: El ataque de los Saiyajin
Se me ocurrió hacer este fic, está centrada en la película de los vengadores después de la derrota de Loki y en el caso de Dragón Ball será tras la derrota de Raditz.
De esa manera explico muchas cosas, ósea que la invasión de Raditz y Loki ocurrieron al mismo tiempo, ahora Kami entrenara no solo a los guerreros z sino que los vengadores
Prologo
Hace apenas unos días los satélites de la NASA detectaron información sobre un meteorito que cayó en Asia, más específicamente China, donde Nick Fury envió tras la NASA considerar que era un asunto de para la agencia, un equipo de reconocimiento después de lo de Loki, Fury sabía que las cosas del espacio exterior traían mala suerte.
Misteriosamente el equipo había desaparecido, y un hombre el único testigo un agricultor estaba en estado de shock aunque gracias a los recursos de Shield le habían sacado información.
El agricultor había dicho que había estado trabajando tranquilamente en la zona rural, ajena al cerco y centro que instalaron la agencia de seguridad en el área, cuando una bola de fuego había caído cerca de unas montañas. Curiosamente cayendo cerca del centro de investigación de Shield, el agricultor llevado por mera curiosidad había ido pensando correctamente que podía tratarse de un meteorito o un OVNI, los agentes también acudieron y rodearon con armas a la capsula tras comprobar que poseía cierta tecnología el objeto.
Inmediatamente después la capsula se abrió y un hombre musculoso con armadura salió, según el testigo agricultor tenía un cabello negro bien largo, una especie de cinturón marrón, un dispositivo en la cabeza o el ojo.
“Dijo que este era un planeta débil, un planeta de los débiles y algo sobre un poder de 5 o 7 tras examinarnos, menciono algo sobre un tal Kakaroto y acto seguido nos atacó. De una manear bien rápido acabo con todos los hombres armados y cuando le dispare con mi escopeta, el detuvo la bala con sus manos y me la regreso”
Fury miraba al agricultor, notaba que no mentía ya que de lo contrario no estaría asustado al recordar esa escena, con esto el director se levantó. Despidió amablemente al hombre, prometiendo que le daría seguridad completa tanto a él como a su familia, ahora sabía que  tenía otra invasión alienígena en sus manos.
“Director Fury nos complace anunciar que pudimos seguir al sospechoso hasta una isla, propiedad del Campeón de las Artes Marciales Muthen Roshi. Y hemos podido establecer que se trata de algo grande, pero recogimos otra lectura de movimiento”
Fury miraba por las imágenes en el monitor, obvio lo menos importante hasta llegar a cuando el desconocido se presentó como Raditz y le decía al hombre en traje naranja que ambos eran de una raza de guerreros llamada Saiyajin, más al ver que  el hombre se negó a ayudarle. Raditz amenazó con matar a su hijo llamado Gohan sino le entregaba 100 cadáveres humanos.
El hombre naranja se unió a un hombre llamado Piccolo verde que había estado siguiendo al criminal espacial, ambos lucharon contra Raditz de nuevo en la zona de aterrizaje más al no poder derrotarle Goku se sacrificó para que Piccolo le atravesara con un rayo de energía.
Fury ya sabía de estos hombres, había estado intrigado cuando hace 8 años aparecieron seres con poderes en los torneos mundiales de artes marciales y cuando King Piccolo apareció, por desgracia antes de este empezara a extender su influencia en el resto del mundo fue derrotado por un niño llamado Goku. Fury había ordenado una investigación, habían seguido también a los amigos de Goku, Bulma Brief y Krillin antes de perderlos por 3 años hasta que reaparecieron en el torneo 23 de artes marciales.
Sin embargo tras la victoria de Goku en el torneo, la mayoría de estos súper humanos desaparecieron de la vida pública por 5 años, salvo por Yamcha quien era un jugador de baseball y practicaba mucho desde entonces y Bulma Brief cuya corporación Capsula era una gran competidora de Industrias Stark, salvo que a diferencia de Stark, Brief no construía armas para la guerra.
“Bueno parece ser que esa invasión ya está controlada”
“Te equivocas mortal”
Nick Fury, Hill y varios agentes apuntaron sus armas a un anciano con bastón, de cara verdea arrugada y un símbolo en el pecho.
“Kamisama”.-Pregunto Fury él estaba bien versado en la cultura asiática y sabía que kamisama era el significado para guardián de la Tierra.-“¿Por qué te llamas así?”
“Porque soy kamisama de este planeta, usted está equivocado Director Fury, esto no es el final del Saiyajin, es solo el principio”
Continuara…
Nota: Si será en la saga de los Saiyajin, los vengadores no hicieron nada con Raditz porque ellos estaban ocupados con Loki en New York al mismo tiempo, pero Shield si se percató aunque fueron incapaces de detener a Raditz.
¿Por qué Nick Fury no se sorprende con esos poderes? Bueno incluso en el universo cinematográfico Fury esta acostumbrado a luchar junto con seres con poderes o luchar contra ellos, loki en este caso.
Además Dragon Ball por ahí no es tan poderoso como la saga Z pero es mucho más lógica y más ambientada a China y Asia que Dragon Ball Z, lo que es perfecto para juntarlo con Marvel que es conocida por poner explicaciones lógicas y científicas antes que mágicas y sobrenaturales. Y si bien Dragón Ball tiene las esferas del dragón y King Piccolo, los objetivos de King Piccolo son más parecidos a los de Loki que  a los de Freezer y Cell en muchos sentidos. En cuanto a las esferas bueno esta el cubo cósmico en la película de los vengadores y dado que Piccolo es un extraterrestre sigue la política de DC Y Marvel.
Además en todo caso servira para potenciar a las versiones cinematográficas a un nivel superior.



domingo, 17 de julio de 2016

Ciencia y Superheroes


Paula Bombara y Andres Valenzuela son los autores de esta obra, donde tratan de explicar cientificamente poderes tales como los de Goku, Superman, Flash, Hulk y muchos mas. En si a mi no me gusto tanto, pero posee una gran enciclopedia y diccionario sobre personajes tanto de comics como mangas.

jueves, 21 de abril de 2016

White Ranger vs Scorpion

Un video fan que no tiene que envidiarle a Hollywood, hecho por fan y con Jason David Frank quien hizo del Red Ranger Zeo, Green Ranger, White Ranger, Red Turbo Ranger y Black Dino Ranger.
Muy buena pelea, Jason un capo, White Ranger contra Socorpion de Mortal Kombat y si me considero un fan de power rangers.

lunes, 18 de abril de 2016

Dragon Ball La Luz de la Esperanza

Es uno de los mejores live action hechos por fans sobre el anime/manga dragon ball z, sino el mejor que dragon ball evolution
basado en la linea alternativa de Trunks del futuro, mucho mejor que la basura de dragon ball evolution, mejores peleas, mejor desarrollo y guion, actores bien trabajados, ojala Hollywood aprendiera un poco de ellos

viernes, 8 de abril de 2016

Ahsoka Tano la cazadora

Estoy un poco oxidado, pero aqui va mi fanfic.
Ahsoka tano la Cazadora. Crossover Supernatural-Star Wars
Esto se situa en la temporada 11 de Supernatural ( muy buena por cierto), si desean corregirme adelante soy todo oidos.
Luego de es auto exilio de la Orden Jedi, Ahsoka se encontraba a punto de irse de suicidarse, pues no tenia a donde ir y toda su vida habia sido entrenada para ser una jedi. 
En esas estaba cuando un hombre palido, alto, con traje negro y un baston aparecio en frente suyo, tranquilo mirando a la togruta, no habia muerto con la destruccion de la guadaña, sino que habia destruido Dean Winchester su embarcación reciente obvio que mientras existiera el concepto de la muerte no podia morir.
"Dios tiene un plan para ti, Tano"
"¿Eh? perdon no se de que me habla"
"He visto tus acciones y Dios tiene una tarea para contigo"
De pronto la Muerte adopto una expresion y mirada serias.
"Antes de que existiera la luz, antes de que existiera Dios y los arcángeles, no había nada. Allí estaba la oscuridad, una fuerza terriblemente destructiva, amoral que fue rechazado por Dios y sus arcángeles en una terrible guerra. Dios encerró a la oscuridad en la distancia donde no pudiera hacer ningún daño, y Él creó una marca que sirviera tanto de llave como de cerradura".-La Muerte describe a la Oscuridad.

jueves, 31 de marzo de 2016

Jason mata a los Cullen

Edward y Bella Cullen caminaban por Cristal Lake, Forest Green para vacacionar  luego de su reciente  boda y los Volteri les recomendaron pasara por este bosque, por este antiguo campamento pese a las advertencias de sus peleadores.


Ahora Bella caminaba, sin ver una enorme silueta que le seguia. Estaba buscando cazar animales para alimentarse de su sangre y no vio la enorme mano que la agarro del cabello y la azoto contra un arbol cercano, Bella se repuso y ataco con una velocidad y fuerza tremendas para le ojo humano pero Jason recibio cada golpe sin inmutarse le agarro el brazo derecho y se lo separo del cuerpo.
No vio el puño lleno de rabia, que le golpeo, Jason respondio y de pronto se vieron enfrascados en una lucha puño contra puño. De un cabezazo le destrozo la cabeza a Cullen.

jueves, 10 de marzo de 2016

Voldemort mata a Edward Cullen


Edward Cullen y Bella Sawn caminaban por un bosque cuando se les parecio el Señor tenebroso y tiro un maleficio asesino. Edward cayo muerto.
Si quieren que algun personaje mate a los Cullen avisenme

lunes, 7 de marzo de 2016

Libro la Profecia David Seltzer


 


Robert Thorn recibe la noticia de
que su primer hijo ha nacido muerto.
Para evitar el dolor de su mujer,
Katherine, acepta adoptar a otro
niño nacido en la misma clínica,
cuya madre ha fallecido durante el
parto. Katherine, ignorante de la
suplantación, se entrega con ternura
al cuidado de su supuesto hijo
Damien.
Pero mientras el niño crece, también
lo hace el terror que lo rodea.
Accidentes fatales, suicidios y una
violencia inexplicable parecen seguir
a los Thorn adonde quiera que
vayan, pero ¿por qué razón? ¿Y
cómo es posible que el pequeño
Damien tenga algo que ver con tan
terribles sucesos? Es sólo un niño…
Pero Damien Thorn no se parece a
ningún otro niño. Damien lleva la
marca de la bestia, y su momento
se acerca.
«¡Aquí está la sabiduría! Que el
inteligente calcule la cifra de la
Bestia; pues es la cifra de un
hombre. Su cifra es 666.»
Apocalipsis, 13:18
David Seltzer
La profecía
ePUB r1.2
E-M-Z 03.04.14

Título original: The Omen
David Seltzer, 1976
Traducción: Antonio Bonnano
Editor digital: Eibisi
Corrección de erratas: Nicosroig
ePub base r1.0
Aquél que es inteligente
calcule el número de la bestia;
pues es número de hombre,
Y su número es Seiscientos Sesenta
y Seis.
APOCALIPSIS (13, 18)
Prefacio
Ocurrió en una milésima de segundo.
Un movimiento en las galaxias que
debería haber tardado eones, se produjo
en un abrir y cerrar de ojos.
En el observatorio de Cape Hattie,
un joven astrónomo quedó perplejo y sus
manos no llegaron a activar a tiempo la
cámara que pudo haberlo registrado: la
desintegración de tres constelaciones
que produjo la estrella oscura y
ardiente. De pronto, habían fluido partes
de Capricornio, Cáncer y Leo,
uniéndose entre sí con magnética
certeza, fusionándose para crear una
vibrante masa galáctica. Ahora se
tornaba más brillante y las
constelaciones vacilaron, ¿o es qué
temblaban las manos sobre el visor,
mientras el astrónomo se esforzaba por
sofocar un grito de asombro?
Temía estar a solas ante el
fenómeno, pero en realidad no lo estaba.
Porque desde las entrañas mismas de la
Tierra llegaba un sonido distante. Era el
sonido de voces, que parecían humanas
pero no lo eran, que se elevaban en
devota cacofonía con la creciente
potencia de la estrella. En cuevas,
sótanos y campos abiertos se habían
reunido. Eran los parteros del
nacimiento, unos veinte mil seres. Con
manos unidas y cabezas inclinadas, sus
voces se elevaron hasta que la vibración
pudo oírse y sentirse en todas partes.
Era el sonido del OHM, que se elevaba
hacia el cielo y también entraba en el
núcleo prebíblico de la Tierra.
Eran el sexto mes, el sexto día, la
hora sexta. El preciso momento predicho
por el Antiguo Testamento, cuando la
Historia de la Tierra cambiaría. Las
guerras, los disturbios de siglos
recientes no habían sido más que
ensayos, como una probatura del clima
para determinar cuándo la Humanidad
estaría en condiciones de ser conducida.
Bajo César, se habían regocijado
cuando los cristianos eran arrojados a
los leones. Con Hitler, cuando los judíos
eran reducidos a restos calcinados.
Ahora la democracia se estaba
debilitando, las drogas que perturban la
mente se habían convertido en un modo
de vida y, en los pocos países donde la
libertad de cultos aún se permitía, se
sostenía unánimemente que Dios había
muerto. De Laos al Líbano, el hermano
se había vuelto contra el hermano, los
padres contra los hijos. Los ómnibus
escolares y los mercados explotaban
diariamente en el fragor creciente de la
vehemencia preparatoria.
También los estudiosos de la Biblia
habían visto la aparición de símbolos
bíblicos que anunciaban el
acontecimiento que ahora se verificaba.
Bajo la forma del Mercado Común
había surgido el Sacro Imperio Romano
y, con la creación del Estado de Israel,
los judíos habían vuelto a la Tierra
Prometida. Unido al hambre mundial y a
la desintegración de la estructura
económica internacional, eso
demostraba algo más que una mera
coincidencia de acontecimientos. De
manera obvia, se trataba de una
conspiración de éstos. El Apocalipsis
lo había predicho todo.
A medida que la estrella negra se fue
tornando más brillante en las alturas del
cielo, el canto se hizo más fuerte y el
centro de basalto del planeta reverberó
con su potencia. Entre las sumergidas
ruinas de la antigua ciudad de Meguido,
el anciano Bugenhagen pudo sentirlo y
lloró. Sus pergaminos y tablillas eran
inútiles ahora. En el desierto, en las
afueras de Israel, el turno de noche de
estudiosos arqueólogos se detuvo en su
trabajo y las herramientas quedaron
silenciosas mientras el suelo comenzaba
a temblar.
En su butaca de primera clase del
vuelo 747 que se dirigía de Washington
a Roma, Robert Thorn también lo sintió
y rutinariamente ajustó el cinturón de su
asiento, preocupado con lo que le
esperaba abajo. Aun cuando hubiese
sabido la razón de la turbulencia
repentina, habría sido demasiado tarde,
porque en ese momento, en el subsuelo
del Ospedale Generale de Roma, una
piedra destrozaba la cabeza del que
debía ser su hijo.
1
En cualquier momento dado hay más
de cien mil personas viajando en
aviones que surcan los cielos. Ésa era la
clase de estadística que intrigaba a
Thorn y, cuando la leyó en la revista
Skyliner, de inmediato dividió a los
humanos en dos grupos: los que
permanecían sobre la tierra y los que se
desplazaban por el aire. Normalmente,
ocupaba su mente en meditaciones más
serias, pero en ese vuelo en particular
intentaba aferrarse a todo lo que pudiera
desviar sus pensamientos de la
incertidumbre que lo aguardaba. Lo que
la estadística significaba era que si de
repente la población de la Tierra
resultaba aniquilada, habría más de cien
mil personas que quedarían en el aire,
bebiendo martinis y viendo películas,
sin tener conciencia de que todo se
había perdido.
Mientras el avión atravesaba
estrepitosamente el oscuro cielo sobre
Roma, Thorn se preguntaba cuántos de
los que estaban en el aire en ese
momento eran varones, cuántas mujeres,
y de qué manera, de hallar todos un
lugar seguro donde aterrizar,
reconstruirían una sociedad.
Probablemente, en su mayoría fuesen
varones de la clase económica media a
alta, lo que significaba que poseerían
talentos relativamente inútiles si debían
volver a una tierra donde todos los
trabajadores hubieran desaparecido.
Directores sin personal a quien dirigir,
contadores sin qué contabilizar. Tal vez
fuera una buena idea que hubiese
siempre en el aire algunos aviones
cargados con personal de mantenimiento
y trabajadores de la construcción, de
modo que hubiera fuerza física para
empezar de nuevo. ¿No fue Mao Tse-
Tung quien lo dijo? Será el país con los
mejores hombres para el mantenimiento
el que sobrevivirá mejor a una
catástrofe.
Las partes hidráulicas del avión
resonaron bajo sus pies y Thorn apagó
el cigarrillo, mientras miraba las luces
que apenas se veían allá abajo. Había
viajado mucho en los últimos meses y lo
que le rodeaba ahora era, para él, algo
ya familiar, pero esa noche le produjo
ansiedad. El telegrama recibido en
Washington tenía ya doce horas de
antigüedad y en ese momento, fuera lo
que fuese lo que hubiera ocurrido, debía
haber terminado. Hallaría a Katherine
satisfecha por fin, acostada en la cama
de un hospital, amamantando al hijo de
ambos recién nacido, o en un estado de
desesperación total por haberlo perdido
una vez más. A diferencia de los otros
dos embarazos que se interrumpieron a
los pocos meses, el presente había
continuado hasta el octavo mes. Y si
esta vez las cosas no salían bien, sabía
que Katherine se sentiría perdida.
Katherine y él habían estado juntos
casi desde la niñez y aun entonces, a los
diecisiete años de edad, la inestabilidad
de ella era evidente. Sus ojos
angustiados parecían pedir protección.
Por otra parte, el papel de protector
satisfacía las necesidades de Thorn. Fue
eso lo que dio una base sólida a la
relación, pero en los últimos años, a
medida que las responsabilidades de él
se fueron extendiendo, Katherine se
había ido quedando atrás, solitaria y
aislada, incapaz de asumir los deberes
propios de la esposa de un político.
La primera señal de su
desesperación pasó casi inadvertida, ya
que Thorn expresó enojo en lugar de
preocupación cuando un día volvió al
hogar y descubrió que ella había tomado
unas tijeras y se había estropeado el
pelo. Una peluca Sassoon se lo cubrió
hasta que volvió a crecer, pero un año
más tarde la encontró en el baño
haciéndose pequeños cortes en las
yemas de los dedos, con una hoja de
afeitar, consternada y sin saber muy bien
por qué lo estaba haciendo. Fue
entonces cuando buscaron la ayuda de un
psiquiatra, que no hacía más que
escucharla en un cómodo silencio. Al
cabo de un mes, Katherine prescindió de
él, decidiendo que todo lo que
necesitaba era un hijo.
La fecundación se produjo de
inmediato y los tres meses de ese primer
embarazo fueron los mejores de la vida
de ambos. Katherine se sentía bien y se
la veía hermosa. Incluso se animó a
viajar al Lejano Oriente, con su esposo.
El embarazo terminó en el inodoro de un
avión, mientras Katherine lloraba y un
agua azulada se llevaba sus esperanzas.
El segundo embarazo tardó dos años
en producirse y casi destruyó la vida
sexual que había sido uno de los pilares
de esa relación. El especialista en
fertilidad había señalado el momento
exacto en el ciclo de ovulación de ella,
a una hora del día en que a Thorn le
resultaba difícil estar con su esposa. Él
se había sentido inútil y como
manipulado, mes tras mes, cuando salía
de su oficina, para realizar la tarea
mecánica y rutinaria. Incluso se le llegó
a sugerir que se masturbara para poder
inyectar su semen artificialmente, pero
se negó. Si para ella era tan importante
un hijo, podía adoptarlo. Pero Katherine
se negó rotundamente: el niño debía ser
un hijo de ellos.
Por último, una célula solitaria se
encontró con otra y durante cinco meses
y medio la esperanza volvió a florecer.
Esa vez los dolores empezaron en un
supermercado y Katherine continuó
empecinadamente haciendo sus compras,
tratando de negar el hecho hasta que fue
imposible seguir negándolo. Fue una
suerte, comentaron los médicos, porque
el feto presentaba malformaciones, pero
eso no hizo más que acentuar la tristeza
de Katherine, produciéndole una
depresión de la que sólo a los seis
meses comenzó a mejorar. Ahora era la
tercera vez y Thorn sabía que era la
última. Si las cosas no iban bien, la
salud mental de Katherine se resentiría
irreparablemente.
El avión tomó contacto con la pista y
se oyó un pequeño aplauso, la admisión
franca de que los pasajeros estaban
encantados, incluso un tanto
sorprendidos, de haber podido aterrizar
con vida. ¿Por qué volamos?, se
preguntó Thorn. ¿Es tan prescindible la
vida? Se quedó en su asiento, mientras
los otros se afanaban por recoger sus
bolsos de mano y se apresuraban hacia
la puerta. Él recibiría el trato que se
dispensa a las personas importantes:
pasaría rápidamente por la aduana y
subiría a un automóvil que lo estaba
esperando. Era la parte más grata de sus
vueltas a Roma, porque en esa ciudad se
estaba convirtiendo en una celebridad.
Como consejero económico del
presidente de su país, presidía la
Conferencia Económica Mundial, que
había sido trasladada de Zurich a Roma.
El programa inicial de cuatro semanas
se había extendido a casi seis meses y
durante ese tiempo los paparazzi habían
empezado a tenerlo en cuenta, ya que
corría el rumor de que en unos pocos
años más sería un candidato
presidenciable en los Estados Unidos.
A la edad de cuarenta y dos años
estaba en la plenitud de la vida, después
de preparar cuidadosamente el camino
para lo que ahora parecía inevitable. Su
nombramiento como presidente de la
Conferencia Económica le dio
notoriedad pública, brindándole un
escalón para poder acceder a una
embajada, a un puesto en el Gabinete y
luego, probablemente, a la presidencia
de su país. El hecho de que el hombre
que ahora asumía la presidencia de los
Estados Unidos hubiera sido su
compañero de cuarto en el colegio preuniversitario
no era un obstáculo, sin
duda; ahora bien, Thorn lo había
conquistado todo con su propio
esfuerzo.
Las plantas industriales de la familia
habían florecido durante la guerra y le
habían facilitado la mejor educación que
el dinero puede obtener, además de una
vida de comodidad. Pero, a la muerte de
su padre, las había cerrado,
contrariando a sus consejeros; hizo voto
de no fabricar jamás elementos de
destrucción. Toda guerra es fratricida.
Fue Adlai Stevenson quien lo dijo,
Thorn quien lo citó, y en los intereses de
la paz, la fortuna Thorn se multiplicó.
De los bienes raíces pasó a la
construcción y se dedicó con pasión a
mejorar las zonas de viviendas
precarias. También otorgaba pequeños
préstamos comerciales a los capaces y a
los necesitados. Era eso lo que lo
tornaba singular: un talento para
acumular dinero y cierto sentido de
responsabilidad hacia aquellos que no
tenían nada. La estimación de que su
fortuna personal se acercaba a cien
millones de dólares era imposible de
verificar y, en verdad, Thorn mismo no
lo sabía. Hacer un recuento habría
significado hacer una pausa y Robert
Thorn estaba en constante movimiento.
Cuando el taxi se detuvo frente al
sombrío Ospedale Generale, el padre
Spilletto miró hacia abajo desde la
ventana de su oficina del primer piso y
se dio cuenta inmediatamente de que el
hombre que descendía era Robert Thorn.
La mandíbula vigorosa y las sienes
encanecidas resultaban familiares por
las fotos de los periódicos, como
también su vestimenta y su figura. Era
satisfactorio que Thorn se ajustara, en
cada detalle, a lo previsto. Obviamente,
la elección había sido acertada.
Acomodando su túnica, el sacerdote se
puso de pie, con su enorme figura
empequeñeciendo el escritorio de
madera que tenía delante. Sin expresión
alguna, caminó silenciosamente hacia la
puerta. Ya se oían los pasos de Thorn,
que entraba abajo, resonando
vigorosamente a través del desnudo piso
de mosaico.
—¿Señor Thorn?
Abajo, Thorn se volvió, elevando
sus ojos escrutadores en la oscuridad.
—¿Sí?
—Soy el padre Spilletto. Le envié…
—Sí. Recibí su telegrama. Partí tan
pronto como pude.
El sacerdote se acercó a un haz de
luz y empezó a descender por la
escalera. Había algo en su movimiento,
en el silencio que lo rodeaba, que
indicaba que algo marchaba mal.
—¿Ha… nacido el niño? —preguntó
Thorn.
—Sí.
—¿Mi esposa…?
—Está descansando.
El sacerdote había llegado al pie de
la escalera y sus ojos se encontraron con
los de Thorn, tratando de prepararlo, de
suavizar el golpe.
—¿Algo anduvo mal?
—El niño ha muerto.
Se produjo un terrible silencio que
pareció llenar los vacíos corredores de
mosaico. Thorn quedó como paralizado,
como si lo hubieran golpeado
físicamente.
—Sólo respiró un momento —
murmuró el sacerdote— y luego murió.
El sacerdote observó, inmóvil, al
hombre que estaba frente a él, quien
caminó rígidamente hacia un banco y se
sentó. Luego, inclinó la cabeza y lloró.
El sonido del llanto resonó por los
corredores. El sacerdote esperó antes de
hablar.
—Su esposa se ha salvado —dijo—,
pero no podrá tener otro hijo.
—Eso la destruirá —murmuró
Thorn.
—Pueden adoptar un niño.
—Ella deseaba tener uno propio.
En el silencio que siguió, el
sacerdote se adelantó unos pasos. Sus
rasgos eran toscos pero serenos, sus
ojos estaban llenos de compasión. Sólo
una leve transpiración delataba la
tensión oculta.
—Usted la ama mucho —comentó.
Thorn asintió con la cabeza, incapaz
de hablar.
—Entonces debe aceptar el designio
de Dios.
Desde las sombras de un oscuro
corredor apareció una anciana monja,
que con la mirada imploró al sacerdote
que se acercara. Se reunieron, hablando
en voz baja en italiano antes de que ella
se retirara y el sacerdote volviera a
acercarse a Thorn. Había algo en sus
ojos que inquietó a Thorn.
—Dios obra de las maneras más
misteriosas, señor Thorn —dijo el
sacerdote, tendiéndole una mano.
Thorn se incorporó y se vio
obligado a seguirlo.
La maternidad estaba tres pisos más
arriba, y ellos subieron por una escalera
trasera, un medio poco utilizado e
iluminado por simples lamparitas. La
guardia estaba oscura y limpia. El olor
de los bebés renovó la sensación de
pérdida que latía como un martilleo en
el estómago de Thorn. Acercándose a
una separación de cristal, el sacerdote
se detuvo, esperó mientras Thorn se
acercaba vacilante y miraba hacia el
otro lado del cristal. Era un niño recién
nacido. Un niño de perfección angelical.
Con su ya abundante pelo negro caído
sobre sus ojos azules, miraba hacia
arriba, encontrando instintivamente los
ojos de Thorn.
—Es huérfano —dijo el sacerdote
—. La madre murió, como el hijo de
usted… a la misma hora. —Turbado,
Thorn miró al sacerdote—. Su esposa
necesita un hijo —continuó éste—. El
niño necesita una madre.
Thorn sacudió la cabeza lentamente.
—Queríamos un hijo nuestro —dijo.
—Si me permite esta sugerencia…
se parece mucho al suyo…
Thorn volvió a mirar al niño y
comprendió que era verdad. El color de
la piel era el mismo de Katherine y los
rasgos se parecían a los suyos. La
mandíbula era firme e incluso tenía el
característico “hoyuelo Thorn” en el
mentón.
— L a signora no tiene por qué
saberlo nunca —imploró el sacerdote.
El repentino silencio de Thorn lo
alentó. La mano del hombre había
empezado a temblar y el anciano se la
tomó, infundiéndole ánimo.
—¿Es… un niño sano? —preguntó
Thorn con voz temblorosa.
—Perfecto en todo sentido.
—¿Tiene parientes?
—Ninguno.
En torno a ellos, en los corredores
desolados, reinaba el silencio, una
calma tan densa que inquietaba.
—Yo soy la autoridad aquí —dijo el
sacerdote—. No habrá registros. Nadie
lo sabría.
Thorn bajó su mirada, desesperado
por la indecisión.
—¿Podría… ver a mi propio hijo?
—pidió.
—¿Para qué? —imploró el
sacerdote—. Dele su amor al que vive.
Y tras la separación de cristal, el
bebé levantó ambos brazos hacia Thorn,
como en un gesto de deseo.
—Hágalo por su esposa, signor.
Dios perdonará este engaño. Y por este
niño, que de lo contrario no tendrá
hogar…
Su voz enmudeció, porque no había
necesidad de decir nada más.
—Esta noche, señor Thorn… Dios
le ha dado un hijo.
En el cielo, sobre ellos, la estrella
negra alcanzó su cima, repentinamente
destrozada por un violento relámpago.
En su cama del hospital, Katherine
Thorn pensó que estaba despertándose
naturalmente, sin conciencia de la
inyección que le habían aplicado un
momento antes. Durante diez horas había
sufrido los dolores del parto y sentido
las contracciones finales, pero cayó en
la inconsciencia antes de poder ver al
niño. Ahora, mientras sus facultades
volvían, estaba atemorizada pero luchó
por calmarse, al oír que se acercaba
alguien por el corredor. La puerta se
abrió y vio a su esposo. En sus brazos
tenía un niño.
—Nuestro hijo —dijo Thorn, con la
voz temblorosa por la emoción—.
Tenemos un hijo.
Ella tendió los brazos y tomó al
niño, llorando de alegría. Y mientras
miraba con ojos nublados por las
lágrimas, Thorn agradeció a Dios el
haberle mostrado el camino.
2
Los Thorn tenían ambos ascendencia
católica, pero ninguno de ellos era
religioso.
En ocasiones, Katherine oraba y
solía visitar la iglesia en Navidad y
Pascuas, pero más por una cuestión de
superstición y sentimiento que por una
verdadera creencia en el dogma
católico. Thorn no practicaba la religión
y, a diferencia de Katherine, no tomaba
en serio el hecho de que su hijo,
Damien, no hubiera sido bautizado. No
es que no lo hubieran intentado.
Inmediatamente después del nacimiento
llevaron al niño a la iglesia, como
corresponde, pero tan tremendo fue el
terror que experimentó el bebé al entrar
en la catedral que debieron interrumpir
la ceremonia. El sacerdote los había
seguido hasta la calle, llevando agua
bendita y advirtiéndoles que, si el niño
no era bautizado, nunca podría ingresar
en el Reino del Cielo, pero Thorn se
negó a continuar la ceremonia porque
era evidente que el niño sentía pánico.
Para satisfacer a Katherine habían
improvisado una ceremonia en el hogar,
pero ella no se sentía muy convencida y
pensaba volver un día a la iglesia, con
su hijo, y bautizarlo como es debido.
Ese día nunca llegó porque los
Thorn se vieron envueltos en una
vorágine de distracciones y el bautismo
quedó olvidado. La Conferencia
Económica había terminado y volvieron
a Washington. Thorn reasumió sus
funciones de consejero presidencial y se
convirtió en un personaje político por
derecho propio. La suntuosa finca que
poseían en McLean, Virginia, se
convirtió en el escenario de reuniones
que se comentaban en todos los
periódicos, de Nueva York a California.
Los Thorn pasaron a ser figuras
familiares para los lectores de las
revistas de todo el país. Eran
fotogénicos y ricos y estaban en la curva
ascendente. Y, más importante, estaban a
menudo en compañía del Presidente. Era
evidente que a Thorn se lo estaba
promoviendo y no sorprendió a los
especuladores políticos su
nombramiento como embajador ante la
Corte de St. James, un puesto clave en el
que podía desplegar todo su potencial
carismático.
Fueron a Londres y tomaron como
residencia una mansión del siglo XVII,
en Pereford. La vida se convirtió en un
hermoso sueño, en especial para
Katherine. Tan perfecta era que casi
asustaba. En esa casa de campo ella
podía permanecer aislada, limitándose a
ser sólo la madre de su adorado hijo.
Además, cuando lo deseaba, podía salir
para acompañar a su esposo en las
funciones diplomáticas. Ahora que tenía
a su hijo lo tenía todo, incluida la
adoración de su esposo. Y floreció
como una orquídea, frágil pero
esplendorosa, encantando a todo el
mundo con su frescura y su belleza.
La mansión de Pereford era elegante
y tenía raíces en la historia de Inglaterra.
En ella había un sótano donde un duque
exiliado vivió oculto hasta que lo
hallaron y lo ejecutaron; estaba rodeada
por un bosque donde el rey Enrique V
había cazado jabalíes. Tenía pasajes
secretos y recodos en los que se
embolsaban las corrientes de aire. Pero,
en general, prevalecía la alegría, porque
la casa estaba llena de gente y de risas a
todas horas del día.
Para las tareas domésticas había un
personal que trabajaba durante el día,
así como una pareja permanente, los
Horton, muy ingleses, muy dignos, que
trabajaban como cocinera ella y como
chófer él. Para entretener a Damien
cuando Katherine estaba ocupada con
asuntos oficiales, había una rellenita
muchacha inglesa llamada Chessa, poco
más que una criatura pero una delicia
para todos y un indispensable
complemento para la familia. Era muy
inteligente y juguetona. Adoraba a
Damien como si fuera su hermanito y
solía pasar horas junto a él, que gateaba
por el prado detrás de ella o se sentaba
junto al estanque, donde Chessa cazaba
ranas y libélulas que luego llevaban a
casa, metidas en frascos.
El niño crecía y se iba convirtiendo
en la criatura ideal que puede pintar un
artista. En los años transcurridos desde
su nacimiento se había cumplido la
promesa de perfección física, y también
su salud y su fuerza eran extraordinarias.
Tenía cierta calma, cierta compostura
que rara vez se observa en los niños. En
ocasiones, su mirada perturbaba a los
visitantes. Si la inteligencia pudiera
medirse por la capacidad de atención,
entonces era un genio, porque a menudo
se quedaba sentado, durante horas, en el
mismo banco de hierro forjado, bajo un
manzano, con los ojos fijos en la gente
que iba y venía, absorbiendo cada
detalle de lo que ocurría ante él. Horton,
el chófer, a veces lo llevaba consigo
cuando salía a realizar sus diligencias.
Le gustaba su silenciosa presencia y le
asombraba la fascinación que
demostraba el niño por todo lo que
ocurría en el mundo.
—Es como un pequeño hombre
venido de Marte —le comentó Horton a
su mujer—. Parece como si lo hubieran
enviado a estudiar la raza humana.
—Es la niña de los ojos de su madre
—repuso la mujer—. No te hará ningún
favor que te oigan eso.
—No estoy hablando mal del niño.
Sólo digo que es un poquito extraño.
El otro aspecto inquietante de
Damien era que rara vez usaba la voz.
Expresaba alegría con una amplia
sonrisa que le formaba hoyuelos en las
mejillas, y tristeza con lágrimas
extrañamente silenciosas. Es una
oportunidad, Katherine comentó el
asunto con su médico, pero éste se
mostró muy tranquilizador. Le contó la
historia de un niño que jamás pronunció
una palabra hasta los ocho años de edad
y cuando lo hizo fue para decir que no le
gustaba el puré de patatas. La madre,
azorada, le preguntó por qué, si podía,
nunca había hablado antes, a lo que el
niño le respondió que hasta ese
momento nunca le había servido puré de
patatas.
Katherine rió mucho con la historia y
quedó tranquila con respecto a Damien.
Después de todo, Albert Einstein no
habló hasta los cuatro años y Damien
sólo tenía tres y medio. Además de ser
tranquilo y observador, en todo sentido
era el niño perfecto, el hijo que
correspondía al matrimonio perfecto que
formaban Robert y Katherine Thorn.
3
El individuo de nombre Haber
Jennings nació acuario: un producto de
Urano ascendente y en conjunción con
una luna creciente. Era desaliñado y su
obstinación podía provocar situaciones
embarazosas. Jennings era fotógrafo, un
caso raro en el mundo del periodismo,
tolerado sólo porque se avenía a hacer
lo que ninguno de los otros aceptaba.
Como un gato que persigue a un ratón,
era capaz de pasarse días agazapado
para obtener una única foto: Marcello
Mastroianni sentado en el cuarto de
baño, tomado con teleobjetivo desde la
copa de un eucalipto. La Reina Madre,
mientras le quitaban los callos. Jackie
Onassis en su yate, vomitando. Ésos
eran sus logros. Sabía dónde tenía que
estar y cuándo, y sus fotos eran distintas
de las de otros fotógrafos. Vivía en un
apartamento de una habitación en
Chelsea. Rara vez usaba calcetines.
Pero investigaba, a sus sujetos, con la
misma escrupulosidad con que Salk
buscaba la vacuna contra la
poliomielitis.
En los últimos tiempos, el
embajador norteamericano en Londres
se había convertido en su obsesión, en
su objetivo: un blanco de excepción
dada su perfecta fachada. ¿Tenía vida
sexual la hermosa pareja? En ese caso,
¿cómo? Jennings trataba de revelar lo
que él denominaba la humanidad de la
gente, pero en verdad lo que deseaba era
demostrar que todos eran tan
desagradables como él mismo. ¿Alguna
vez el embajador compraba una revista
pornográfica y se masturbaba? ¿Tenía
relaciones secretas con otras mujeres?
Ésas eran las preguntas que lo intrigaban
y, aunque nunca encontrara las
respuestas, siempre había esperanzas.
Eso era lo que lo animaba a observar y
esperar.
Iría, pues, a la residencia de los
Thorn en Pereford, no simplemente a
tomar fotografías, porque habría muchos
otros fotógrafos, sino para conocer el
lugar, para descubrir las ventanas
adecuadas, las entradas y los accesos
posibles y para decidir qué sirvientes
podrían ser comprados por un par de
libras.
Se levantó temprano y revisó sus
cámaras, limpiando las lentes con papel
de seda que luego utilizó para absorber
la exudación brotada al oprimirse un
grano de la cara. Tenía treinta y ocho
años y su piel estaba aún plagada de
granos e imperfecciones. No era casual
el hecho de que fuera por la vida
cubriéndose la cara con una cámara. Su
cuerpo era delgado y carente de tono
muscular. Sólo le daban alguna forma
las arrugadas ropas que él escogía de
entre la pila que había a los pies de su
cama.
Antes de partir, puso en marcha los
marcadores de tiempo del cuarto oscuro
y luego revolvió entre pilas de papeles
para buscar la invitación impresa. Iba a
ser una fiesta de cumpleaños. El cuarto
cumpleaños de Thorn hijo. Desde todas
las zonas de viviendas pobres de
Londres marchaban ya hacia Pereford
ómnibus cargados de niños huérfanos y
lisiados.
El viaje a través de la zona rural
resultaba relajador y Jennings encendió
un cigarrillo, de opio, para liberar su
mente. Después de un rato, le pareció
que el camino se deslizaba debajo del
automóvil detenido y entonces cedió su
dominio de la realidad, dedicándose a
explorar los rincones de su mente. El
tema era él mismo, siempre congelado
en un gesto heroico. Cruzando una masa
de hielo, en un trineo tirado por perros,
o frotando Coppertone sobre la piel de
Sophia Loren.
A un par de kilómetros de la
residencia de los Thorn había policías
que dirigían el tránsito y controlaban las
credenciales. Jennings miraba
atentadamente hacia delante, mientras
los policías revisaban una y otra vez su
invitación, para comprobar si era
auténtica. Estaba acostumbrado a ese
trato y sabía que todo lo que debía hacer
para evitarlo era aparecer más
presentable. Pero eso formaba parte de
su estrategia. Podía observar mejor a la
gente porque todos preferían aparentar
que no lo veían.
Una vez traspuesto el enorme portón
de hierro forjado, Jennings parpadeó
con fuerza, tratando de sacudirse de
encima las ilusiones del opio, antes de
comprender que la ilusión era real. Toda
la residencia había sido convertida en
un suntuoso parque de diversiones. Los
prados rebosaban de color y vida, con
pequeños cuerpos que corrían entre
carpas y tiovivos, mientras los
vendedores deambulaban pregonando
copos de nieve y manzanas
acarameladas, con sus voces perdidas
entre los acordes de la música de
organillo, a cuyo ritmo los niños subían
y bajaban montados en cisnes y caballos
rosados. Había una casilla donde una
adivina predecía la suerte, y a cuya
puerta formaban fila muchos de los más
importantes dignatarios de Londres.
Había caballitos de Shetland que
andaban libremente e incluso un
elefantito pintado con lunares rojos que
aceptaba los cacahuetes que le daban los
niños. Los fotógrafos corrían hacia todas
partes, enloquecidos por la ansiedad,
pero para Jennings no había qué
fotografiar allí. Sólo la fachada. La
pared de ladrillos que todos los demás
tomaban por cosa real.
—¿Qué te ocurre, compañero? ¿Te
has quedado sin películas?
Era Hobie el que le hablaba, el
fotógrafo del News Herald, que
recargaba rápidamente su cámara, junto
a una mesa donde había sandwiches de
salchicha, mientras Jennings se acercaba
como al azar y se servía un bocado.
—Espero su canonización —gruñó
Jennings.
—¿Qué es eso?
—No sé si estamos frente al
heredero de los millones Thorn o frente
a Jesucristo mismo.
—Eres un tonto si te lo pierdes,
hombre. No se entra frecuentemente en
un lugar como éste.
—¿Para qué me voy a molestar? Lo
que necesite puedo comprártelo a ti.
—Tú quieres una exclusiva, ¿eh?
—Únicamente.
—Bien, buena suerte entonces. Ésta
es la más inabordable familia de este
lado de Mónaco.
Lo exclusivo. Ése era el sueño de
Jennings. Entrada privada a dominios
refinados. Había ciertamente mucho
atractivo en las persecuciones, pero
ningún status, ningún respeto. ¡Si de
alguna manera pudiese conseguir entrar!
Eso era lo que quería.
—¡Eeh, niñera, niñera! —gritó
Hobie a distancia—. Mire hacia acá.
Toda la atención estaba centrada en
una inmensa tarta de cumpleaños que
traían desde la casa sobre una mesa
rodante.
La niñera del hijo de Thorn, Chessa,
estaba vestida de payaso, con el rostro
blanqueado con polvo y con una boca
inmensa y sonriente de deslumbrante
color rojo. Mientras los fotógrafos
danzaban a su alrededor, ella se
mostraba encantada, abrazando, besando
y manchando con su maquillaje al niño.
—¿Puede apagar las velas? —
gritaron—. Que lo intente.
Los ojos de Jennings se desplazaron
lentamente por los rostros de las
personas reunidas. Detectó el rostro de
Katherine Thorn, parada a cierta
distancia, con una vaga señal de
desaprobación dibujada en la boca. Por
una fracción de segundo su máscara
había caído y Jennings, instintivamente,
levantó su cámara, tomando una foto.
Ante la tarta de cumpleaños se oyó
como un estallido de aplausos y de
voces de aprobación, mientras Katherine
avanzaba lentamente.
—¡Su suerte! —gritó un periodista
—. ¡Llévenlo a la adivina!
Y, como un solo cuerpo, todos se
pusieron en movimiento, llevando a la
niñera y a su adorado niño, a través del
prado.
—Yo lo llevaré —dijo Katherine,
que se había acercado a su hijo.
—Yo lo puedo llevar, señora —
replicó la niñera jovialmente.
—Me encargo yo —sonrió
Katherine.
Y en el instante en que sus ojos se
encontraron, la niñera entregó al niño.
Fue un instante que pasó inadvertido, ya
que el ímpetu y la animación los hacía
avanzar, pero Jennings lo estuvo
observando a través de su visor. Cuando
la multitud se hubo adelantado, la niñera
quedó allí de pie, sola, con la enorme
casa a sus espaldas y con el traje de
payaso que de alguna manera acentuaba
su aire de abandono. Jennings oprimió el
botón dos veces, antes de que la joven
girara y caminara lentamente hacia la
casa. Ante la casilla de la adivina,
Katherine pidió a los periodistas que
permanecieran afuera. Luego entró,
dando un suspiro de alivio en la
repentina calma del ambiente sombrío.
—Hola, pequeño.
Las palabras llegaban desde debajo
de un bonete; una aparición estaba
sentada ante una mesita verde, con su
voz forzada para que sonara a bruja, y su
rostro maquillado de verde. Cuando
Damien miró hacia abajo se estremeció,
aferrándose al cuello de su madre.
—Vamos, Damien —rió Katherine
—, ésta es una buena bruja. ¿No es usted
una buena bruja?
—Por supuesto —rió la adivina—.
No te haré daño.
—Va a adivinar tu suerte —trató de
convencerlo Katherine.
—Vamos —la adivina hizo un gesto
—. Extiende tu mano.
Pero Damien se negaba, apretándose
fuertemente contra su madre. La adivina
levantó su máscara de goma, mostrando
ser una simple joven de amplia sonrisa.
—Mira. No soy más que una
persona. Esto no te va a doler ni un
poquito.
Más tranquilo ya, Damien tendió su
mano, mientras Katherine se sentaba,
con él sobre la falda, ante la mesa
cubierta por cartas.
—Oh, qué mano bonita y suave. Ésta
va a ser una suerte buena, muy buena.
Pero se detuvo, mirando con aire
confundido la mano.
—Veamos la otra —indicó.
Cuando Damien tendió su otra mano,
la muchacha miró ambas, visiblemente
intrigada.
—¿Esto es parte de la rutina? —
preguntó Katherine.
—Nunca he visto esto —comentó la
muchacha—. He estado trabajando en
fiestas infantiles, durante tres años, y
nunca he visto algo así.
—¿Qué cosa?
—Mire. No hay líneas de la
personalidad. Todo lo que tiene son
pliegues.
—¿Cómo?
Katherine miró también.
—Me parecen lindas —dijo.
—¿Estuvo el niño en un incendio?
—preguntó la muchacha.
—Por supuesto que no.
—Mire su propia mano. Observe
todos los trazos. Son diferentes en cada
persona. Son los signos de nuestra
identidad.
Se produjo un silencio desagradable,
mientras el niño miraba sus manos,
preguntándose qué había de malo en
ellas.
—Mire qué suaves son sus yemas —
dijo la muchacha—. Creo que no tiene
ninguna impresión.
Katherine observó atentamente. Y
advirtió que era verdad.
—Bien —rió la muchacha—, si roba
un banco, no lo van a apresar.
Entonces rió con más ganas,
mientras Katherine miraba en silencio,
turbada, las manecitas de su hijo.
—¿Puede decirle su suerte, por
favor? Para eso hemos venido.
La voz de Katherine revelaba
inquietud.
—Por supuesto.
Pero en el momento en que la
muchacha tomaba la mano del niño, fue
interrumpida por una voz del exterior.
Era Chessa, la niñera, que gritaba a lo
lejos. —¡Damien! ¡Damien! —llamaba—.
¡Ven, tengo una sorpresa para ti!
La adivina se detuvo, percibiendo,
al igual que Katherine, cierta
desesperación en el grito.
—¡Damien! ¡Ven a ver lo que hago
para ti!
Al salir de la casilla, con Damien en
los brazos, Katherine se detuvo y miró
hacia la parte superior de la casa. Allá,
parada sobre el techo, estaba Chessa,
con una gruesa soga en la mano,
estirándola alegremente hacia arriba
para demostrar que estaba anudada
alrededor de su cuello. Abajo, los
presentes empezaron a girar, sonriendo
en turbada anticipación, mientras el
pequeño payaso se adelantaba hasta el
borde y extendía los brazos hacia
delante como si fuera a zambullirse en
una piscina.
—¡Mira, Damien! —gritó—. ¡Esto
es todo para ti!
Y, con un solo movimiento, saltó del
techo; su cuerpo cayó verticalmente,
volvió a izarse un poco, impulsado por
la soga, y quedó pendiente. Silencioso.
Muerto.
Sobre el prado la gente permanecía
de pie, en desconcertado silencio,
mientras el pequeño cuerpo se mecía
suavemente con el acompañamiento de
un vals que emitía el tiovivo. Entonces
se oyó un grito. Era Katherine. Fueron
necesarias cuatro personas para
contenerla y llevarla a la casa.
Solo en su cuarto, Damien miró por
la ventana hacia el prado desierto. Sólo
quedaban trabajadores agrícolas y
vendedores que miraban hacia arriba, en
silencio, mientras un policía ceñudo
subía una escalera y cortaba la soga que
sostenía el cuerpo. Se le escapó de entre
los brazos, cayendo de cabeza sobre un
patio de ladrillos. Allí quedó, con los
ojos fijos en el cielo y la boca pintada
con una brillante sonrisa.
Los días que precedieron al funeral
de Chessa estuvieron teñidos por la
tristeza. Sobre Pereford, el cielo se
había vuelto gris y reverberaba con
distantes truenos. Katherine pasó casi
todo el tiempo sentada sola en la
oscurecida sala de estar, con la vista fija
en el espacio. El informe del médico
forense demostró que había un alto
contenido de Benadril, una droga
antialérgica, en la sangre de la muchacha
cuando murió, pero esto no hizo más que
acentuar la confusión y las
especulaciones acerca de lo que la
indujo a quitarse la vida. Para impedir a
los periodistas que trataran de agrandar
la historia, Thorn se quedó en casa,
dedicando toda su atención a su esposa y
temiendo que recayese en el estado del
que había salido hacía aún pocos años.
—Estás permitiendo que este asunto
te aniquile —dijo una noche cuando
entraba en la sala de estar—. Después
de todo, Chessa no era de nuestra
familia.
—Lo era —replicó Katherine—. Me
había dicho que quería quedarse con
nosotros para siempre.
Thorn sacudió la cabeza, incapaz de
encontrarle sentido a tales palabras.
—Supongo que cambió de idea —
replicó.
No había querido ser cruel, pero sus
palabras lo fueron y tuvo conciencia de
que los ojos de Katherine buscaban los
suyos a través de la sala.
—Lo siento —agregó—. Es que no
puedo verte en este estado.
—Fue culpa mía, Robert.
—¿Tuya?
—Hubo un momento en la Fiesta…
Thorn cruzó la sala y se sentó junto a
ella, con los ojos invadidos por la
preocupación.
—Ella estaba recibiendo demasiada
atención —continuó Katherine— y me
sentí celosa. Le quité a Damien de los
brazos porque no pude soportar el tener
que compartir el centro del escenario.
—Creo que estás siendo un poco
dura contigo misma. La muchacha estaba
enloquecida.
—También yo lo estoy —murmuró
Katherine—, si estar en el candelero
significa tanto para mí.
Su voz se acalló. No había nada más
que decir. Se acurrucó entre los brazos
de Thorn y él la sostuvo hasta que se
quedó dormida. Era la clase de sueño
que ella había tenido en otra época,
cuando tomaba Librium, y Thorn se
preguntó si el impacto de la muerte de
Chessa la habría inducido a volver a
tomar la droga. Se quedó allí sentado
casi una hora, antes de llevarla en
brazos a su habitación.
A la mañana siguiente, Katherine
asistió al funeral de Chessa, llevándose
consigo a Damien. Fue una ceremonia
privada, realizada en un pequeño
cementerio en las afueras del pueblo, a
la que sólo acudieron la familia de la
muchacha, Katherine y Damien, además
de un sacerdote semicalvo que leyó la
Biblia mientras sostenía un periódico,
plegado sobre su cabeza, para
resguardarse de la persistente llovizna.
Temiendo la publicidad de que se podía
ver rodeada su presencia, Thorn se
había negado a ir, rogándole a Katherine
que hiciera lo mismo. Pero el dolor de
ella era evidente. Había querido mucho
a la muchacha y necesitaba acompañarla
hasta su lugar de reposo.
Fuera del cementerio, un grupo de
periodistas se arremolinaba. Dos
policías norteamericanos, designados en
el último momento, por Thorn, de entre
el personal de la embajada, les impedía
la entrada. Oculto entre ellos estaba
Haber Jennings, cubierto con un
impermeable negro y con altas botas,
ubicado entre árboles apartados,
observando la ceremonia, con un
teleobjetivo. No se trataba de un
dispositivo común sino de un
monstruoso aparato montado sobre un
trípode, con el que, sin duda, habría
podido fotografiar a dos moscas
copulando en la Luna. Con precisión
esmerada, su visor telescópico pasaba
de un rostro al otro: la familia que
lloraba, Katherine en estado de shock, el
niño a su lado, inquieto, con ojos que
escrutaban el triste lugar.
Fue el niño el que atrajo el interés
de Jennings y le hizo esperar con
paciencia el preciso momento para
presionar el disparador. Se produjo en
un instante. Un pestañeo de los párpados
y un repentino cambio de expresión,
como si el niño se hubiera atemorizado
de pronto y luego, de manera igualmente
rápida, se hubiese calmado. Con los
ojos fijos en un punto que estaba más
allá del cementerio, su cuerpecito se
relajó como si hubiera entrado en calor,
pese a la lluvia fría y persistente.
Manipulando su visor telescópico,
Jennings escrutó el paisaje, sin hallar
más que lápidas mortuorias. Entonces
algo se movió. Un objeto oscuro y
desdibujado que lentamente entraba en
foco, a medida que Jennings ajustaba la
lente. Era un animal, un perro. Grande y
negro, su cabeza puntiaguda se
distinguía por sus ojos muy juntos y la
mandíbula inferior que se extendía hacia
afuera, mostrando unos dientes que
destacaban entre la piel renegrida. No
observado por los demás, estaba
sentado inmóvil como una estatua, con la
mirada fija hacia delante. Jennings se
maldijo por haber cargado película en
blanco y negro, ya que los ojos
amarillentos habrían dado a la escena el
toque perfecto de misterio. Dio mayor
abertura para que se vieran de un blanco
puro y luego, haciendo lo mismo, enfocó
al niño.
Era una mañana que había
compensado el esfuerzo y, mientras
guardaba su equipo, Jennings estaba
satisfecho. Pero, de alguna manera, se
sentía también intranquilo. Desde lo alto
de la colina miró hacia atrás, para ver
cuándo bajaban el ataúd a la tumba. El
niño y el perro se veían pequeños a
distancia, pero la silenciosa
comunicación entre ambos era evidente.
El día siguiente trajo una nueva
carga de lluvia y registró la llegada de
la señora Baylock. Era irlandesa y
extravertida. Llamó en el portón de
entrada de Pereford y se presentó como
la nueva niñera. El guardia había
intentado detenerla, pero ella forzó su
entrada, con unas maneras estrepitosas
que intimidaban, y, a la vez, atraían.
—Sé que es un momento difícil para
ustedes —dijo a los Thorn, mientras se
quitaba el abrigo en el vestíbulo—, así
que no quiero molestarlos en su dolor.
Pero, entre nosotros, quien toma a una
jovencita flaca para niñera se busca
problemas.
Los movimientos de su macizo
cuerpo eran tan vigorosos que producían
una corriente de aire. Thorn y Katherine,
que la observaban azorados,
enmudecieron ante la gran seguridad que
demostraba.
—¿Saben cómo se reconoce a una
buena niñera? —rió—. Por el tamaño de
sus pechos. Esas muchachitas con tetitas
de paloma vienen y se van en una
semana. Pero yo, las altas y corpulentas
como yo, son las niñeras que se quedan.
Vayan y miren en Hyde Park, y verán
que es cierto lo que digo.
Se detuvo sólo para recoger su
equipaje.
—Bien. ¿Dónde está el niño?
—Se lo voy a mostrar —dijo
Katherine, indicando las escaleras.
—¿Por qué no nos deja solos al
principio? Deje que nos conozcamos a
nuestra manera.
—Es un poco tímido con la gente a
la que no conoce.
—No, conmigo no lo será, puedo
asegurárselo.
—Creo, en realidad…
—Tonterías. Déjeme hacer la
prueba.
Y, de inmediato, empezó a subir las
escaleras mientras su macizo trasero
desaparecía de la vista. En el repentino
silencio que se produjo, los Thorn
intercambiaron una mirada. Él movía la
cabeza, en señal de incierta aprobación.
—Me gusta —comentó.
—A mí, también.
—¿Dónde la conseguiste?
—¿Dónde la conseguí yo? —
preguntó Katherine.
—Sí.
—Yo no la conseguí. Suponía que tú
te habías encargado.
Después de un instante, Thorn llamó,
en voz alta, desde el pie de la escalera.
—¿Señora Baylock?
—¿Sí?
Ella se encontraba ya en el descanso
del primer piso, con el rostro atisbando
hacia abajo, desde la altura.
—Perdón, pero… estamos un poco
confundidos.
—¿Por qué?
—No sabemos cómo llegó usted acá.
—En taxi. Y le dije que no me
esperara.
—No, no. Quiero decir… ¿quién la
llamó?
—La agencia.
—¿La agencia?
—Leyeron en el diario que ustedes
habían perdido a su niñera, de modo que
les mandaron otra.
Sonaba a oportunismo, pero,
conociendo la dura competencia en
materia de empleos que había en
Londres, Thorn pensó que tenía sentido.
—Muy emprendedores —comentó.
—¿Puedo llamar para confirmarlo?
—preguntó Katherine.
—¡Cómo no! —replicó la mujer—.
¿Quieren que espere afuera, en la lluvia?
—No, no… —agregó Thorn
rápidamente.
—¿Le parezco una agente
extranjera? —preguntó la señora
Baylock.
—No creo —respondió Thorn
ahogando la risa.
—No esté tan seguro —dijo la
pesada mujer—. Tal vez mi corsé está
lleno de magnetófonos. ¿Por qué no me
manda a un guardia joven para que me
revise?
Todos rieron, principalmente la
señora Baylock.
—Vaya —dijo Thorn—, la
revisaremos más tarde.
Los Thorn fueron a la sala y
Katherine llamó a la agencia y confirmó
las credenciales de la señora Baylock.
Estaba muy bien conceptuada y la única
confusión era que, según los archivos,
ella debía estar actualmente empleada
en Roma. Sin embargo, era probable que
su situación hubiera cambiado, sin
haberse hecho la anotación
correspondiente en su expediente; pero
todo se aclararía tan pronto como el
director de la agencia, que era
seguramente el que la había enviado a
los Thorn, volviera de sus vacaciones
de cuatro semanas. Katherine dejó el
teléfono, miró a su esposo y ambos se
encogieron de hombros, bastante
satisfechos con lo que les habían
informado. La señora Baylock era una
mujer rara pero llena de vida y eso, más
que nada, era lo que necesitaban.
Arriba, la sonrisa de la señora
Baylock se había apagado y miraba con
ojos empañados al niño dormido en su
cama. Aparentemente, había estado
apoyando el mentón en el borde de la
ventana observando la lluvia, y se había
quedado dormido así, con la mano
tocando aún el cristal. Mientras la mujer
observaba al niño, su mentón empezó a
temblar, como si estuviera de pie frente
a un objeto de incomparable belleza. El
niño oyó la respiración entrecortada de
la mujer y sus ojos se abrieron
lentamente, encontrándose con los de
ella. Se puso rígido y se sentó,
retrocediendo hacia el cristal.
—No temas, pequeño —murmuró
ella con voz temblorosa—. Estoy aquí
para protegerte.
Afuera se oyó el repentino estrépito
de un trueno, el comienzo de una lluvia
que duró dos semanas.
4
Al llegar julio, la zona campestre
inglesa estaba en flor. Una estación de
lluvias desacostumbradamente
prolongada e intensa hizo que los
tributarios del Támesis se desbordaran y
llevaran vida incluso a las semillas más
antiguas. También los terrenos de
Pereford habían respondido, tornándose
verdes y lozanos. La parte boscosa que
rodeaba los jardines se había espesado,
albergando una abundante vida animal.
Horton temía que los conejos del bosque
empezaran pronto a dejar su refugio,
para alimentarse con los tulipanes, de
modo que preparó trampas. Sus agudos
chillidos podían oírse en el silencio de
la noche. Pero eso terminó, no sólo
porque Katherine le ordenó que quitara
las trampas sino porque él mismo había
empezado a sentirse intranquilo cuando
debía internarse en el bosque, para
recoger los restos de los animalitos.
Horton sentía “ojos” sobre sí, decía,
como si lo estuvieran observando desde
la espesura. Cuando se lo confesó a su
esposa, ella rió, diciéndole que
probablemente se tratara del fantasma
del rey Enrique V. Pero a Horton no le
divertía nada el asunto y se negó a
volver a entrar en el bosque.
Le resultaba particularmente
inquietante, entonces, que la nueva
niñera, la señora Baylock, a menudo
llevara allá a Damien, encontrando Dios
sabe qué para divertirlo durante horas
cada vez. Horton había notado también,
al ayudar a su esposa en el lavado, que
en las ropas del niño había siempre
muchos pelos negros, como si hubiese
estado jugando con un animal. Pero no
consiguió ver ninguna relación entre los
pelos de animal y los paseos hacia el
bosque de Pereford, considerando que
todo ello no era más que otro de los
aspectos inquietantes de la Mansión
Pereford, que ciertamente estaban
siendo ya demasiados.
Sin duda, Katherine pasaba cada vez
menos tiempo con su hijo, reemplazada,
de alguna manera, por la exuberante
nueva niñera. Cierto que la señora
Baylock era una dedicada gobernanta y
que el niño había llegado a quererla.
Pero resultaba intranquilizador, incluso
poco natural, que el niño prefiriese su
compañía a la de su propia madre. Todo
el personal doméstico lo había
advertido y lo comentaba,
compadeciendo a la señora Thorn, que,
según ellos, había sido reemplazada, por
una empleada, en el afecto del niño.
Deseaban que la señora Baylock se
marchara. Pero, en cambio, cada día la
veían más firmemente atrincherada,
ejerciendo mayor influencia sobre los
amos de la casa.
En cuanto a Katherine, sentía lo
mismo pero no podía hacer nada, ya que
no deseaba que los celos volvieran a
interferir en el afecto que alguien sentía
por su hijo. Se consideraba responsable
de haber quitado a Damien una querida
compañera y estaba poco dispuesta a
permitir que eso volviera a ocurrir.
Cuando, una semana más tarde, la
señora Baylock pidió permiso para
cambiar su dormitorio por un cuarto que
estaba frente al de Damien, Katherine lo
consintió. Tal vez así era como se
suponía que debían ser las cosas entre
los ricos. Katherine se había criado en
un ambiente más modesto donde era
tarea de la madre, su única tarea,
hacerle compañía y proteger a su hijo.
Pero la vida era diferente aquí. Ella era
el ama de una gran casa y quizás era
hora de que comenzara a comportarse
como tal.
Ocupó su recuperada libertad como
correspondía, con la cálida aprobación
de su esposo. Por las mañanas se
dedicaba a asuntos de caridad y por las
tardes se ocupaba de tés que tenían una
finalidad política. La señora de Thorn
ya no era en sociedad la mujer rara, la
delicada flor, sino una mujer con gran
capacidad y energía que él desconocía.
Ésa era la esposa que había soñado y si
bien el rápido cambio de personalidad
le resultaba un tanto inquietante, no hizo
nada para desalentarla. Incluso había
cambiado en sus relaciones sexuales con
él, era más excitante, más apasionada.
Thorn no comprendió que tal vez fuera
una expresión de desesperación, más
bien que de deseo.
Las tareas propias de Thorn eran
muy absorbentes. Su puesto en Londres
lo colocaba en una posición clave en el
manejo de la crisis del petróleo. El
presidente confiaba, de manera
creciente, en los datos que Thorn extraía
de sus reuniones informales con los
jeques petroleros de Arabia Saudita. Se
planeaba un viaje a ese país en las
semanas venideras, y Thorn iría solo, ya
que los árabes consideraban como un
signo de debilidad en un hombre la
presencia de una mujer en su equipo.
—No lo entiendo —dijo Katherine
cuando Thorn se lo comentó.
—Es algo cultural —replicó Thorn
—. Voy a su país y debo respetar sus
ideas.—
¿No deben ellos respetarte a ti, a
su vez?
—Por supuesto que lo hacen.
—Bueno, ¡yo soy algo cultural
también!
—Katherine…
—He visto a esos jeques. He visto
las mujeres que ellos compran.
Dondequiera que ellos vayan, los siguen
las prostitutas. ¿Es eso también lo que
quieren que tú hagas?
—Francamente, no lo sé.
Estaban en el dormitorio y era tarde.
No parecía, pues, el momento para
iniciar una discusión.
—¿Qué quieres decir con eso? —
preguntó Katherine, tranquilamente.
—Es un viaje importante, Kathy.
—De modo que si ellos desean que
te acuestes con una puta…
—Si desean que me acueste con uno
de sus eunucos, me acostaré con él.
¿Sabes tú lo que está en juego?
Hubo un silencio. Lentamente,
Katherine dijo:
—¿Cuál es la parte que me
corresponde en esto?
—La tuya —respondió él—. Lo que
tú haces es igualmente importante.
—No trates de halagarme.
—Estoy tratando de hacerte
entender…
—Que puedes salvar el mundo
haciendo lo que ellos te digan.
—Ésa es una manera de expresarlo.
Ella lo miró como nunca lo había
hecho, con dureza, con odio. Él se sintió
disminuido por su mirada.
—Supongo que todos somos
prostitutos, Robert —dijo Katherine—.
Tú eres el de ellos y yo soy la tuya. De
modo que vayamos a la cama.
Thorn pasó un largo rato en el baño,
esperando que Katherine se hubiera ya
dormido para cuando él saliera. Pero no
fue así, ella estaba despierta y
esperando y él sintió el aroma del
perfume en el aire. Se sentó en la cama y
le dirigió una larga mirada. Ella le
devolvió una sonrisa.
—Lo siento —dijo Katherine—.
Puedo comprender.
Tomó el rostro de él, entre sus
manos, y lo atrajo hacia sí, apretándolo
en un abrazo. Su aliento se tornó denso y
él empezó a hacerle el amor, aunque ella
quedó inmóvil debajo de él.
—Hazlo —insistió Katherine—.
Hazlo conmigo, no te vayas.
E hicieron el amor como nunca lo
habían hecho antes. Katherine se negó a
abandonar su inmovilidad, pero no quiso
liberarlo, urgiéndolo a terminar el acto,
sólo con la voz. Cuando hubo terminado,
ella aflojó sus brazos y él se apartó,
mirándola herido, sin comprender.
—Ve a salvar el mundo ahora —
murmuró ella—. Ve y haz lo que te
digan.
Thorn no durmió esa noche, sino que
se quedó sentado junto al balcón del
dormitorio, mirando la noche iluminada
por la luna. Desde allí podía ver el
bosque, que parecía inmóvil como una
uniforme entidad adormecida.
Pero no estaba dormido, porque
Thorn sintió como si alguien le estuviera
devolviendo la mirada. Los Thorn tenían
un par de binoculares en la terraza, para
observar a los pájaros. Thorn salió a
buscarlos y se los llevó a los ojos. Al
principio, todo lo que pudo ver fue la
oscuridad. Luego divisó los ojos que le
devolvían la mirada. Dos oscuras brasas
encendidas que reflejaban la luz de la
luna, juntas, amarillas, fijas en la casa.
Lo hicieron estremecer y apartó los
binoculares, retrocediendo. Se quedó
allí, helado por un momento. Entonces
se puso en movimiento. Bajó
silenciosamente por la larga escalera,
con los pies descalzos, hasta la puerta
de entrada y salió al exterior. Todo
estaba en calma, incluso el canto de los
grillos se había acallado. Entonces
volvió a caminar, como si fuera atraído
hacia el comienzo del bosque, donde se
detuvo a observar. No había nada. Ni un
solo sonido. Las dos brasas encendidas
habían desaparecido. Mientras volvía,
sus pies descalzos pisaron algo blando y
húmedo. Thorn sofocó su respiración y
se hizo a un lado. Era un conejo muerto,
aún tibio; su sangre formaba una mancha
en el lugar en que debió haber estado la
cabeza.
A la mañana siguiente, se levantó
temprano y preguntó a Horton si seguía
poniendo trampas para los conejos.
Horton replicó que no y Thorn lo llevó
hacia el lugar donde estaba el conejo
muerto. Estaba lleno de moscas que
zumbaban ahora y Horton las espantó
mientras se arrodillaba para examinar el
cuerpo.
—¿Qué piensa usted? —le preguntó
Thorn—. ¿Tenemos aquí algún animal
de presa?
—No podría decirlo, señor, pero lo
dudo. Horton levantó el cuerpo
endurecido, señalándolo con disgusto.
—La cabeza es lo que dejan, no lo
que se llevan. Sea el que fuere el animal
que mató a este conejo, lo hizo para
divertirse.
Thorn le dio instrucciones para que
se ocupara de hacer desaparecer el
cuerpo, sin comentar el asunto con la
gente de la casa. Mientras se alejaban,
Horton se detuvo para hablar.
—No me gusta mucho ese bosque,
señor. Y no me gusta que la señora
Baylock lleve allí a su hijo.
—Dígale que no lo haga —replicó
Thorn—. Hay mucho espacio para jugar
aquí en el prado.
Esa tarde, Horton hizo lo que se le
ordenó y ello le aportó a Thorn la
primera indicación de que algo andaba
mal en la casa. La señora Baylock fue
esa noche a la sala, para verlo y
expresarle su irritación por el hecho de
que se le dieran órdenes por mediación
de otro miembro del personal.
—No es que no me guste cumplir las
órdenes —dijo en tono indignado—,
pero entiendo que debo recibirlas
directamente.
—No veo cuál es la diferencia —
replicó Thorn, sorprendido por la ira
que relucía en los ojos de la mujer.
—Es sólo la diferencia entre una
gran casa y una casa pequeña, señor
Thorn. Tengo la sensación de que aquí
nadie dirige.
Dio media vuelta y lo dejó solo.
Thorn se preguntaba qué habría querido
decir. En lo que concernía al
funcionamiento de la casa, Katherine se
preocupaba. Pero él estaba ausente
todos los días y tal vez la señora
Baylock había tratado de decirle que las
cosas no eran tal como parecían. Que
Katherine, en realidad, no dirigía.
En su atestado piso de Chelsea,
Haber Jennings estaba despierto
mirando su creciente colección de
retratos de los Thorn que adornaba la
pared de su cuarto oscuro. Estaban las
fotos del funeral, oscuras y tristes, el
primer plano del perro entre las lápidas,
el del niño. Luego estaban las de la
fiesta de cumpleaños: Katherine
mirando a la niñera, la niñera en su traje
de payaso y sola. Era esta última
fotografía la que más le interesaba,
porque sobre la cabeza de la niñera
había una especie de mancha, una
imperfección fotográfica que de alguna
manera agregaba sugerencia a la escena.
Era un lunar de emulsión imperfecta, una
bruma vaga que flotaba sobre la niñera
formando un halo en torno a la cabeza y
al cuello. Aunque, normalmente, una foto
defectuosa se desecha, ésta merecía ser
conservada. El conocimiento de lo que
había ocurrido inmediatamente después
de ser tomada, daba a la mancha una
cualidad simbólica. Esa forma
indefinida era como una sombra de
condena. La última foto era del cuerpo
muerto suspendido de la soga, una
estremecedora realidad para completar
el montaje. En conjunto, la colección
Thorn era un estudio fotográfico de lo
macabro. Jennings se sentía deleitado.
Había tomado los mismos personajes
que adornaban las páginas de Good
Housekeeping y encontró algo
extraordinario en ellos, algo diferente
que nadie había descubierto antes.
También había iniciado su
investigación, utilizando un contacto que
tenía en América, de los antecedentes de
los Thorn.
Descubrió que Katherine descendía
de inmigrantes rusos y que su padre se
había suicidado. Según un antiguo
número del Minneapolis Times, había
saltado desde el techo de un edificio de
oficinas de Minneapolis. Katherine
nació un mes después y la madre se
había vuelto a casar antes de que ella
cumpliera un año, mudándose a New
Hampshire, con su nuevo marido, que
había dado su nombre a la niña. En las
pocas entrevistas que Katherine había
mantenido en esos años no mencionó
nunca al padrastro y Jennings
sospechaba que ella podía no conocer la
verdad. No era importante, pero de
alguna manera ello daba a Jennings
cierta ventaja. Podía ser otro bocado
delicioso, lo que aumentaba su ilusión
de estar avanzando en el asunto.
La única foto que faltaba era la del
embajador, y Jennings esperaba que el
momento se presentara a la mañana
siguiente. Había una boda importante en
All Saints Church a la que
probablemente asistiría la familia
Thorn. No era el ambiente en que
Jennings se movía, pero hasta ese
momento había tenido suerte y esperaba
seguir teniéndola.
El día anterior a la boda, Thorn no
atendió sus asuntos habituales de los
sábados en la embajada y, en cambio,
llevó a Katherine a dar un paseo por el
campo. Se sentía profundamente turbado
por la discusión que habían tenido y por
la forma en que habían hecho el amor
después. Deseaba estar a solas con ella,
para tratar de descubrir qué era lo que
no andaba bien. Pareció ser la medicina
justa porque ella se mostró relajada por
primera vez en muchos meses, gozando
del paseo, del simple hecho de tener la
mano de él entre las suyas, mientras
marchaban por el campo, en automóvil.
Al mediodía se hallaron en Stratford-
Upon-Avon y asistieron a una
representación de tarde del Rey Lear.
Katherine estaba extasiada, conmovida
hasta las lágrimas, por algunos pasajes
de la obra. El soliloquio de Lear ante la
muerte de su hijo hizo vibrar una de sus
fibras más íntimas y lloró abiertamente.
Thorn estuvo confortándola, en el
silencio del teatro, hasta mucho después
de que la obra hubiese terminado.
Volvieron al coche y siguieron
paseando. Katherine cogida fuertemente
de la mano de su marido. Esa liberación
de emociones había creado una
intimidad que hacía tiempo estaba
ausente de sus relaciones. Ella se sentía
muy vulnerable y cuando se detuvieron
junto a un arroyo sus lágrimas volvieron
a aflorar. Habló de sus temores, sus
temores de perder a Damien. Dijo que si
le ocurría algo al niño no podría
soportarlo.
—No vas a perderlo, Kathy. —
Thorn la tranquilizó con dulzura—. La
vida no podría ser tan cruel.
Era la primera vez, en mucho
tiempo, que la llamaba Kathy y eso
acentuó de alguna manera la distancia
que se había interpuesto entre ellos en
los meses recientes. Se sentaron sobre la
hierba, debajo de un enorme roble, y la
voz de Katherine se convirtió en un
susurro mientras observaba el
movimiento del arroyo.
—Estoy tan asustada —dijo.
—No hay nada que temer.
—Sin embargo, todo me da temor.
Un insecto se arrastraba junto a ella
y lo observó en su marcha a través del
vasto paisaje de césped.
—¿Qué te asusta, Katherine?
—¿Qué es lo que no asusta?
Él la miró, esperando que
continuara.
—Temo lo bueno porque un día
desaparecerá… Temo al mal porque soy
demasiado débil para soportarlo. Temo
tu éxito y tu fracaso. Y temo tener muy
poco que ver en ambas cosas. Temo que
un día te convertirás en el presidente de
los Estados Unidos, Robert… y te verás
entorpecido por una mujer que no está a
la altura de la situación.
—Te has desenvuelto
magníficamente —le aseguró él.
—Pero he detestado hacerlo.
La afirmación era muy simple y, sin
embargo, nunca había sido expresada.
De alguna manera los aliviaba.
—¿No te sorprende? —preguntó
ella.
—Un poco —replicó Thorn.
—¿Sabes qué es lo que más deseo
para nosotros? —preguntó Katherine.
Él negó con la cabeza.
—Deseo que volvamos a nuestro
país. Él se recostó sobre la hierba,
mirando las hojas del enorme roble.
—Más que cualquier otra cosa,
Robert. Ir a un lugar seguro. Estar en el
lugar al que pertenezco.
Siguió un largo silencio; ella se
había recostado junto a él, acurrucada
entre sus brazos.
—Me siento segura aquí —murmuró
—, entre tus brazos.
—Sí.
Katherine cerró los ojos, abriendo la
boca en una sonrisa ansiosa.
—Esto es New Jersey, ¿verdad? —
murmuró—. ¿No está nuestra pequeña
granja sobre esa colina? La finca a la
que nos hemos retirado.
—Es una enorme colina, Kathy.
—Lo sé, lo sé. Nunca podremos
llegar a la cima.
Se levantó una leve brisa que hizo
estremecer las hojas del roble. Miraban
en silencio, mientras los rayos del sol
jugaban en sus rostros.
—Tal vez pueda Damien —susurró
Thorn—. Tal vez sea un futuro
agricultor.
—Poco probable. Es la copia fiel de
ti.
Thorn no respondió. Sus ojos
estaban fijos en las hojas.
—Lo es, tú lo sabes —reflexionó
Katherine—. Es como si yo no tuviera
absolutamente nada que ver con él.
Thorn se incorporó un poco,
apoyándose sobre un brazo y la miró con
expresión entristecida.
—¿Por qué dices eso? —preguntó.
Ella se encogió de hombros, sin
saber cómo explicarlo.
—Es tan independiente. Parece no
necesitar a nadie.
—Sólo lo parece.
—No me tiene el afecto que un hijo
suele tenerle a su madre. ¿Querías
mucho a tu madre?
—Sí.
—¿Quieres mucho a tu esposa?
Los ojos de Thorn buscaron los de
ella y la acarició. Ella le besó la mano.
—No quiero irme nunca de este
lugar —murmuró Katherine—. Quiero
quedarme aquí.
Y movió la cabeza hacia arriba,
hasta que sus labios tocaron los de él.
—Sabes, Kathy —susurró Thorn
después de un largo silencio—, la
primera vez que te vi pensé que eras la
mujer más hermosa que había visto
nunca.
Ella sonrió ante ese recuerdo y
asintió con la cabeza.
—Aún lo sigo pensando, Kathy —
murmuró él—. Aún lo pienso.
—Te amo —dijo ella con un hilo de
voz.
—Te amo tanto —respondió él.
La boca de ella se apretó y sus ojos
cerrados se humedecieron.
—Casi deseo que nunca vuelvas a
hablarme —murmuró—. Me gustaría
recordarte siempre diciéndome eso.
Cuando ella volvió a abrir los ojos,
la oscuridad había caído sobre ellos.
Esa noche, cuando volvieron a
Pereford, todos estaban acostados.
Hicieron un gran fuego en la chimenea,
se sirvieron vino y se sentaron muy
juntos en un sofá de suave cuero.
—¿Podemos hacer esto en la Casa
Blanca? —preguntó Katherine.
—Falta mucho para eso.
—¿Podemos hacer esto allá?
—No veo por qué no.
—¿Podemos portarnos mal en el
dormitorio de Lincoln?
—¿Portarnos mal?
—Ser carnales.
—¿En el dormitorio de Lincoln?
—¿En su propia cama?
—Si Lincoln se retira un poco,
supongo.
—Bueno, él puede participar si lo
desea.
Thorn rió y la acercó a sí.
—Pero tenemos que hacer algo con
los turistas —agregó Katherine—.
Visitan el dormitorio de Lincoln tres
veces al día.
—Cerraremos la puerta con llave.
—De ninguna manera. Sólo les
cobraremos una tarifa extra.
Él volvió a reír, encantado con su
humor.
—¡Qué excursión! —dijo ella en
tono entusiasmado—. ¡Vea al Presidente
fornicando con su esposa!
—¡Kathy!
—Kathy y Robby haciéndolo. Y el
viejo Lincoln revolviéndose en su
tumba.
—¿Qué es lo que te ha dado? —
preguntó Thorn en tono sorprendido.
—Tú —susurró Katherine.
Él la miró, un tanto perplejo.
—¿Eres tú? —preguntó él.
—La verdadera.
—¿La verdadera?
—Soy desagradable, ¿no?
Ella rió de sí misma y él también. Y
por ese día y esa noche todo fue como
ella había soñado que podía ser.
La mañana siguiente amaneció
luminosa y hacia las 9 Thorn estaba
vestido para la boda y descendía
ágilmente las escaleras.
—¿Kathy? —llamó.
—No estoy aún lista —replicó
desde arriba.
—Vamos a llegar tarde.
—Es cierto.
—Podrían llegar a esperarnos, tú
sabes. Deberíamos hacer un esfuerzo.
—Estoy esforzándome.
—¿Está vestido Damien?
—Espero que sí.
—No quiero que lleguemos tarde.
—Pídele a la señora Horton que
haga tostadas.
—Yo no quiero tostadas.
—Yo, sí.
—Date prisa.
Afuera, Horton ya había preparado
el coche. Thorn se asomó y le hizo señal
de esperar un momento. Luego fue
rápidamente a la cocina.
Katherine salió apresuradamente de
su habitación, ajustándose el cinturón de
su traje blanco, y fue hacia el cuarto de
Damien, mientras decía en voz alta:
—Vamos, Damien. ¡Ya estamos
todos listos!
Entró en el cuarto del niño y no
encontró allí a su hijo. Oyó el sonido del
agua que corría en la bañera y
rápidamente entró en el baño. Lanzó una
exclamación de disgusto. Damien estaba
aún en el baño y la señora Baylock lo
lavaba mientras él jugaba.
—¡Señora Baylock! —gimió
Katherine—. Le dije que lo tuviera
vestido y en orden…
—Si me permite, señora, creo que
sería mejor que él vaya al parque.
—¡Le dije que íbamos a llevarlo a la
iglesia!
—La iglesia no es lugar para un
niñito, en un día de tanto sol.
La mujer sonreía, aparentando no
dar importancia a la cosa.
—Bueno, lo siento —replicó
Katherine con voz firme—. Es
importante que él vaya a la iglesia.
—Es demasiado chico para ir a la
iglesia. No hará más que alborotar.
Había algo en su tono y su manera,
tal vez demasiado tranquila e inocente
mientras la desafiaba, que hizo a
Katherine apretar los dientes con rabia.
—Parece ser que usted no entiende.
Quiero que él venga a la iglesia con
nosotros.
La señora Baylock se puso tensa,
ofendida por el tono de voz de
Katherine. El niño también lo sintió y se
acercó más a su niñera, mientras ésta
miraba hacia la madre.
—¿Ha estado en la iglesia antes? —
preguntó la señora Baylock.
—No veo qué tiene eso que ver…
—¡¿Kathy?! —Llamó Thorn desde el
piso inferior.
—Un minuto —le contestó ella.
Miró duramente a la señora Baylock.
La mujer le devolvió una mirada serena.
—Vístalo de inmediato —ordenó
Katherine.
—Discúlpeme por darle mi opinión,
¿pero espera realmente que un niño de
cuatro años entienda la jerigonza que se
dice en una boda católica?
Katherine contuvo el aliento.
—Soy católica, señora Baylock, y
también lo es mi esposo.
—Supongo que alguien tiene que
serlo —replicó la mujer.
Katherine quedó asombrada,
ultrajada por el abierto desafío.
—Ocúpese de que mi hijo esté
vestido y en el coche, en cinco minutos
—dijo en tono tenso—. O puede
empezar a buscarse otro empleo.
—Tal vez lo haga de todos modos.
—Si lo prefiere…
—Lo voy a pensar.
—Espero que lo haga.
Hubo un tenso silencio y luego
Katherine dio media vuelta para
marcharse.
—En cuanto a la iglesia… —dijo la
señora Baylock.
—¿Sí?
—Lamentará haberlo llevado.
Katherine salió de la habitación. En
cinco minutos, Damien llegó vestido y
arreglado al coche.
El camino para llegar a la iglesia
pasaba por Shepperton, donde se estaba
construyendo una nueva carretera y ello
creaba un imponente embotellamiento
del tránsito. Esa nueva demora hizo aún
más pesado el silencio en que viajaban.
—¿Qué ocurre? —preguntó Thorn al
observar la expresión de Katherine.
—Nada.
—Se te ve enojada.
—Esperaba que no se notara.
—De qué se trata.
—Nada importante.
—Vamos. Dímelo.
—La señora Baylock —dijo
Katherine con un suspiro.
—¿Qué ocurre con ella?
—Tuvimos algunas palabras.
—¿Por qué motivo?
—Ella quería llevar a Damien al
parque.
—¿Y qué tiene eso de malo?
—En lugar de que el niño fuera a la
iglesia.
—No puedo decir que no esté de
acuerdo.
—Hizo todo lo posible para evitar
que Damien viniera con nosotros.
—Tal vez se sienta sola sin él.
—No sé si eso es bueno.
Thorn se encogió de hombros,
observando la construcción, a medida
que el coche avanzaba muy lentamente
entre la caravana de vehículos.
—¿No podemos evitar esto, Horton?
—preguntó.
—No, señor —replicó el hombre—,
pero, si me lo permite, me gustaría decir
algo acerca de la señora Baylock.
Thorn y Katherine intercambiaron
una mirada, sorprendidos ante la
petición de Horton.
—Hable —le dijo Thorn.
—No quisiera hacerlo delante del
niño. Katherine miró a Damien, que estaba
jugando con los cordones de sus zapatos
nuevos, aparentemente sin prestar
atención a la conversación.
—No hay problema —dijo
Katherine.
—Creo que ella es una mala
influencia —dijo Horton—. No respeta
las reglas de la casa.
—¿Qué reglas? —preguntó Thorn.
—Preferiría no entrar en detalles,
señor.
—Por favor.
—Bien; para empezar, es cosa
aceptada que todos los sirvientes coman
juntos y cada cual tiene su turno para
lavar los platos.
Thorn miró a Katherine.
Evidentemente, no se trataba de nada
serio. —Ella nunca come con nosotros —
siguió Horton—. Baja cuando todos
hemos terminado y come sola.
—Ya veo —dijo Thorn fingiendo
interesarse.
—Y deja los platos para que los
lave el personal de la mañana.
—Creo que podemos pedirle que
deje de hacer eso.
—También espera a que, después
del anochecer, el personal se quede
dentro de la casa —continuó Horton— y
la he visto en más de una oportunidad ir
al bosque casi de madrugada, cuando
aún no había amanecido. Y caminaba
con mucho cuidado para que nadie la
oyera.
Los Thorn consideraron esa
información, intrigados.
—Resulta extraño —murmuró
Thorn.
—Lo que sigue es poco delicado y
espero que me disculpen —siguió
Horton—. Pero hemos notado que no
utiliza papel higiénico en el baño. El
que está junto al inodoro. No hemos
tenido que renovarlo desde que llegó.
En el asiento posterior, los Thorn
volvieron a mirarse. La historia se
estaba tornando demasiado extraña.
—Yo saqué, pues, mis conclusiones
—dijo Horton—. Creo que ella hace en
el bosque sus… necesidades. Y me
parece que eso es poco civilizado, si me
permiten opinar.
Se produjo un silencio: los Thorn
estaban perplejos.
—Algo más, señor. Otra cosa que
está muy mal.
—¿Qué es, Horton? —preguntó
Thorn.
—Utiliza el teléfono y hace llamadas
a Roma.
Una vez dicho lo que tenía que decir,
Horton volvió a ocuparse del tránsito,
alejándose rápidamente del
embotellamiento, al producirse un claro.
Mientras el paisaje se deslizaba ante
ellos, Katherine y Thorn meditaron en
silencio y por último se miraron a los
ojos. —Estuvo abiertamente desafiante
hoy —dijo Katherine.
—¿Quieres despedirla?
—No sé. ¿Y tú?
Thorn se encogió de hombros.
—Parece que Damien goza en su
compañía.
—Lo sé.
—Eso es importante.
—Sí —suspiró Katherine—.
Supongo que sí.
—Pero puedes despedirla si lo
deseas.
Katherine calló, mirando por la
ventanilla.
—Creo que tal vez ella se marche
por su propia voluntad.
Sentado entre ellos, Damien miraba
el piso del coche, con sus ojos
inmóviles, mientras el vehículo se
aproximaba a la ciudad.
La iglesia de All Saints era un
edificio monumental. Combinaba la
arquitectura del siglo XVII con
manifestaciones de siglos posteriores.
Sus macizas puertas delanteras estaban
siempre abiertas y el interior se hallaba
iluminado día y noche. En esta ocasión,
la escalinata que conducía a las puertas
estaba adornada con lirios, y los ujieres,
con chaqué, acogían la solemne entrada
de los asistentes. El acontecimiento
había congregado muchísima gente.
Incluso a algunos portadores de
pancartas con consignas del Partido
Comunista, desertores, sin duda, de un
mitin en Piccadilly… que preferían
presenciar ese acontecimiento social. El
único gran nivelador para las personas
de todos los rangos y las posiciones
políticas era la presencia de
celebridades. La gente estaba reunida
formando enjambres. La multitud
empezaba a desbordarse y el personal
de seguridad tenía problemas para
contenerla. Eso demoraba la ceremonia
porque los coches que llegaban debían
formar una única fila y esperar hasta el
momento de llegar frente al templo, para
que pudieran descender los invitados.
El coche de los Thorn fue de los
últimos en llegar y ocupó su lugar en la
fila, hacia el final de la manzana. Las
fuerzas de seguridad eran pocas allí y la
gente se apretujaba contra el coche,
observando descaradamente a sus
ocupantes. A medida que el coche iba
avanzando, la multitud se espesaba y
Damien, que se había adormecido,
empezó a despertarse, alarmado y
confundido por los rostros que miraban
desde afuera. Katherine lo atrajo hacia
sí, mirando molesta hacia delante, pero
los cuerpos que rodeaban el vehículo se
multiplicaron y empezaron a hacer
presión. La cara grotesca de un
hidrocefálico se acercó a la ventanilla
del lado de Katherine y empezó a
golpear como si tratara de entrar.
Ella se volvió hacia ese rostro y se
estremeció porque el hombre había
empezado a reír, emitiendo un chorro de
baba.—
Dios mío —se quejó—. ¿Qué es
lo que pasa?
—El camino está atascado a lo largo
de toda una manzana —replicó Horton.
—¿No puede tomar un atajo? —
preguntó Katherine.
—Todos tenemos nuestros
parachoques anteriores y posteriores
golpeando al vehículo de delante y al de
detrás.
El golpeteo continuó al lado de ella
y Katherine cerró los ojos, tratando de
ignorar el ruido que en realidad se
acrecentó cuando otras personas de la
multitud lo hallaron divertido y
empezaron a golpear las ventanillas de
otros coches.
—Miren hacia delante —dijo
Horton—. Comunistas.
—¿No podemos irnos de aquí? —
pidió Katherine.
Junto a ella, los ojos de Damien
empezaron a denotar temor, haciéndose
eco de la alarma de la madre.
—Bueno… bueno, —trató de
calmarlo Thorn al ver el temor en los
ojos del niño—. Esta gente no puede
hacernos daño, sólo quieren ver quiénes
están en los coches.
Pero los ojos del niño empezaron a
agrandarse y no estaban fijos en la gente
sino en un punto encima de ellos, en las
alturas de la iglesia.
—No hay nada que temer, Damien
—dijo Thorn—. Sólo vamos a una boda.
Pero el temor del niño fue en
aumento y su rostro se hizo cada vez más
tenso a medida que se acercaban
inexorablemente a la monumental
iglesia.
—Damien…
Thorn miró a Katherine, llamando la
atención de ella hacia el niño. Su rostro
parecía pétreo y el cuerpo se iba
poniendo rígido a medida que el coche
avanzaba y el edificio de la catedral
aparecía a la vista.
—Tranquilízate, Damien —murmuró
Katherine—, la gente se ha ido…
Pero sus ojos estaban fijos en la
iglesia y se tornaban más grandes por
momentos.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Thorn
rápidamente.
—No lo sé.
—¿Qué pasa, Damien?
—Tiene un susto de muerte.
Katherine dio la mano al niño y éste
la aferró, mirando con desesperación a
la madre.
—Es una iglesia, querido —le dijo
Katherine en tono ansioso.
Cuando el niño volvió a mirar hacia
delante, sus labios se secaron. El pánico
crecía en él y empezó a jadear, con el
rostro desprovisto de color.
—¡Dios mío! —gimió Katherine.
—¿Está descompuesto?
—Parece de hielo. ¡Está frío como
el hielo!
El coche se detuvo frente a la iglesia
y la portezuela se abrió. La mano del
ujier que intentaba ayudar a Damien a
descender dio pánico al niño. Se aferró
con fuerza al traje de Katherine y
empezó a gimotear de temor.
—¡Damien! —gritó Katherine—.
¡Damien!
Ella trataba de separar al niño y él
se aferraba con mayor fuerza,
sintiéndose más desesperado, mientras
Katherine intentaba hacerlo descender.
—¡Robert! —gimió Katherine.
—¡Damien! —gritó Thorn.
—¡Está rompiendo mi traje!
Thorn se inclinó para coger con
fuerza al niño, mientras éste luchaba más
aún para aferrarse a la madre,
arañándole el rostro y tirándole del
pelo, en su desesperado esfuerzo para
no separarse de ella.
—¡Socorro! ¡Dios! —exclamaba
Katherine.
—¡Damien! —gritaba Thorn,
mientras luchaba inútilmente con el niño
—. ¡Suelta a tu madre!
Mientras el niño gritaba
aterrorizado, un grupo de personas se
arremolinó alrededor para observar la
desesperada lucha. Tratando de ayudar,
Horton corrió desde su asiento para
coger al niño y hacerlo descender. Pero
el pequeño se había convertido en un
animal que aullaba mientras sus dedos
se hundían en el rostro y la cabeza de
Katherine, arrancándole un mechón de
pelo. —¡Sáquenmelo de encima! —gritó
Katherine.
En su terror empezó a pegarle,
tratando de desprenderse de los dedos
que se habían hundido en su ojo. Con un
movimiento repentino, Thorn consiguió
separar a Damien y mantener
inmovilizados los brazos del niño.
—¡Pronto! —ordenó con voz
quebrada a Horton—. ¡Salgamos en
seguida de aquí!
Y mientras el niño se debatía,
Horton corrió a su asiento, cerrando las
portezuelas. El coche salió disparado
hacia delante, alejándose del lugar.
—Dios mío —sollozó Katherine,
cogiéndose la cabeza—. Dios mío…
A medida que el coche tomaba
velocidad, el forcejeo del niño fue
cesando y su cabeza cayó hacia atrás por
el agotamiento. Horton condujo hacia la
carretera y en pocos instantes renació el
silencio. Damien estaba sentado con
ojos vidriosos y el rostro húmedo de
transpiración. Thorn lo tenía aún sujeto
entre sus brazos, con la vista fija hacia
delante. Junto a él, Katherine se hallaba
en estado de shock, con el cabello
desordenado, un ojo hinchado y casi
cerrado. Viajaron hasta Pereford, en
silencio. Nadie se decidía a hablar.
Cuando llegaron a Pereford,
llevaron a Damien a su cuarto y se
sentaron en silencio, mientras el niño
miraba por la ventana. Tenía la frente
fresca, de modo que no había necesidad
de llamar al médico. Pero se negaba a
mirarlos, atemorizado por lo que había
hecho.
—Yo me encargo de él —dijo
serenamente la señora Baylock al entrar
en el cuarto.
Cuando Damien la vio, su aspecto
denotó alivio.
—Tuvo un susto —dijo Katherine a
la mujer.
—No le gusta la iglesia —replicó la
mujer—. Él quería ir al parque.
—Se puso… salvaje —dijo Thorn.
—Estaba enojado —dijo la señora
Baylock.
Y se adelantó, cogiendo en brazos al
niño. Y Damien se aferró a ella, como
un hijo a su madre. Los Thorn
observaron en silencio. Luego se fueron
lentamente del cuarto.
—Hay algo que no marcha bien —
dijo Horton a su esposa.
Era de noche ahora y estaban en la
cocina. Ella había escuchado en
silencio, mientras él le contaba los
sucesos del día.
—Hay algo raro en esta señora
Baylock —prosiguió Horton—, hay algo
raro en este niño y también hay algo raro
en esta casa.
—Estás exagerando —replicó ella.
—Si tú lo hubieras visto, sabrías de
qué estoy hablando.
—El berrinche de una criatura.
—El berrinche de un animal.
—Es muy inquieto, eso es todo.
—¿Desde cuándo?
Ella sacudió la cabeza como para
desechar el asunto, tomó unas verduras
del refrigerador y empezó a cortarlas en
trozos pequeños.
—¿Miraste alguna vez sus ojos? —
preguntó Horton—. Es como mirar los
ojos de un animal. Sólo observan.
Esperan. Saben algo que uno no sabe.
Han estado en algún lugar que uno no
conoce.
—Tú y tus duendes —rezongó la
mujer, mientras cortaba la verdura.
—Espera y verás —le aseguró
Horton—. Aquí está ocurriendo algo
malo.—
En todas partes ocurren cosas
malas.
—No me gusta nada —dijo el
hombre, sombríamente—. Estoy
pensando en que deberíamos
marcharnos.
En ese mismo momento los Thorn
estaban en el patio. Era tarde ya y
Damien dormía. La casa se encontraba
tranquila y oscura. Se oía música clásica
muy suave que transmitía un aparato
estereofónico y ellos estaban sentados
sin hablar, mirando la noche. El rostro
de Katherine estaba lastimado e
hinchado y ella, metódicamente, bañaba
su ojo con una gasa que sumergía de
tanto en tanto en un bol de agua tibia. No
habían dicho una sola palabra desde los
sucesos del día y se limitaban a
compartir la presencia mutua. Su temor
era el temor que otros padres habían
conocido: el primer indicio de que algo
no anda bien en su hijo. Se cristalizaba
en el silencio, pero no cobraba realidad,
a menos que lo tradujesen en palabras.
Katherine probó el bol de agua con
la mano y, como lo encontró frío,
exprimió la gasa y la dejó a un lado. El
movimiento hizo que Thorn la mirara y
él esperó que ella reparara en su mirada.
—¿Seguro que no quieres llamar a
un médico? —preguntó serenamente.
Ella sacudió la cabeza.
—Nada más que unos pocos
rasguños.
—Quiero decir… para Damien —
agregó Thorn.
Todo lo que ella pudo ofrecer fue un
gesto de impotencia.
—¿Qué íbamos a decirle? —
preguntó.
—No tenemos que decirle nada.
Sólo… que lo examine.
—Hace un mes lo revisaron. Está
perfectamente. No ha estado enfermo un
solo día de su vida.
Thorn afirmó con la cabeza,
pensando en el asunto.
—Nunca, ¿verdad? —observó con
tono de extrañeza.
—No.
—Eso es extraño, ¿no crees?
—¿Lo es?
—Me parece.
Su tono era raro y ella se volvió
para mirarlo. Sus ojos se encontraron y
Katherine esperó que él continuara.
—Quiero decir… ni sarampión ni
paperas… tampoco varicela. Ni siquiera
un catarro, una tos o un resfriado.
—¿Y qué? —preguntó ella en tono
defensivo.
—Sólo que… me parece poco
habitual.
—A mí, no.
—A mí, sí.
—Viene de una raza sana.
Thorn no supo qué decir. Dentro de
él se formó un nudo. El secreto estaba
aún allí, en el fondo de su estómago.
Nunca lo había abandonado, en todos
esos años, pero, en general, se había
sentido justificado. Culpable por el
engaño, pero aliviado por toda la
felicidad que había aportado. Cuando
las cosas marchaban bien era fácil
mantenerlo oculto, adormecido. Pero
ahora, de alguna manera, se estaba
tornando importante y Thorn lo sentía
crecer en él como si le fuera a obstruir
la garganta.
—Si tu familia o la mía —continuó
Katherine— tuviera una historia de…
psicosis, de perturbaciones mentales…
entonces me preocuparía, sin duda, por
lo que ocurrió hoy.
Él la miró y luego desvió los ojos.
—Pero he estado pensando en el
asunto y sé que el niño está bien. Es un
lindo muchachito sano. Un descendiente
sano de dos árboles familiares sanos
también.
Incapaz de mirarla, Thorn asintió
con la cabeza lentamente.
—Tuvo un susto, eso es todo —
agregó Katherine—. Sólo un… mal
momento, que todo niño puede tener.
Thorn volvió a asentir con la cabeza
y con gran fatiga se frotó la frente.
Interiormente, deseaba contarle,
descargar su conciencia. Pero era
demasiado tarde. El engaño había
continuado por demasiado tiempo. Ella
lo odiaría por haberla engañado. Hasta
podía odiar al niño. Era demasiado
tarde. Nunca debía saberlo.
—He estado pensando en la señora
Baylock —dijo Katherine.
—¿Sí?
—He pensado que deberíamos
conservarla.
—Se mostró muy agradable hoy —
repuso Thorn.
—Damien está ansioso. Tal vez
porque nos oyó hablar de ella, en el
coche.
—Sí —replicó Thorn.
Tenía sentido. Pudo haber sido la
causa del temor del niño. Ellos pensaron
que no estaba escuchando, pero era
evidente que lo había oído todo. La idea
de perderla lo había llenado de terror.
—Sí —volvió a decir Thorn y su
voz estaba llena de esperanza.
—Me gustaría darle otras tareas; así
estaría fuera de la casa parte del día —
dijo Katherine—. Tal vez encargarle las
compras de la tarde. De esa manera, yo
podría dedicarle más tiempo a Damien.
—¿Quién las hace ahora? Las
compras.
—La señora Horton.
—¿No le molestará dejar de
hacerlas?
—No sé. Pero quiero pasar más
tiempo con Damien.
—Eso me parece sensato.
Volvieron a quedar en silencio y
Katherine giró la cabeza.
—Creo que eso es bueno —reiteró
Thorn—. Me parece sensato.
Por un instante, sintió que todo iba a
marchar bien. Entonces vio que
Katherine estaba llorando y volvió a
acongojarse. La observaba, incapaz de
consolarla.
—Tenías razón, Kathy —murmuró
—. Damien nos oyó hablar de
despedirla. Eso fue todo. Simplemente
eso.
—Ruego que así sea —respondió
ella con voz temblorosa.
—Por supuesto… eso fue todo.
Ella afirmó con la cabeza y, cuando
las lágrimas cesaron, se incorporó,
mirando hacia la casa oscura.
—Bien —dijo—, lo mejor que se
puede hacer con un mal día es
terminarlo. Me voy a la cama.
—Me quedaré sentado aquí un rato.
Subiré luego.
Los pasos de Katherine se esfumaron
tras él, dejándolo solo con sus
pensamientos.
Cuando miró hacia el bosque, vio en
cambio el hospital de Roma. Se vio a sí
mismo allá, parado frente a un cristal,
aceptando al niño. ¿Por qué no había
preguntado más sobre la madre? ¿Quién
era ella? ¿De dónde venía? ¿Quién era
el padre y por qué no estaba presente?
Con los años, él se había formado
ciertas conjeturas que habían servido
para calmar sus temores. La madre real
de Damien sería probablemente una
muchacha campesina, una muchacha de
la iglesia, y por eso dio a luz a su hijo
en un hospital católico. Era un hospital
caro y no habría podido acudir a esa
institución, a menos que tuviera ese tipo
de relación. Tal vez ella misma era
huérfana, sin familia. Y el niño habría
nacido sin estar ella casada, razón por la
cual el padre no estaba presente. ¿Qué
más había que saber? ¿Qué otra cosa
pudo haber importado? El niño era
hermoso y despierto, y lo habían
descrito como “perfecto en todos
sentidos”.
Thorn no estaba acostumbrado a
dudar de sí mismo, a acusarse. Su mente
luchaba por convencerse de que lo que
había hecho estaba bien. Se había
sentido turbado, desesperado en aquel
momento. Había sido vulnerable, una
presa fácil a la sugerencia. ¿Pudo
haberse equivocado? ¿Tal vez había
otras cosas que él debía saber?
Thorn nunca conocería las
respuestas a esas preguntas. Sólo unas
pocas personas las conocían y ahora
estaban dispersas por el mundo. Estaba
la hermana Teresa, el padre Spilletto y
el padre Brennan. Sólo ellos sabían.
Sólo sus conciencias conocían la
verdad. En la oscuridad de aquella
lejana noche habían trabajado en febril
silencio, con la tensión que derivaba del
honor de haber sido elegidos. En toda la
Historia de la Tierra sólo se había
intentado dos veces antes y ellos sabían
que esta vez no debía fracasar. Todo
estaba en manos de ellos, sólo de ellos
tres. Todo había marchado a la
perfección y nadie se había enterado.
Después del nacimiento fue la hermana
Teresa la que preparó al impostor,
depilándole los brazos y la frente,
empolvándolo para que estuviese seco y
presentable cuando Thorn fuera llevado
a verlo. El cabello de la cabeza era
abundante, como habían deseado. Ella
había utilizado un secador para
esponjárselo, examinando primero el
cuero cabelludo, para asegurarse de que
el estigma estaba allí. Thorn nunca vería
a la hermana Teresa y tampoco al
pequeño padre Brennan, que trabajaba
en el sótano cerrando en cajones dos
cuerpos que se despacharían
inmediatamente. El primer cuerpo era el
del hijo de Thorn, silenciado antes de
que pudiera emitir su primer llanto. El
segundo era el del animal, la madre
transitoria del que había sobrevivido.
Afuera un camión esperaba para llevar
los cuerpos a Cerveteri, donde en el
silencio del Cimitero di Sant’Angelo los
sepultureros esperaban en la capilla.
El plan había nacido de la comunión
diabólica y era Spilletto quien lo llevó a
efecto. Había elegido a sus cómplices,
con el mayor cuidado. Estaba satisfecho
con la hermana Teresa, pero en los
momentos finales había llegado a
preocuparle Brennan. El diminuto
estudioso era aplicado, pero su creencia
era el producto del temor y el último día
había demostrado una inestabilidad que
inquietó a Spilletto. Brennan estaba
ansioso, pero su ansiedad tenía que ver
consigo mismo, era su ardiente deseo de
demostrar que estaba a la altura de la
tarea. Había perdido de vista el
significado de lo que estaban haciendo,
preocupado por la importancia de su
propio papel. Esa preocupación por sí
mismo lo llevó a la ansiedad y Spilletto
estuvo a punto de desprenderse de
Brennan. Si uno de ellos fallaba, los tres
serían considerados responsables. Y,
más importante, no podría volver a
intentarse durante otros mil años.
Al final, Brennan, se había superado,
realizando su tarea con dedicación y
eficiencia, llegando a manejar una crisis
que ninguno de los tres había previsto.
El niño no había muerto aún y emitió un
sonido dentro del cajón cuando lo
estaban cargando en el camión. Brennan
retiró rápidamente el cajón, volvió al
sótano del hospital y se aseguró de que
no volvería a oírse ningún sonido. Eso
lo había afectado mucho, profundamente,
pero lo había hecho y eso era todo lo
que importaba.
Esa noche, en el hospital todo
parecía normal en torno a ellos. Los
médicos y las enfermeras realizaban su
rutina sin ningún conocimiento de lo que
estaba sucediendo. Todo se había hecho
con discreción y exactitud y nadie, en
especial Thorn, había tenido jamás
sospecha alguna…
Ahora, mientras se hallaba sentado
en el patio mirando la noche, Thorn se
dio cuenta de que el bosque de Pereford
ya no le resultaba ominoso. No tenía la
sensación, como antes, de que alguien lo
estaba observando entre la fronda.
Ahora resultaba apacible, con el sonido
de los grillos y los sapos. Le parecía
agradable, de alguna manera
tranquilizador, que la vida fuera normal
a su alrededor. Sus ojos se elevaron
hacia la casa, desplazándose hasta la
ventana de Damien. Estaba iluminada
por una luz tenue y Thorn pensó en el
rostro del niño en la paz del sueño.
Sería la visión adecuada para terminar
ese terrible día y se incorporó,
apagando una lámpara y entrando en la
oscura casa.
La oscuridad era total adentro y el
aire parecía reverberar con el silencio.
Thorn buscó a tientas el camino hacia
las escaleras. Allí se detuvo, buscando
un interruptor de la luz, pero como no lo
encontró empezó a subir silenciosamente
hasta que llegó al rellano. Nunca había
visto la casa tan oscura y se dio cuenta
de que debió haberse quedado afuera
por un tiempo considerable, perdido en
sus pensamientos. Podía oír a su
alrededor el sonido de la respiración de
los que dormían y caminó sin hacer
ruido, tanteando las paredes. Su mano
tocó un interruptor y lo hizo girar, pero
no funcionó. Siguió caminando, girando
en un recodo del hall largo y anguloso.
Delante podía ver el cuarto de Damien,
por cuya puerta se filtraba una débil
franja de luz. Pero de pronto se sintió
helado porque creyó haber oído un
sonido. Era una especie de vibración, un
rumor apagado que desapareció antes de
que pudiera identificarlo, reemplazado
sólo por la silenciosa atmósfera del hall.
Se preparó para seguir caminando, pero
el sonido volvió, más fuerte ahora,
sobresaltándolo. Entonces miró hacia
abajo y vio los ojos. Conteniendo la
respiración, se arrimó todo lo posible a
la pared. El rumor creció en intensidad
mientras un perro surgió de las sombras
y se paró, como en guardia, frente al
cuarto del niño. Respirando apenas,
Thorn se quedó petrificado mientras el
sonido se hacía más intenso y los ojos lo
miraban fijamente.
—Fuera… fuera… —exclamó Thorn
respirando entrecortadamente.
El animal se puso más tenso, como
si se dispusiera a saltar.
—Tranquilo ahora —dijo la señora
Baylock, que salía de su habitación—.
Éste es el amo de la casa.
El perro quedó silencioso. La señora
Baylock manipuló un interruptor y el
hall se iluminó instantáneamente,
dejando a Thorn sin aliento, mirando
fijamente al perro.
—¿Qué… es esto? —logró articular.
—¿Señor? —preguntó la mujer en
tono indiferente.
—Este perro.
—Ovejero, creo. ¿No es hermoso?
Lo encontramos en el bosque.
El perro se había echado a los pies
de ella, repentinamente despreocupado.
—¿Quién le dio permiso…?
—Pensé que podíamos aprovechar
un buen perro guardián. Además el niño
lo adora.
Thorn se sentía aún alarmado y
seguía parado y tieso contra la pared. La
señora Baylock no pudo ocultar que la
actitud de Thorn le causaba gracia.
—Le dio un susto, ¿verdad?
—Sí.
—¿Ve qué bueno es? Como perro
guardián, quiero decir. Créame, estará
agradecido de que el animal se
encuentre en la casa cuando usted se
marche.
—¿Cuando me marche? —preguntó
Thorn.
—De viaje. ¿No se va a Arabia
Saudita?
—¿Cómo sabe lo de Arabia
Saudita? —preguntó.
La mujer se encogió de hombros.
—No sabía que era un secreto.
—No se lo he dicho a nadie aquí.
—La señora Horton me lo dijo.
Thorn asintió con la cabeza,
desviando sus ojos hacia el perro.
—No va a causar ningún problema
—aseguró la mujer—. Sólo le vamos a
dar las sobras…
—No lo quiero aquí —replicó
Thorn, secamente.
Ella lo miró con sorpresa.
—¿No le gustan los perros?
—Cuando desee un perro, lo elegiré.
—El niño le ha tomado afecto,
señor, y creo que lo necesita.
—Yo decidiré cuándo necesita un
perro.—
Los niños pueden confiar en los
animales, señor. No importa cuál.
Ella lo miró como si estuviera
tratando de darle a entender algo más.
—¿Está… tratando de decirme algo?
—No me atrevería, señor.
Pero por el modo en que lo miraba
era evidente.
—Si tiene algo que decir, señora
Baylock, me gustaría oírlo.
—No debería, señor. Usted tiene
demasiadas preocupaciones en la
mente…
—Le dije que me gustaría oírlo.
—El niño parece sentirse solo.
—¿Por qué iba a sentirse solo?
—Su madre no parece aceptarlo.
Thorn quedó tenso, agraviado por la
observación.
—¿Ve? —agregó la mujer—. No
debí haber hablado.
—¿No lo acepta?
—No parece que le guste el niño, y
él lo siente.
Thorn estaba mudo, sin saber qué
decir.—
A veces pienso que yo soy todo lo
que él tiene —agregó la mujer.
—Creo que se equivoca.
—Y ahora tiene a este perro. Lo
adora. Por el niño, no eche al animal.
Thorn miró al enorme animal y
sacudió la cabeza.
—No me gusta este perro —dijo—.
Llévelo mañana a la perrera municipal.
—¿A la perrera? —preguntó
alarmada.
—A la Sociedad Protectora de
Animales.
—¡Los matan allí!
—Sáquelo de la casa, entonces. No
quiero que siga aquí mañana.
El rostro de la señora Baylock se
endureció y entonces Thorn se marchó.
La mujer y el perro lo observaron
alejarse por el largo hall y sus ojos
ardieron de odio.
5
Thorn había pasado la noche sin
dormir. Estuvo sentado en la terraza del
dormitorio, fumando cigarrillos cuyo
sabor le resultaba desagradable. De la
habitación que estaba a sus espaldas le
llegaban los gemidos de Katherine y se
preguntó con qué demonio estaría ella
luchando en el sueño. ¿Era el antiguo
demonio de la depresión que había
vuelto a rondarla? ¿O simplemente
estaría reviviendo los horribles sucesos
del día?
Para no pensar en la realidad
empezó a especular, imaginando las
preocupaciones inmediatas. Pensó en los
sueños, en la posibilidad de que un
hombre vea los sueños de otro. Se sabía
que la actividad cerebral era eléctrica.
También lo son los impulsos que crean
las imágenes en las pantallas de los
televisores. Seguramente debía haber un
método para combinar ambas cosas.
Imaginaba el adelanto terapéutico que
ello podía ofrecer. Hasta se podría
guardar los sueños en videotape, para
que la persona que los había soñado
pudiera volver a verlos en detalle.
Thorn mismo se había sentido a menudo
rondado por la vaga sensación de haber
tenido un sueño inquietante. Pero
durante la mañana los detalles se
perdían, dejándole sólo la sensación de
inquietud. Además de terapéuticos,
pensaba, ¡que entretenidos podrían ser
esos sueños grabados en cinta! ¡Y qué
peligrosos, también! Los sueños de los
grandes hombres se podrían guardar en
archivos para que los vieran las
generaciones futuras. ¿Cuáles habrían
sido los sueños de Napoleón? O los de
Hitler, o los de Lee Harvey Oswald. Tal
vez el asesinato de Kennedy pudo
haberse evitado si alguien hubiera
podido ver los sueños de Oswald.
Seguramente, debía haber un modo para
lograrlo. Sumido en esas
especulaciones, Thorn pasó las horas
hasta que llegó la mañana.
Cuando Katherine se despertó, su
ojo lastimado estaba cerrado por la
hinchazón. Al marcharse, Thorn le
sugirió que viese a un médico. Fue de lo
único que conversaron. Katherine se
mostraba poco comunicativa y Thorn
estaba preocupado por el día que le
aguardaba. Debía hacer los arreglos
finales para su viaje a Arabia Saudita,
pero tenía la sensación de que no debía
ir. Estaba asustado. Por Katherine, por
Damien y por sí mismo, aunque no sabía
por qué. Había incertidumbre en el aire,
una sensación de que la vida se había
vuelto repentinamente frágil. Hasta
ahora no se había sentido nunca
preocupado por la muerte, que siempre
le había parecido lejana. Pero ésa era la
esencia de lo que sentía ahora, que su
vida estaba, de alguna manera, en
peligro.
En el coche, mientras se trasladaba a
la embajada, hizo rápidas notas sobre
pólizas de seguro y detalles de negocios
que deberían tenerse en cuenta en el
caso de su muerte. Lo hizo
desapasionadamente y sin tener
conciencia de que se trataba de algo que
jamás había hecho antes, ni siquiera
considerado. Sólo cuando terminó sus
notas, el hecho lo atemorizó y se quedó
sentado, en un tenso silencio, mientras el
coche se acercaba a la embajada,
sintiendo que en cualquier momento algo
iba a ocurrir.
Cuando el coche se detuvo, Thorn
bajó rígido, esperando en el lugar hasta
que el vehículo se alejó. Entonces los
vio abalanzándose sobre él: dos
hombres que se movían con rapidez, uno
tomando fotos, el otro disparándole
preguntas. Thorn se encaminó hacia la
embajada, pero ellos se interpusieron en
su camino. Trató de eludirlos,
sacudiendo la cabeza en respuesta a las
preguntas.
—¿Ha leído el Reporter de hoy,
señor Thorn?
—No, no he…
—Hay un artículo acerca de su
niñera, la que saltó…
—No sé nada.
—Se dice que ella dejó una nota
antes de suicidarse.
—Tonterías.
—¿Quiere mirar hacia aquí, por
favor? —Era Jennings con su cámara,
moviéndose rápidamente, tomando fotos.
—¿Me hace el favor de apartarse?
—pidió Thorn cuando Jennings le
bloqueó el paso.
—¿Es cierto que ella tenía que ver
con las drogas? —preguntó el otro.
—Por supuesto que no.
—En el informe del médico forense
aparece que había una droga en la
sangre.
—Era una droga antialérgica —
repuso bruscamente Thorn con la
mandíbula tensa—. Sufría de alergia…
—Se dice que era una dosis
excesiva.
—¿Puede quedarse así un momento?
—pidió Jennings.
—¿Quiere dejarme libre el camino?
—gruñó Thorn.
—Estoy haciendo mi trabajo, señor.
Thorn trató de seguir su camino,
pero ellos lo siguieron y volvieron a
acorralarlo.
—¿Tomaba ella drogas, señor
Thorn?
—Le dije…
—El artículo decía…
—¡No me interesa lo que el artículo
diga!—
¡Magnífico así! —dijo Jennings
—. ¡Quédese un instante así!
La cámara se le acercó mucho y
Thorn la empujó apartándola; en el
forcejeo cayó de las manos de Jennings.
Golpeó con fuerza en el cemento y por
un instante todos quedaron en silencio,
alarmados por el repentino estallido de
violencia.
—¿Es que ustedes no pueden tener
un poco de respeto? —dijo Thorn,
exaltado.
Jennings se arrodilló y miró a Thorn
hacia arriba.
—Lo siento —dijo Thorn con voz
temblorosa—. Envíeme la cuenta por los
daños.
Jennings recogió la cámara rota y se
incorporó lentamente, encogiéndose de
hombros mientras miraba a Thorn a los
ojos.—
Está bien, señor embajador —dijo
—. Digamos… que está en deuda
conmigo.
Después de asentir con la cabeza,
disgustado, Thorn dio media vuelta y
entró en la embajada, mientras un
guardia marina se acercaba desde la
calle, demasiado tarde para ver los
resultados del incidente.
—Me destrozó la cámara —le dijo
Jennings al guardia—. El embajador
destrozó mi cámara.
Quedaron perplejos; luego se
separaron y cada cual se marchó por su
lado.
En el despacho de Thorn había gran
actividad. El viaje a Arabia Saudita
estaba en peligro porque Thorn se
resistía, diciendo, sin mayores
explicaciones, que no podía ir. Los
planes del viaje habían tenido ocupado
al personal por casi dos semanas y sus
dos ayudantes estaban sublevados ante
la idea de que todo su esfuerzo no
sirviera para nada.
—No puede cancelarlo —insistía
uno de ellos—. Después de todo este
despliegue, no puede llamar
simplemente y decir…
—No está cancelado —replicó
Thorn—, sino pospuesto.
—Lo tomarán como un agravio.
—Lo lamento.
—Pero ¿por qué esa decisión?
—No estoy con ánimo de viajar
ahora —replicó Thorn—. No es un buen
momento.
—¿Comprende usted lo que está en
juego? —preguntó su segundo ayudante.
—La diplomacia —respondió
Thorn.
—Más que eso.
—Ellos tienen el petróleo y el poder
—dijo Thorn—. Nada puede cambiar
eso.
—Precisamente por eso…
—Enviaré a otra persona.
El Presidente espera que usted vaya.
—Hablaré con él. Le explicaré.
—¡Dios mío, Robby! ¡Esto se ha
planeado durante semanas!
—¡Entonces vuelvan a planearlo! —
gritó Thorn.
Ese repentino estallido creó un
silencio. Un aparato intercomunicador
emitió un zumbido y Thorn se acercó
para atenderlo.
—¿Sí?
—Está aquí el padre Brennan que
quiere verlo —replicó la voz de una
secretaria.
—¿Quién?
—El padre Brennan, de Roma. Dice
que es un asunto personal de suma
urgencia.
—No sé quién es —replicó Thorn.
—Dice que sólo necesita verlo un
minuto —respondió la voz—. Algo
acerca de un hospital.
—Probablemente, pida una donación
—susurró uno de los ayudantes de
Thorn.
—O una dedicatoria —agregó el
otro. —Está bien —suspiró Thorn—.
Hágalo pasar.
—No sabía que era tan fácil de
convencer —observó uno de los
ayudantes.
—Relaciones públicas —murmuró
Thorn.
—No tome todavía una decisión
acerca de Arabia Saudita, ¿eh? Usted
está deprimido hoy. Deje descansar el
asunto un poco.
—La decisión está tomada —repuso
Thorn con fatiga—. O va otra persona o
lo posponemos.
—¿Lo posponemos hasta cuándo?
—Hasta que pase un tiempo —
respondió Thorn—. Hasta que me sienta
en condiciones de partir.
Las puertas se abrieron y en el alto
vano apareció un hombre diminuto. Era
un sacerdote. Sus ropas estaban
desaliñadas, y tenía un aire tenso. Los
que estaban en el despacho percibieron
su urgencia. Los ayudantes
intercambiaron una intranquila mirada,
sin saber si era prudente salir del salón.
—¿Sería… posible… —preguntó el
sacerdote con fuerte acento irlandés—
hablar a solas con usted?
—¿Es sobre un hospital? —preguntó
Thorn.
—Sí —replicó el sacerdote, en
italiano.
Después de una breve indecisión,
Thorn asintió con la cabeza y sus
ayudantes salieron en actitud de duda.
Cuando se marcharon, el sacerdote cerró
las puertas detrás de ellos. Luego se
volvió, con una expresión que denotaba
dolor. —Bien… —dijo Thorn en tono
aprensivo.
—No tenemos mucho tiempo.
—¿Qué?
—Usted debe escuchar lo que tengo
que decirle.
El sacerdote se negó a acercarse, y
se quedó apoyado contra las puertas
cerradas.
—¿De qué se trata? —preguntó
Thorn.
—Debe aceptar a Cristo como a su
Salvador. Debe aceptarlo ahora.
Se produjo un momento de silencio,
ya que Thorn no encontraba palabras.
—Por favor, signor…
—Discúlpeme —le interrumpió
Thorn—. Entendí que se trataba de un
asunto personal urgente…
—Usted debe tomar la comunión —
continuó el sacerdote—. Beber la sangre
de Cristo y comer su carne, porque sólo
si Él está dentro de su cuerpo podrá
vencer al hijo del Demonio.
El clima del despacho había
alcanzado una gran tensión. La mano de
Thorn alcanzó el intercomunicador.
—Él ha matado una vez —susurró el
sacerdote— y volverá a matar. Matará
hasta que todo lo que es suyo sea de él.
—Por favor, si quiere esperar
afuera…
El sacerdote había empezado a
acercarse y su voz crecía en intensidad.
—Sólo por medio de Cristo podrá
combatirlo —insistió—. Acepte a Jesús.
Beba Su sangre.
La mano de Thorn había encontrado
el botón del intercomunicador y lo
oprimió.
—He cerrado la puerta, señor Thorn
—dijo el sacerdote.
Thorn se puso tenso, asustado ahora
por el tono del hombre.
—¿Sí? —preguntó la voz de la
secretaria por el intercomunicador.
—Envíe un agente de seguridad —
replicó Thorn.
—¿Qué ocurre, señor?
—Le ruego, signor —suplicó el
sacerdote—, escuche lo que le digo.
—¿Señor? —repitió la secretaria.
—Yo estaba en el hospital, señor
Thorn —dijo el sacerdote—, la noche
en que nació su hijo.
Fue un golpe para Thorn, que quedó
petrificado en su lugar.
—Yo… fui uno de… los parteros —
dijo el sacerdote con voz entrecortada
—. Yo… presencié… el nacimiento.
Volvió a oírse la voz de la
secretaria, esta vez cargada de
preocupación.
—¿Señor Thorn? —dijo—. Lo
siento, no le entendí.
—Nada —respondió Thorn—.
Sólo… esté atenta.
Liberó el botón, volviendo a mirar
con temor al sacerdote.
—Le ruego… —dijo Brennan,
ahogando las lágrimas.
—¿Qué desea?
—Salvarlo, señor Thorn. Para que
Cristo me perdone.
—¿Qué sabe de mi hijo?
—Todo.
—¿Qué es lo que sabe? —exigió
Thorn.
El sacerdote temblaba ahora; su voz
estaba cargada de emoción.
—Vi a su madre —replicó.
—¿Vio a mi esposa?
—¡Vi a su madre!
—¿Se refiere a mi esposa?
—¡La madre del niño, señor Thorn!
El rostro de Thorn se endureció y
miró fijamente al sacerdote.
—¿Se trata de un chantaje? —
preguntó en tono tranquilo.
—No, señor.
—¿Entonces, qué desea?
—Decirle, señor.
—¿Decirme qué?
—Su madre, señor…
—Siga, ¿qué ocurrió con ella?
—Su madre, señor… ¡era un chacal!
—De la garganta del sacerdote escapó
un sollozo—. ¡Nació de un chacal! ¡Yo
mismo lo vi!
Con un estrépito repentino se
abrieron las puertas y entró un guardia
marina, seguido por los ayudantes y la
secretaria de Thorn. El embajador
estaba pálido, inmóvil. El rostro del
sacerdote se hallaba cubierto de
lágrimas.
—¿Ocurre algo aquí, señor? —
preguntó el guardia.
—Me pareció extraña su voz —
agregó la secretaria—. Y la puerta
estaba cerrada.
—Quiero que saquen a este hombre
de aquí —dijo Thorn—. Y si alguna vez
vuelve… quiero que lo metan en prisión.
Nadie se movió. El guardia dudaba
en poner sus manos sobre el sacerdote.
Lentamente, Brennan dio media vuelta y
caminó hacia la puerta. Allí se detuvo,
volviéndose para mirar a Thorn.
—Acepte a Cristo —murmuró con
tristeza—. Cada día beba Su sangre.
Entonces se marchó, seguido por el
guardia. Todos los demás
permanecieron parados en turbado
silencio.
—¿Qué quería? —preguntó un
ayudante.
—No sé —murmuró Thorn, mirando
hacia la puerta por donde se había
marchado el sacerdote—. Estaba loco.
En la calle, frente a la embajada,
Haber Jennings estaba recostado contra
un automóvil, controlando su otra
cámara, después de guardar la que se
había estropeado. Sus ojos divisaron al
guardia que escoltaba al sacerdote por
los escalones de la entrada y tomó un
par de fotos de ambos cuando el padre
se alejaba lentamente. El guardia vio a
Jennings y fue hacia él, mirándolo
molesto.
—¿No ha tenido ya hoy suficientes
problemas con esa cámara? —preguntó.
—¿Suficientes problemas? —sonrió
Jennings—. Nunca son suficientes.
Y tomó dos fotos más del guardia, a
quemarropa; éste le dirigió una mirada
furiosa mientras se alejaba. Entonces
Jennings cambió de foco y divisó al
diminuto sacerdote. Tomó otra foto de él
mientras desaparecía en la distancia.
Ya tarde esa noche, Jennings estaba
sentado en su cuarto oscuro mirando una
serie de fotografías, con ojos curiosos y
sorprendidos. Para asegurarse de que su
cámara de repuesto funcionaba bien,
había tomado un rollo completo de
treinta y seis fotos en distintas
exposiciones y velocidades. Sólo tres
habían salido defectuosas. Era el mismo
tipo de defecto que había observado,
hacía pocos meses, en la foto de la
niñera en la residencia de los Thorn.
Ahora se trataba de las fotos del
sacerdote. Una vez más parecía ser un
defecto de la emulsión, pero ahora se
veía en más de una foto. Se producía en
dos fotos consecutivas, luego no se daba
en otras dos y se repetía exactamente
como antes. Lo que resultaba más
curioso era que estaba vinculada con el
sujeto. El extraño borrón de movimiento
pendía sobre la cabeza del sacerdote,
como si de alguna manera estuviera
realmente allí.
Jennings sacó cinco fotos del
revelador y las examinó cuidadosamente
bajo la luz: dos del sacerdote con el
guardia marina y luego una más del
sacerdote solo a lo lejos. No sólo la
mancha desaparecía en las dos fotos del
guardia, sino que, cuando reaparecía en
la foto final, era de tamaño menor y
guardaba relación con el tamaño del
sacerdote. Como antes, era una especie
de halo, pero á diferencia de la mancha
que estropeaba la foto de la niñera, este
halo era de forma oblonga y estaba
suspendido por encima de la cabeza del
sujeto. La bruma que envolvía la cabeza
de la niñera era inerte y daba una
sensación de paz, pero la que observaba
sobre la cabeza del sacerdote era
dinámica, como si estuviera en
movimiento. Parecía una jabalina
fantasmal a punto de clavarlo en el
suelo.
Jennings tomó un cigarrillo de opio y
se sentó a pensar. Alguna vez había
leído que la emulsión de la película era
tan sensible al calor extremo como a la
luz. El artículo pertenecía a una revista
de fotografía y se refería a imágenes
fantasmales que aparecían en una
película tomada en una de las famosas
casas inglesas con fantasmas. El autor
del artículo, un experto en ciencia
fotográfica, había especulado acerca de
la relación del nitrato con el cambio de
temperatura, observando que en los
experimentos de laboratorio se había
comprobado que el calor intenso afecta
la emulsión de la película de la misma
manera que la luz. El calor es energía y
la energía es calor, de modo que si en
verdad las apariciones eran, como
decían algunos, energía humana residual,
entonces en circunstancias favorables
sus formas podían registrarse en la
película. Pero la energía a la que se
refería el artículo no tenía relación con
el cuerpo humano. ¿Cuál era el
significado de la energía que estaba
suspendida fuera de la forma humana?
¿Aparecía al azar o tenía algún
significado? ¿Tendría que ver con las
influencias externas o tal vez era el
producto de ansiedades que se
acumulaban dentro del cuerpo?
Se sabía que la ansiedad creaba
energía, siendo ése el principio del
polígrafo utilizado en las pruebas con el
detector de mentiras. Esa energía era de
naturaleza eléctrica. La electricidad era
también calor. Tal vez el calor generado
por la ansiedad extrema conseguía
atravesar la carne humana y entonces se
podía fotografiarlo en torno a personas
que se hallan en estado de gran stress.
Todo eso interesaba mucho a
Jennings y buscó entre sus fichas de
emulsión de película, encontrando el
número de orden de la película más
sensible a la luz que se fabricaba. —
Tri-X-600—, un nuevo producto tan
sensible que se podía fotografiar la
acción rápida, a la simple luz de una
vela. Probablemente, también fuese la
más sensible al calor.
A la mañana siguiente, Jennings
compró veinticuatro rollos de Tri-X-600
y una serie de filtros adecuados para
experimentar con la película al aire
libre. Los filtros tamizarían la luz, pero
posiblemente no el calor, y Jennings
tendría una mejor oportunidad de hallar
lo que estaba buscando. Necesitaba
encontrar individuos en estado de
tensión extrema y por lo tanto fue a un
hospital, donde fotografió secretamente
a los pacientes de la sala de
desahuciados, quienes sabían que iban a
morir. Los resultados fueron
decepcionantes porque en diez rollos
que tomó no apareció ni una sola
mancha. Era evidente que, fueran lo que
fuesen las manchas, no tenían nada que
ver con la conciencia de la muerte.
Jennings se sentía frustrado pero no
desalentado, porque instintivamente
sabía que se estaba acercando a algo.
Volvió al cuarto oscuro y realizó nuevas
copias de las fotos del sacerdote y de la
niñera, experimentando con diferentes
texturas de papel, ampliándolas para
hacer un minucioso examen de cada
grano. En las ampliaciones parecía
evidente que realmente había algo allí.
La simple vista no lo había notado, pero
el nitrato había respondido. En verdad,
había imágenes invisibles en el aire.
Todo esto ocupó su tiempo y sus
pensamientos por toda una semana. Al
cabo de ese tiempo, emergió para seguir
una vez más a Thorn.
El embajador había iniciado una
serie de conferencias y a Jennings le
resultó fácil seguirlo. Thorn se presentó
en universidades, en reuniones de
empresarios e incluso en una o dos
fábricas. El estilo del embajador era
elocuente, lleno de fervor, con lo que
conseguía granjearse la admiración de
su auditorio en todas partes. Si ése era
su fuerte, entonces contaba con la más
valiosa de las cualidades que un joven
político puede poseer. Conmovía a su
público, que creía en él, en especial la
clase trabajadora, los de menores
recursos, porque el embajador parecía
genuinamente interesado.
“¡Estamos divididos de tantas
maneras! —le oían exclamar—. Viejos y
jóvenes, ricos y pobres… pero, más
importante, ¡los que tienen
oportunidades y los que no las tienen!
La democracia es igualdad de
oportunidades. Y sin igualdad de
oportunidades, la palabra ‘democracia’
es una mentira.”
En tales ocasiones se acercaba
mucho al público y a menudo hacía
esfuerzos especiales para tomar contacto
con los incapacitados que detectaba
entre sus oyentes. Ofrecía la imagen de
un adalid y más importante que sus
talentos innatos era el hecho de que
podía hacer creer a la gente.
Pero, en verdad, el fervor al que la
gente respondía era el producto de la
desesperación. Thorn huía, utilizando
sus deberes públicos para evitar su
angustia personal, porque una creciente
sensación ominosa lo seguía a todas
partes. En dos oportunidades, había
divisado, entre la gente que se
congregaba para escucharlo, un familiar
traje negro de clérigo y Thorn empezó a
sentir que el pequeño sacerdote lo
estaba persiguiendo. Evitó comentar el
asunto porque temió que fuera producto
de su imaginación, pero llegó a
preocuparse. Escrutaba a su público
mientras hablaba, temiendo la aparición
del sacerdote. Había desechado las
palabras de Brennan. Obviamente, el
hombre era un loco, un fanático
religioso, obsesionado con una figura
pública. El hecho de que su obsesión
implicara al hijo de Thorn no podía ser
más que una mera coincidencia. Sin
embargo, las palabras del sacerdote lo
perseguían. Por absurdas que
parecieran, resonaban en la mente de
Thorn, y éste debía luchar continuamente
para restarles importancia.
Se le ocurrió que el sacerdote podía
ser un asesino en potencia, porque, en
los casos de Lee Harvey Oswald y
Arthur Bremmer, los asesinos habían
intentado establecer un contacto
personal del tipo que el sacerdote había
realizado. Pero también desechó esa
idea. Ya no podría mantener sus
compromisos si continuaba pensando en
el espectro de la muerte que lo
aguardaba entre las multitudes. Sin
embargo, el sacerdote se le aparecía en
las horas del día y en su sueño, hasta
que Thorn tomó conciencia de que
estaba tan obsesionado con el hombre
como el hombre lo estaba con él.
Brennan era el ave de presa, Thorn la
presa. Se sentía como un ratón de campo
debe sentirse temiendo que desde la
altura un halcón lo haya divisado.
En Pereford, la superficie aparecía
tranquila. Pero en la profundidad de los
sentimientos ocultos los fuegos de la
ansiedad ardían con fuerza. Thorn y
Katherine se veían poco, ya que las
conferencias de él y sus otras
ocupaciones lo mantenían alejado.
Cuando se encontraban tenían
conversaciones superficiales, evitando
todo lo que pudiera causar angustia.
Katherine pasaba más tiempo con
Damien, tal como lo había prometido,
pero ello sólo sirvió para acentuar la
distancia que los separaba. El niño
pasaba esas horas en silencio,
soportándolas antes que gozándolas,
hasta que volvía la señora Baylock.
Con su niñera, él podía reír y jugar,
pero con Katherine se mostraba retraído.
En su frustración, ella intentaba hallar,
día a día, nuevas maneras de sacarlo de
su caparazón. Le compró libros para
colorear y juegos de pinturas, bloques
para construir objetos y juguetes con
ruedas, pero el niño siempre los recibía
con la misma actitud apática. Una tarde
demostró interés por un libro de
animales para recortar. Entonces
Katherine decidió llevarlo al zoológico.
Mientras hacía preparar su
camioneta para la mañana siguiente, se
le ocurrió pensar en qué diferente era la
vida de ellos de la vida de la gente
común. Su hijo tenía cuatro años y
medio y nunca había estado en el
zoológico. Como familia del embajador,
todo lo recibían y rara vez tenían que
salir a buscar algo. Tal vez era esa falta
de aventuras infantiles normales lo que
había adormecido el sentido del humor
de Damien. Pero ese día había vida en
sus ojos y en cuanto se sentó a su lado
en el coche, Katherine comprendió que
había acertado por fin. Hasta
conversaba, no mucho, pero más que de
costumbre. Luchó por pronunciar la
palabra “hipopótamo” y rió cuando
consiguió articularla bien. ¡Qué poco se
necesitaba para hacer feliz a Katherine!
Una risita de su hijo conseguía
levantarle el ánimo. Mientras se dirigían
a la ciudad, ella habló todo el tiempo, y
Damien la escuchaba atentamente. Los
leones no eran más que gatos grandes y
los gorilas no eran más que monos
grandes. Las ardillas eran parientes de
las ratas y los caballos parientes de los
asnos. El niño estaba encantado y
absorbió toda la información, con la que
Katherine formó un poema que fue
repitiendo mientras viajaban. Los leones
son gatos y los gorilas monos y las
ardillas son ratas y los caballos asnos.
Lo dijo rápidamente y Damien rió; luego
lo repitió más rápidamente y el niño rió
más fuerte. Se convulsionaba de risa y
madre e hijo se divirtieron todo el
camino hasta el zoológico.
Cuando en Londres un domingo de
invierno amanece soleado, todo el
mundo trata de salir al aire libre. La
gente estaba en todas partes, tratando
ansiosamente de tomar aire fresco y sol.
Era un día excepcionalmente hermoso y
el zoológico estaba lleno de gente. Los
animales también parecían gozar del sol.
Sus gruñidos y aullidos se oían desde el
portón de entrada, donde Katherine
alquiló un cochecito para llevar a
Damien, sin que el paseo se viera
malogrado por la fatiga.
Se detuvieron primero ante los
cisnes y observaron a los hermosos
animales que se reunían en torno a un
grupo de niños que les daban pan.
Consiguieron adelantarse hasta
colocarse en primera fila, pero en ese
momento los cisnes parecieron
desinteresarse repentinamente del
alimento y giraron sus colas en actitud
majestuosa, alejándose con lentitud. En
la mitad del estanque se detuvieron,
mirando hacia atrás como desdeñosos
monarcas, mientras los niños trataban de
atraerlos y les arrojaban más pan. Pero
los cisnes no se dignaban volver a la
orilla a alimentarse. Katherine notó que
sólo cuando ella y Damien se marcharon
pareció volverles el apetito.
Estaba ya cercana la hora del
almuerzo y el público era cada vez más
numeroso. Katherine buscó alguna jaula
o pabellón que no estuviera rodeado por
el público. A la derecha había un cartel
que indicaba MARMOTAS y hacia allí
se dirigió, contándole a Damien todo lo
que sabía de esos animales, mientras se
acercaban. Vivían en madrigueras en el
desierto y eran muy sociables, le dijo;
en América, la gente, a menudo, los
capturaba y los criaba como a
animalitos domésticos. Cuando se
acercaron al lugar, Katherine vio que
también estaba rodeado de gente, que
miraba hacia una hondonada. Consiguió
acercarse al borde, pero sólo vio a los
animales un instante porque, en un
repentino movimiento, todos
desaparecieron en sus guaridas. Las
personas que estaban allí reunidas
manifestaron su decepción y empezaron
a dispersarse. Cuando Damien agachó la
cabeza para mirar, todo lo que había era
un montículo de suciedad lleno de
agujeros y el niño miró a su madre,
entristecido.
—Debe ser la hora del almuerzo
también para ellos —dijo Katherine,
encogiéndose de hombros.
Siguieron andando y se detuvieron a
comprar bocadillos de salchicha, que
comieron sentados en un banco.
—Iremos a ver los monos —dijo
Katherine—. ¿Quieres ir a ver los
monos?
El camino hacia la Casa de los
Monos estaba claramente delineado con
señales. Las siguieron y se acercaron a
una serie de jaulas. Los ojos de Damien
se iluminaron de entusiasmo cuando el
primer animal estuvo a la vista. Era un
oso que se paseaba mecánicamente de
uno a otro lado en su confinamiento,
ignorando a la gente que lo observaba
desde el otro lado de los barrotes. Pero
en cuanto Katherine y Damien se
acercaron, el oso pareció notarlos. Se
detuvo y los miró; y mientras ellos
fueron pasando frente a la jaula, su lomo
se encrespó. En la jaula contigua había
un gran gato que también dejó de
moverse. Sus ojos amarillos se clavaron
en ellos mientras pasaban. Luego había
un mandril, que de repente mostró los
dientes, distinguiéndolos visiblemente
de los muchos otros que pasaban.
Katherine empezó a percibir el efecto
que estaban causando sobre los animales
y los observó cuidadosamente cuando
pasaban frente a sus jaulas. Era a
Damien a quien estaban mirando.
Damien pareció sentirlo también.
—Supongo que piensan que eres un
encanto —sonrió Katherine—. Yo
también lo creo.
Ella lo alejó de las jaulas, tomando
otro sendero. Se oía el resonar de
alaridos y chirridos en un edificio
cercano y Katherine supo que estaban
cerca de los monos. Era el lugar más
popular de entre las exhibiciones bajo
techo y tuvieron que esperar en fila.
Katherine estacionó el cochecito y llevó
a Damien en sus brazos.
Adentro, la atmósfera era calurosa y
fétida. El bullicio de los gritos de los
niños hacía eco en las paredes y se
ampliaba por lo cerrado del recinto.
Desde su lugar junto a la puerta no
podían ver nada, pero Katherine supuso,
por la reacción de la gente, que los
monos estaban dando una de sus
representaciones en una jaula lejana.
Con Damien en los brazos, presionó
entre la gente, tratando de ver lo que
hacían los animales. Era una jaula de
monos aracnoides muy divertidos con su
actuación. Se balanceaban sobre
neumáticos y saltaban en todas las
direcciones, complaciendo con su
acrobacia al público. Damien estaba
entusiasmado y había empezado a reírse,
de modo que Katherine forzó su marcha
hacia delante, decidida a conseguir un
puesto de visión más cómodo para el
niño. Los monos no tenían en cuenta a su
público, pero cuando Katherine y
Damien se adelantaron pareció cambiar
el clima de la jaula. La regocijante
actividad se detuvo cuando uno por uno
los animales empezaron a girar, con sus
pequeños ojos como dardos, que
escudriñaban a la gente reunida.
También el público quedó silencioso,
sorprendido de que los animales se
hubieran aquietado, pero esperando con
sonrisas anticipadas que la acción se
reiniciara de pronto. Cuando eso ocurrió
fue de una manera que nadie esperaba.
Hubo un repentino aullido dentro de la
jaula, un quejido de temor o advertencia,
y a medida que se elevaba todos los
animales unieron sus voces. En una
oleada de desesperación, la jaula estalló
en movimiento, mientras los monos
saltaban frenéticamente de un lado a otro
tratando de salir. Apretujados hacia el
fondo de la jaula, se esforzaron por
romper la ventana cubierta por una
malla de alambre. Parecían sumidos en
el pánico, como si un animal de presa
hubiera invadido de pronto la jaula. En
su frenesí, se clavaban las uñas unos a
otros y la sangre empezaba a fluir,
mientras con dientes y garras buscaban
desesperadamente la forma de escapar.
El público quedó silencioso,
horrorizado, pero Damien se reía,
señalando la horrible escena y lanzando
gritos de gozo. Dentro de la jaula crecía
el pánico. Un gran mono se arrojó contra
el techo cubierto por alambres
entretejidos y quedó sujeto por el cuello,
con el cuerpo meciéndose hasta que se
aflojó. La gente gritaba de horror y
algunos se dirigían hacia las puertas,
pero sus gritos eran ahogados por los
gemidos de los animales. Éstos tenían
los ojos desorbitados y salivaban ahora,
impulsados por el terror a saltar de una
pared a la otra. Uno de ellos empezó a
arrojarse de cabeza contra el piso de
cemento; la sangre le cubría la cara,
hasta que vaciló y cayó entre
convulsiones, mientras los otros
saltaban alrededor y gemían de horror.
Ahora la gente empezaba a empujarse
para salir, presa de pánico. A pesar de
que la pisaban y la empujaban,
Katherine permanecía como congelada
en su lugar. Su hijo estaba riendo.
Señalando y riendo, como si de alguna
manera estuviese alentando aquel
alboroto suicida. De él estaban
asustados los animales. Él era quien
estaba promoviendo el episodio. Y a
medida que la degollina aumentaba,
Katherine comenzó a gritar.
6
Katherine volvió tarde esa noche al
hogar, con Damien, ya dormido, en el
automóvil. Después de su visita al
zoológico, se habían limitado a dar
vueltas con el coche. El niño
permaneció sentado, en silencio,
humillado y sin saber qué era lo que no
estaba bien. Trató de repetir el poema
una vez, el poema sobre gorilas, monos,
caballos y asnos, pero Katherine
permaneció en silencio, con la vista fija
hacia delante. Cuando se hizo de noche,
Damien manifestó que tenía hambre,
pero la madre se negó a responderle. El
niño consiguió pasarse al asiento
posterior, donde encontró una manta y se
quedó dormido.
Katherine conducía rápidamente,
pero sin rumbo fijo, tratando de escapar
al temor que la estaba invadiendo. No
era el temor a Damien, ni a la señora
Baylock. Era el temor de estar
volviéndose loca.
En Pereford, Robert la aguardaba,
esperando encontrarla de buen humor.
Había ordenado que se demorara la cena
hasta que llegara su esposa. Se sentaron
a una pequeña mesa y Thorn observaba
a Katherine, mientras ella trataba de
comer, silenciosa y tensa.
—¿Te sientes bien, Katherine?
—Sí.
—Tan callada.
—Un poco cansada, supongo.
—¿Tuvisteis un día muy activo?
—Sí.
El modo de ella era un tanto abrupto,
como si se resintiera ante la intrusión.
—¿Fue divertido?
—Sí.
—Pareces preocupada.
—¿Sí?
—¿Qué ocurre?
—¿Qué podría ocurrir?
—No sé. Pareces inquieta.
—Sólo cansada. Necesito dormir.
Ella fingió una sonrisa que resultó
poco convincente. Thorn se sentía
preocupado mientras la estudiaba.
—¿Damien está bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Estás segura?
—Sí.
Thorn la observó y ella desvió la
mirada.
—Si hubiese algo que no anduviera
bien… me lo dirías, ¿verdad? —
preguntó—. Quiero decir… con Damien.
—¿Con Damien? ¿Qué problema
podría haber con Damien, Robert? ¿Qué
problema podría haber con nuestro hijo?
Somos la gente “bendita”, ¿verdad?
Ella lo miró a los ojos y pareció
sonreír, pero la expresión no resultaba
placentera.
—Quiero decir que sólo el “bien”
llega a la Casa de los Thorn —dijo ella
—. Los nubarrones no se acercan.
—Ocurre algo, ¿verdad? —preguntó
Thorn con firmeza.
Katherine bajó la cabeza, que metió
entre sus manos, y quedó inmóvil.
—Kathy… —le dijo Thorn
suavemente—. ¿Qué ocurre?
—Creo… —replicó Katherine,
esforzándose por controlar su voz—.
Quiero ver a un médico. —Levantó la
cabeza y sus ojos demostraban dolor—.
Tengo… “temores” —dijo—. Temores
que una persona normal no debe tener.
—Kathy… —dijo Thorn en un
susurro—. ¿Qué clase de temores?
—Si te los comentara me harías
encerrar.
—No… —le aseguró él—. No…, te
amo.—
Entonces ayúdame —rogó ella—.
Búscame un médico.
Una lágrima se deslizaba de sus ojos
y Thorn le cogió las manos.
—Por supuesto —replicó—. Por
supuesto.
Katherine se echó a llorar. Los
sucesos de ese día quedaron encerrados
en ella para siempre.
Los psiquiatras no eran tan comunes
en Inglaterra como en Norteamérica y
Thorn tuvo algunas dificultades para
encontrar uno que le pareciera digno de
confianza. Era norteamericano, más
joven de lo que Thorn hubiese preferido.
Pero tenía una amplia experiencia y una
excelente reputación. Se llamaba
Charles Greer. Se había graduado en
Princeton y había estado, como interno,
en Bellevue. Parecía particularmente
adecuado porque había vivido durante
algún tiempo en Georgetown y había
tratado a las esposas de varios
senadores.
—El problema común entre las
esposas de los políticos es el
alcoholismo —le dijo Greer a Thorn,
sentado frente a él en el consultorio del
psiquiatra—. Creo que es la sensación
de aislamiento. El sentimiento de
insuficiencia. Temen no tener una
identidad propia.
—Usted comprenderá la necesidad
de discreción —dijo Thorn.
—Eso es todo lo que tengo para
ofrecer —sonrió el psiquiatra—. La
gente confía en mí y, francamente, eso es
todo lo que puedo brindarles. No tratan
sus problemas con otras personas
porque temen que sus confidencias se
revuelvan para perseguirlos. Yo soy
seguro. No puedo prometer mucho, pero
eso sí puedo prometerlo.
—¿Le digo a ella que lo llame?
—Sólo dele mi número. No le diga
que me llame.
—No es que ella no lo desee. Mi
esposa misma me lo pidió…
—Bien.
Cuando Thorn se incorporaba,
incómodo, el joven doctor le sonrió.
—¿Me va a llamar después de verla
a ella? —preguntó Thorn.
—Lo dudo —respondió Greer,
simplemente.
—Es decir… si tiene que
comentarme algo.
—Lo que tenga que decir se lo diré a
ella.
—En fin, si le preocupa su estado…
—¿Es del tipo suicida?
—No.
—Entonces no me preocupará su
estado. Estoy seguro de que no es tan
grave como usted piensa.
Tranquilizado, Thorn se encaminó
hacia la puerta.
—¿Señor Thorn?
—¿Sí?
—¿Por qué vino hoy aquí?
—Para verlo.
—¿Por qué razón?
Thorn se encogió de hombros.
—Para conocerlo personalmente,
supongo.
—¿Había algo en particular que
quería decirme?
Thorn encogió los hombros. Después
de pensar un instante sacudió la cabeza.
—¿Quiere sugerir que yo podría
desear ver a un psiquiatra?
—¿Es así?
—¿Doy la impresión de necesitarlo?
—¿Y yo? —preguntó el psiquiatra.
—No.
—Pues bien, yo tengo el mío —
sonrió Greer—. Con mi profesión, sería
peligroso que no lo tuviera.
La conversación con el psiquiatra
fue inquietante y después de regresar a
su despacho, Thorn estuvo pensando en
ella todo el día. Cuando estaba con
Greer había sentido la necesidad de
hablar, de contarle las cosas que hasta
ese momento no había confiado a nadie.
¿Pero de qué podía servir hacerlo? El
engaño era algo con lo que él tenía que
vivir, un hecho de vida. Sin embargo,
deseaba que hubiera también alguien
más que lo supiera todo.
El día pasó lentamente y Thorn
intentó preparar un discurso importante.
Debía pronunciarlo la tarde siguiente
ante un grupo de destacados hombres de
negocios y era probable que entre ellos
estuvieran los representantes de los
intereses petroleros árabes. Thorn
deseaba que fuese un discurso especial,
un alegato por el pacifismo. Era el
eterno conflicto sobre Israel lo que
estaba acrecentando la separación entre
los Estados Unidos y el bloque árabe.
Thorn sabía que las hostilidades árabeisraelíes
eran de naturaleza histórica y
tenían raíces en las Sagradas Escrituras.
Por esa razón buscó la Biblia, no uno
sino tres ejemplares, tratando de ampliar
su entendimiento con la sabiduría
milenaria. En verdad, había otra razón
de carácter más práctico: no había un
solo público del mundo que no se
sintiera impresionado ante las citas de
las Sagradas Escrituras.
Se encerró el resto de la tarde y
pidió que le llevaran un refrigerio
mientras estudiaba. Luego, como halló
dificultad para localizar pasajes
significativos, envió un mensajero a
buscar una bibliografía y un texto
interpretativo. Entonces le resultó más
fácil, porque pudo dirigirse
directamente a los pasajes relevantes y,
en muchos casos, hallar una visión
teológica de su significado.
Era la primera vez que Thorn pasaba
la vista por las hojas de la Biblia, desde
que era niño. La encontró fascinante, en
particular a la luz de la incesante
violencia reinante en el Medio Oriente.
Descubrió que fue el judío Abraham a
quien Dios prometió que su pueblo
heredaría la Tierra Santa.
Te multiplicaré y haré de ti
una nación grande. A tu
descendencia daré esta tierra
para que la posean para
siempre.
La tierra que Dios había dado a los
judíos estaba claramente precisada en el
Génesis y en el libro de Josué y era la
que se extendía desde el Nilo hasta el
Líbano y el Éufrates. Thorn miró su atlas
y vio que el Estado de Israel ocupaba en
la actualidad sólo la angosta franja entre
el Jordán y el Mediterráneo. Sólo una
pequeña parte de lo que aparentemente
Dios había prometido. ¿Era posible que
el impulso expansivo de Israel se
debiera a ello? El interés de Thorn se
acentuó y siguió estudiando. Si Dios
hacía tal promesa, ¿por qué Dios no
podía cumplirla?
Si cumplís Mi pacto seréis
para Mí un reino de sacerdotes
y una Nación Santa.
Tal vez ésa era la clave. Los judíos
no habían observado el pacto del Señor.
Se creía, entonces, que los judíos habían
matado a Cristo. El Deuteronomio lo
confirmaba, porque después de la
muerte de Cristo se dijo a los judíos:
El Señor os dispersará entre
los pueblos y vosotros
quedaréis pocos en número
entre las Naciones a las que el
Señor os lleve. Seréis hechos
prisioneros por todas las
Naciones y Jerusalén será
pisoteada por los Gentiles,
hasta que se cumpla el tiempo
de los Gentiles.
Esto se reiteraba en el libro de
Lucas, donde la palabra “gentiles”
estaba reemplazada por la palabra
“naciones”. Seréis pisoteados hasta que
se cumpla el tiempo de las naciones.
Esto profetizaba claramente que los
judíos serían perseguidos a lo largo de
la Historia. Luego la persecución
terminaría. Pero ¿cuál era el tiempo de
las naciones, el tiempo en que la
persecución cesaría?
Volviendo a los textos
interpretativos, Thorn halló evidencias
de la ira de Dios. Era un detalle
histórico de la persecución que se
iniciaba cuando los judíos fueron
expulsados de Israel por el rey Salomón,
y luego asesinados por los cruzados,
mientras huían. En el año 1000 se había
comprobado el asesinato de doce mil
judíos, y luego, en el año 1200, todos
los que habían buscado refugio en
Inglaterra fueron expulsados o
ahorcados. En el año 1298, cien mil
judíos fueron matados en Franconia,
Baviera y Austria. En setiembre de
1306, otros cien mil fueron expulsados
de Francia, bajo amenaza de muerte. En
1348, los judíos fueron acusados de
causar una epidemia mundial de peste
negra y más de un millón fueron
perseguidos y asesinados en todo el
Globo. En agosto de 1492, en la misma
época en que Colón ganaba gloria para
su país, descubriendo el Nuevo Mundo,
la Inquisición Española expulsaba a
medio millón de judíos y daba muerte a
otro medio millón. El triste balance
continuaba hasta la época de Hitler, que
aniquiló a más de seis millones de
judíos, dejando sólo once millones, sin
hogar y sumidos en la pobreza, en toda
la superficie del Globo. ¿Podía
sorprender el empeño con que ahora
luchaban por su refugio, por un país al
que podían considerar propio? ¿Era
extraño que emprendieran cada ofensiva
como si fuera la última de sus vidas?
Haré de ti una gran Nación,
había prometido Dios. Y te
bendeciré y haré grande tu
nombre; así, sé tú una
bendición… y todas las familias
de la Tierra benditas en ti.
Thorn volvió una vez más a los
textos interpretativos y descubrió que en
la promesa de Dios a Abraham había
tres factores separados e igualmente
importantes. El regalo de un país, Israel.
La seguridad de que Abraham y sus
descendientes se convertirían en una
gran nación. Y finalmente, por encima
de todo, la “bendición”. La llegada del
Salvador. El regreso de los judíos a
Sión estaba vinculado con la segunda
venida de Cristo y, si eso era exacto, el
tiempo estaba próximo. No había
evidencias en cuanto al modo o el
momento en que esa venida se
produciría. Las profecías estaban
envueltas en leyendas y símbolos
religiosos. ¿Podía estar ya Cristo en la
Tierra? ¿Habría vuelto a nacer de una
mujer y caminaba ahora entre nosotros?
Especulador instintivo, la mente de
Thorn consideraba las posibilidades. De
estar Cristo en la Tierra ahora, no iría
vestido, como antaño, con las ropas de
la época. Nada de mantos ni coronas de
espinas, sino con pantalones de fibra tal
vez, e incluso con chaqueta y corbata.
¿Habría nacido ya? En ese caso, ¿por
qué permanecía en silencio? Por cierto,
el mundo atravesaba un momento de
enorme perturbación.
Thorn se llevó esos pensamientos, y
también los libros, a su casa. Cuando
Katherine se retiró y la casa quedó
oscura y silenciosa, Thorn abrió los
libros en su estudio y volvió a
reflexionar. Era el regreso de Cristo lo
que ponía en juego su imaginación y
buscó los pasajes pertinentes del texto.
Le resultó enormemente complicado
porque en el Apocalipsis se profetizaba
que cuando Cristo volviera a la Tierra
debería enfrentarse a su antítesis. El
Anticristo. El Hijo del Mal. Y la Tierra
se partiría en pedazos en la batalla final
entre el Cielo y el Infierno. Sería
Armagedón. El Apocalipsis. El fin del
mundo.
Desde el silencio de su estudio,
Thorn oyó un sonido que llegaba de la
parte superior de la casa. Era un
gemido. Se oyó dos veces y luego cesó.
Salió del estudio y subió
silenciosamente las escaleras, para
mirar en el cuarto de Katherine. Estaba
dormida pero inquieta, con el rostro
bañado en sudor. La estuvo observando
hasta que sus movimientos cesaron y su
respiración se tornó regular. Entonces se
retiró, dirigiéndose hacia las escaleras.
Mientras caminaba por el oscuro hall
pasó frente al cuarto de la señora
Baylock y notó que la puerta estaba
entreabierta. La pesada mujer estaba
dormida de espaldas, una montaña de
carne iluminada por la luz de la luna que
entraba por la ventana. Thorn se
disponía a seguir su camino, pero se
detuvo, sorprendido por el rostro de la
mujer. Aparecía empolvado con un
desagradable color blanco. Sus labios
estaban llamativamente pintados de un
rojo que parecía aplicado en un estado
de inconsciencia alcohólica. Era una
visión escalofriante y Thorn se sintió
sobrecogido. Debió hacer un esfuerzo
para sobreponerse. No tenía sentido: en
la intimidad de su cuarto, la mujer se
había pintado como una ramera.
Cerrando la puerta, Thorn volvió al
piso inferior y se sentó frente a los
libros. Estaba preocupado ahora,
incapaz de concentrarse, mientras sus
ojos vagaban sobre las páginas abiertas.
La pequeña Biblia de King James
estaba abierta en el libro de Daniel y
Thorn la miró en silencio.
… Se levantará un rey altivo
de rostro y entendido en
enigmas. Y su poder se
fortalecerá, mas no con fuerza
propia; y causará grandes
ruinas y prosperará y obrará
arbitrariamente y destruirá a
los fuertes y al pueblo de los
santos. Con su sagacidad hará
prosperar el engaño en su mano
y en su corazón; se
engrandecerá y, sin aviso,
destruirá a muchos; y se
levantará contra el Príncipe de
los príncipes, pero será
vencido…
Thorn buscó en su escritorio y
encontró un cigarrillo. Luego se sirvió
un vaso de vino. Se paseó por el cuarto,
obligando a su mente a concentrarse en
la investigación, para librarse del
desasosiego que le causaba lo que había
visto arriba. Cuando los judíos
volvieran a Sión, Cristo volvería a
nacer. Y cuando Cristo naciera, también
nacería el Anticristo y ambos crecerían
separados hasta el enfrentamiento final.
Thorn se paró frente a sus libros y se
puso a hojearlos.
He aquí el día del Señor, un
día cruel, un día de ira y de
ardiente furia que reducirá la
Tierra a la soledad… y hará
que los hombres sean más
escasos que el oro fino… más
escasos que el oro de Ofir.
Luego, en el libro de Zacarías:
Trabará cada uno de la
mano a su compañero y
levantará su mano contra la
mano de su compañero.
Thorn volvió a sentarse, estremecido
por la violencia que predecían las
profecías.
Y ésta será la plaga con que
herirá el Señor a todos los
pueblos que pelearon contra
Jerusalén: la carne de ellos se
corromperá estando ellos
todavía sobre sus pies y se
consumirán en sus cuencas los
ojos, y la lengua se les deshará
en la boca.
Thorn sabía que las corrientes del
mundo se estaban volviendo contra
Israel. Los árabes, con su petróleo, eran
demasiado poderosos como para que
alguien se les opusiera. Si la ira de Dios
debía volverse contra las naciones que
hacían la guerra a Jerusalén, ésta se
hallaba destinada a volverse contra
todas. En las profecías, Armagedón, la
batalla final, tendría lugar en el campo
de los israelitas, con Jesús de pie en un
lado, en el Monte de los Olivos, y el
Anticristo en el otro.
¡Ay de vosotros, Tierras y
Mares! Porque Satán envía a la
bestia enfurecida, porque sabe
que el tiempo es breve… Aquel
que tenga inteligencia calcule
el número de la bestia, pues es
número de hombre. Y su número
es el seiscientos sesenta y seis.
Armagedón. El fin del mundo. La
batalla por Israel.
El Señor saldrá… y se
afirmarán sus pies, en aquel día
sobre el Monte de los Olivos,
que está enfrente de Jerusalén
al Oriente… y vendrá el Señor y
con él todos los santos.
Thorn cerró sus libros y apagó la
lámpara del escritorio. Se quedó
sentado, por un largo rato, en silencio.
Se preguntaba qué eran esos libros,
quién los habría escrito y por qué
habrían sido escritos. Y también por qué
creía en ellos y, al mismo tiempo, los
rechazaba. Creer en ellos tornaba vanos
todos los esfuerzos del hombre. ¿Es que
los hombres no eran más que
instrumentos de las fuerzas superiores
del Bien y del Mal? ¿Eran títeres a los
que se manipulaba desde arriba y desde
abajo? ¿Podría existir realmente un
Cielo? ¿Podría existir un Infierno?
Comprendió que ésas eran las preguntas
propias de un adolescente, pero no
podía dejar de planteárselas. En los
últimos tiempos había sentido la
sensación de poderes que escapaban a
su control. No poderes casuales sino
bien definidos. Eran sensaciones que le
hacían sentir débil e inestable. Y más
que eso, desvalido. En el fondo, eso era
lo que significaba todo: que era un
desvalido. Todos los hombres son
desvalidos. No pedían nacer ni pedían
morir. Se les obligaba. Pero ¿por qué,
entre ambos extremos, debía haber tanto
dolor? Tal vez la Humanidad era más
interesante de esa manera. Tal vez
proporcionaba diversión.
Thorn se tendió en el sofá y durmió.
Sus sueños estuvieron colmados de
temor. Se vio a sí mismo vestido como
una mujer, aunque sabía que era un
hombre. Estaba en una calle atestada de
gente y se acercaba a un policía,
tratando de explicarle que estaba
perdido y atemorizado. El policía se
negaba a escucharlo y, en cambio,
empezaba a dirigir el tránsito alrededor
de Thorn, hasta que los vehículos
pasaban tan cerca que podía sentir las
corrientes de aire que causaban. Las
corrientes aumentaron de intensidad a
medida que el tránsito se aceleró, y
Thorn sintió como si estuviese en medio
de un ventarrón. Tan fuerte era el viento,
que no podía respirar y se sofocaba,
mientras se aferraba al policía, que se
negaba a tener en cuenta que él estaba
allí. Gritó pidiendo ayuda, pero nadie
podía oírlo, ya que sus gritos se perdían
en el aullido del viento. De pronto, un
automóvil negro se lanzó hacia él y
Thorn luchó para ponerse fuera de su
alcance, pero el viento lo presionaba
desde todas partes y lo mantenía fijo en
su sitio. Cuando el vehículo se fue
acercando, pudo ver el rostro del
conductor. No tenía rasgos pero emitía
una risa, y donde debía estar la boca, la
carne se rasgaba y brotaba sangre en el
momento en que el coche se acercó más.
En el instante del contacto, Thorn se
despertó. Su respiración era anhelante y
estaba bañado en sudor. Lentamente, el
sueño se fue desvaneciendo y Thorn
quedó inmóvil. Amanecía y la casa
estaba en silencio. Debió reprimir el
impulso de llorar.
7
El discurso de Thorn a los hombres
de negocios tuvo lugar en el Hotel
Mayfair. Hacia las siete de la tarde, la
sala para congresos del hotel estaba
colmada. Thorn había dicho a sus
ayudantes que deseaba se hiciera alguna
publicidad al asunto, de modo que ellos
enviaron una gacetilla a los periódicos
de la tarde, y fue tanta la gente que
acudió que muchos no pudieron entrar.
Estuvieron no sólo los invitados
especiales sino muchísimos periodistas,
e incluso un grupo de gentes de la calle
a las que se permitió escuchar la
conferencia, de pie, al extremo del
salón. El Partido Comunista se
interesaba por Thorn y en dos ocasiones
había enviado representantes a
molestarlo e interrumpirlo cuando el
embajador habló al aire libre. Thorn
esperaba que n
no se presentasen esa
noche.
Cuando se acercaba al escritorio
desde donde pronunciaría su discurso,
Thorn notó que entre un pequeño grupo
de fotógrafos estaba agazapado aquel
cuya cámara él mismo, en persona, había
roto frente a la embajada. El fotógrafo le
sonrió, mostrándole en alto una nueva
cámara. Thorn le devolvió la sonrisa y
apreció el gesto conciliador. Luego
esperó a que el público guardase
silencio e inició su alocución. Habló de
la estructura económica mundial y de la
importancia del Mercado Común. En
toda sociedad, dijo, incluso las
prehistóricas, el mercado era el
territorio común, el igualador de la
riqueza, el crisol de distintas culturas.
Cuando uno necesita comprar y el otro
necesita vender, se tiene los
componentes básicos de la paz. Cuando
uno necesita comprar y el otro se niega
a vender, se ha dado el primer paso
hacia la guerra. Habló de la comunidad
de los hombres, de la necesidad de
reconocer que somos hermanos y
compartimos una tierra cuyos recursos
fueron destinados a todos.
—Estamos todos juntos atrapados en
la red de la vida y el tiempo —dijo,
citando a Henry Beston—. Somos todos
prisioneros del esplendor y del dolor de
la tierra.
Era un discurso sugerente y el
auditorio bebía cada palabra. Thorn se
refirió a los problemas políticos y su
relación con la economía, reconociendo
los rostros de los árabes entre el
público y dirigiéndose directamente a
ellos.—Podemos entender bien la relación
de los disturbios con la pobreza —dijo
—, pero también debemos tener en
cuenta que algunas civilizaciones han
sido destruidas por causas derivadas del
exceso de lujo.
Thorn estaba ya muy enfervorizado
con sus propias palabras. Desde su
posición a la altura de los pies del
orador, el fotógrafo Jennings enfocó su
rostro y empezó a tomar fotos.
—Es una verdad triste e irónica —
continuó Thorn—, que se remonta a los
tiempos del rey Salomón en Egipto, el
hecho de que aquellos nacidos en la
riqueza y la posición…
—¡Algo de eso debe saber usted! —
gritó una voz desde la parte posterior
del salón.
Thorn se detuvo, mirando hacia la
oscuridad del auditorio, con ojos
entrecerrados. La voz no se volvió a oír
y Thorn continuó.
—… que data de los tiempos de los
faraones en Egipto, decía, que
encontramos que los que nacen en la
riqueza y la posición…
—¡Cuéntenos cómo es eso! —volvió
a gritar la misma voz. Esta vez se
percibió una actitud de fastidio en el
auditorio. Thorn se esforzó por ver. Se
trataba de un estudiante de barba,
vestido con un blue jean, probablemente
de la facción comunista—. ¿Qué sabe
usted de la pobreza, Thorn? —se mofó
—. ¡Usted no tendrá necesidad jamás de
trabajar un solo día de su vida!
El público siseó para expresar su
resentimiento hacia el joven. Algunos lo
insultaban, pero Thorn levantó las
manos para pedir calma.
—El joven tiene algo que decir.
Oigámoslo.
El joven se adelantó y Thorn esperó
que continuara hablando. Lo dejaría
vociferar hasta que se hartara.
—Si le preocupa tanto compartir la
riqueza, ¿por qué no comparte la suya?
—gritó el muchacho—. ¿Cuántos
millones tiene? ¿Sabe cuánta gente se
está muriendo de hambre? ¿Sabe lo que
se podría hacer con el cambio que lleva
en los bolsillos? ¡Con lo que le paga a
su chófer podría alimentar a una familia
de la India durante un mes! ¡Con la
hierba que hay en el prado del frente de
su casa podría alimentar a la mitad de la
población de Bangladesh! ¡Con el
dinero que tira en las fiestas para su hijo
podría fundar una clínica en el extremo
sur de Londres! Si es que va a alentar a
la gente a dar su riqueza, ¡veamos un
ejemplo! ¡No esté ahí con su traje de
cuatrocientos dólares, para decirnos qué
es la pobreza!
El ataque era apasionado.
Obviamente, el muchacho se había
lucido. Del público llegó el sonido de
un débil aplauso y fue el turno de Thorn
para contestar.
—¿Ha terminado? —preguntó
Thorn.
—¿Cuánto dinero tiene usted,
Thorn? —gritó el joven—. ¿Tanto como
Rockefeller?
—Ni me acerco.
—Cuando Rockefeller fue nombrado
vicepresidente, los periódicos
mencionaron su renta como de poco más
de trescientos millones. ¿Sabe cuánto
era el poco más? ¡Treinta y tres
millones! ¡Ni valía la pena contarlo!
¡Ése era su dinero suelto, mientras la
mitad de la población mundial moría de
hambre! ¿No hay algo obsceno en eso?
¿Es que alguien necesita tanto dinero?
—Yo no soy el señor Rockefeller.
—¡Demonio, si llega a serlo!
—¿Me quiere dejar contestar, por
favor?
—¡Un niño! ¡Un niño que sufre de
hambre! ¡Haga algo por un solo niño que
sufre de hambre! ¡Entonces
empezaremos a creerle! ¡Sólo llegue con
la mano, no con palabras, con la mano, a
un niño que sufre de hambre!
—Tal vez ya lo he hecho —replicó
Thorn en tono tranquilo.
—¿Dónde está ese niño? —preguntó
el muchacho—. ¿Quién es el niño? ¿A
quién ha salvado, Thorn? ¿A quién está
tratando de salvar?
—Algunos de nosotros tenemos
responsabilidades más grandes que la de
salvar a un niño que muere de hambre.
—Usted no podrá salvar al mundo,
Thorn, hasta que se acerque a ese primer
niño que sufre de hambre.
El público estaba ahora de parte del
joven. La reacción a sus últimas
palabras fue un fuerte aplauso
inmediato.
—Estoy en desventaja con usted —
dijo Thorn en tono sosegado—. Usted
está en la oscuridad lanzándome
invectivas…
—¡Qué enciendan las luces,
entonces, y gritaré más fuerte!
El público se echó a reír y las luces
de la sala empezaron a encenderse. Los
periodistas y los fotógrafos se
incorporaron rápidamente, dirigiendo su
atención a la parte posterior del
auditorio. Jennings, el fotógrafo, se
maldijo por no tener un teleobjetivo y
enfocó a varias cabezas entre las que se
encontraba el airado joven.
En el estrado, Thorn estaba sereno,
pero cuando las luces se encendieron
por completo su ánimo cambió
repentinamente. Sus ojos no estaban
puestos en el joven sino en otra figura
oculta entre las sombras a alguna
distancia de aquél. Era la figura de un
sacerdote de baja estatura, con un bonete
apretado con fuerza en la mano. Era
Brennan. Aunque Thorn no pudiera ver
sus rasgos, sabía que era él y eso lo
dejaba inmóvil.
—¿Qué ocurre, Thorn? —le desafió
el joven—. ¿No tiene nada que decir?
La energía de Thorn había
desaparecido repentinamente. Una
oleada de terror se abatía sobre él, que
quedó mudo mientras miraba fijamente
hacia las sombras. Desde su lugar,
Jennings dirigió su cámara en el sentido
de la atemorizada mirada de Thorn y
tomó una serie de fotos.
—¡Vamos, Thorn! —insistió el
joven—. Ahora me puede ver, ¿qué tiene
que decir?
—Creo… —dijo Thorn con voz
vacilante—, que sus palabras tienen
sentido. Todos deberíamos compartir
nuestra fortuna. Trataré de hacer más.
El joven quedó desconcertado. Otro
tanto ocurrió con el público. Alguien
pidió que se apagaran las luces y Thorn
volvió a situarse tras el escritorio. Tuvo
que esforzarse para poder recobrar el
hilo y entonces volvió a mirar hacia la
oscuridad. En un distante haz de luz vio
las vestiduras del que lo estaba
persiguiendo.
Esa noche, Jennings había vuelto
tarde a su apartamento y había puesto las
películas en el revelador. Como de
costumbre, el embajador había
conseguido impresionarlo e intrigarlo.
Jennings podía detectar el miedo con
tanta facilidad como una rata huele el
queso y era miedo lo que había visto a
través del visor de su cámara. No era un
miedo cuyo origen estuviese en otra
parte, porque era evidente que Thorn
había visto algo o a alguien en la
oscuridad del auditorio. La luz había
sido escasa y el ángulo de la cámara
amplio, pero Jennings había enfocado en
la dirección de la mirada del embajador
y esperaba descubrir algo cuando la
película estuviera revelada. Mientras
esperaba, se dio cuenta de que tenía
hambre y abrió una bolsa de comestibles
que había comprado cuando regresaba
del hotel. Había elegido un pollito asado
y una gran botella de gaseosa, que
colocó en la mesa, ante sí, para darse
una fiesta. El pollo estaba entero, salvo
la cabeza y las patas. Jennings lo ensartó
en el cuello de la botella de gaseosa, de
modo que el pollo parecía sentado y lo
miraba, sin cabeza, a través de la mesa.
Fue un error porque entonces no quiso
ya comerlo y se limitó a sacudir un poco
las alitas asadas, mientras emitía un
cloqueo, como si el ave estuviese
conversando con él. Abrió una lata de
sardinas y comió, en silencio, frente a su
mudo invitado.
El contador de tiempo emitió un
sonido y Jennings fue hacia el cuarto
oscuro. Utilizó pinzas para sacar las
pruebas de los baños de ácido. Lo que
vio le produjo gran júbilo y aulló de
alegría. Encendió una luz potente y
colocó la hoja bajo una lente de
aumento. El fotógrafo fue revisando las
fotos, mientras movía la cabeza con
deleite. Era una serie de fotos tomadas
en la parte posterior de la sala. Si bien
ni un solo rostro o cuerpo podía verse
claramente en la oscuridad, allí estaba
el apéndice en forma de jabalina,
destacándose como una bocanada de
humo gris.
—¡Carajo! —murmuró Jennings
cuando su vista reparó en otra cosa.
Era un hombre grueso que fumaba un
cigarro. El apéndice podía ser realmente
humo. Buscando entre sus negativos,
separó los tres en cuestión y los puso en
la ampliadora, esperando unos
angustiosos quince minutos, hasta que
las copias estuvieron listas. No, no era
humo. El color y la textura eran
diferentes y también lo era la distancia
con respecto a la cámara. De ser humo
de cigarro, el hombre grueso habría
debido echar una gran cantidad para
crear tal nube. Habría molestado a las
personas que lo rodeaban y éstas
aparecían completamente indiferentes al
hombre que fumaba y miraban hacia el
frente, tranquilas. El apéndice fantasmal
parecía estar suspendido más atrás en el
auditorio, tal vez contra la pared más
apartada. Jennings colocó la ampliación
bajo su lente de aumento y la estudió
cuidadosamente. Debajo de la mancha
vio el borde de las vestiduras
sacerdotales. Levantó sus brazos y
emitió un grito de guerra. Se trataba,
otra vez, del pequeño sacerdote. Sin
duda, de alguna manera tenía que ver
con Thorn.
—¡Mierda! —gritó—. ¡Buen
descubrimiento!
Para celebrarlo volvió a la mesa,
donde arrancó las alas a su silencioso
compañero y las devoró hasta los
huesos.
—¡Voy a encontrar a ese tipejo! —
rió—. ¡Lo voy a perseguir hasta que lo
encuentre!
A la mañana siguiente recortó una
foto del sacerdote, la que le había
tomado con el guardia marina, en las
escaleras de la embajada. La llevó en un
recorrido por varias iglesias y
finalmente a las oficinas regionales de la
Parroquia de Londres. Pero nadie
reconocía al individuo que aparecía en
la foto. Le aseguraban que, de
pertenecer el sacerdote al área, lo
habrían conocido. No era de la ciudad.
La tarea se tornaba más difícil.
Siguiendo un impulso, Jennings fue a
Scotland Yard y consiguió acceder a los
álbumes de fotos de criminales. Pero no
obtuvo ningún resultado y pensó que
sólo quedaba una cosa por hacer. La
primera vez que lo había visto, el
sacerdote salía de la embajada. Tal vez
alguien de allí lo conociera.
Era difícil entrar en la embajada.
Los agentes de seguridad controlaban
las credenciales y las citas y no
permitieron a Jennings trasponer la mesa
de entrada.
—Quisiera ver al embajador —
explicó Jennings—. Él me dijo que me
indemnizaría por una cámara.
Llamaron al piso superior y, para
sorpresa de Jennings, le indicaron que
se acercara a un teléfono del corredor,
al que lo llamarían desde el despacho
del embajador. Jennings hizo lo que se
le dijo y un instante después estaba
hablando con la secretaria de Thorn, que
quería saber cuál era la suma y a qué
dirección se debía enviar el cheque.
—Querría explicárselo
personalmente —dijo Jennings—, para
mostrarle dónde va a parar su dinero.
Ella respondió que eso sería
imposible porque el embajador estaba
en una reunión. Entonces Jennings
decidió jugárselo todo a una carta.
—Para decir la verdad, pensé que él
podría ayudarme en un problema
personal. Tal vez usted pueda hacerlo.
Estoy buscando a un sacerdote. Es un
pariente. Sé que ha realizado algunos
trámites en la embajada y pensé que tal
vez alguien de aquí lo había visto y
podía ayudarme.
Era una extraña petición y la
secretaria se mostró reacia a contestar.
—Es un tipo muy bajito —agregó
Jennings.
—¿Es italiano? —preguntó la
secretaria.
—Creo que pasó algún tiempo en
Italia —replicó Jennings, inventando
para ver si conseguía algún resultado.
—¿Su nombre sería Brennan? —
preguntó la mujer.
—Bien, en realidad, no estoy seguro.
Vea, en verdad, estoy tratando de
encontrar a un pariente perdido. El
hermano de mi madre se separó de ella
cuando eran niños y cambió su apellido.
Mi madre está moribunda y desea
encontrarlo. No sabemos cuál es ahora
su apellido, sólo tenemos una vaga
descripción suya. Sabemos que es
pequeño como mi madre, y también que
se hizo sacerdote. Un amigo mío vio a
un sacerdote que salía de la embajada,
hace como una semana, y dijo que se
parecía a mi madre.
—Estuvo un sacerdote aquí —dijo
la secretaria—. Dijo que venía de Roma
y creo que su nombre era Brennan.
—¿Sabe dónde vive?
—No.
—¿Tuvo algo que ver con el
embajador?
—Creo que sí.
—Tal vez el embajador sepa dónde
vive.—
No sé, no creo.
—¿Sería posible preguntarle?
—Supongo que sí.
—¿Cuándo puede ser?
—No sé, más tarde.
—Mi madre está muy enferma. Se
halla ahora en el hospital y me temo que
quede poco tiempo.
En el despacho de Thorn sonó el
intercomunicador. La voz de la
secretaria le preguntaba si sabía cómo
ponerse en contacto con el sacerdote que
había estado a verlo hacía dos semanas.
Thorn interrumpió el trabajo, sintiendo
que su sangre se helaba.
—¿Quién pregunta?
—Un hombre que dice que usted le
rompió una cámara. El sacerdote es un
pariente suyo, o cree que lo es.
Después de un momento de pausa,
Thorn dijo:
—¿Quiere pedirle que suba, por
favor?
Jennings no tuvo problemas para
encontrar el despacho del embajador.
De estilo moderno, era manifiestamente
la oficina del hombre que tenía a su
cargo la embajada. Se encontraba en el
extremo de un largo corredor adornado
con los retratos de todos los
embajadores norteamericanos en
Londres. Mientras Jennings pasaba ante
los retratos, le llamó la atención el
hecho de que John Quincy Adams y
James Monroe habían ocupado ese
cargo antes de convertirse en
presidentes de la nación. Tal vez, era un
buen trampolín. Tal vez, Thorn
estuviera destinado también a la
grandeza.
—Adelante —le sonrió Thorn—.
Tome asiento.
—Lamento molestarlo así…
—Nada de eso.
El embajador le indicó con un gesto
que se acercara. El fotógrafo entró y
tomó una silla. En todos sus años de
persecuciones era la primera vez que
lograba un contacto personal con su
presa. Le resultó fácil acceder, pero
ahora se sentía turbado, con el corazón
que marchaba al galope y las rodillas
poco firmes. Había recordado sentirse
así la primera vez que reveló una foto.
La excitación era tan grande que
resultaba casi de naturaleza sexual.
—Tenía ganas de disculparme por
esa cámara —dijo Thorn.
—Era vieja, de todos modos.
—Deseo indemnizarlo.
—No, no…
—Me gustaría. Me gustaría
compensarle la pérdida.
Jennings se encogió de hombros y
aceptó con un movimiento de cabeza.
—¿Por qué no me dice simplemente
cuál es la mejor clase de cámara, así
puedo ordenar a alguien que se la
compre?
—Bueno, es muy generoso…
—Dígame simplemente cuál es la
mejor.
—Es una cámara alemana. Pentaflex.
Trescientos.
—Perfecto. Dígale a mi secretaria
dónde podemos encontrarle a usted.
Jennings volvió a afirmar con la
cabeza y los dos hombres se miraron en
silencio. Thorn lo estaba estudiando,
midiendo. Consideraba todo, desde los
calcetines, que no eran idénticos, hasta
las hilachas que colgaban del cuello de
la chaqueta. A Jennings le gustaba ese
tipo de examen. Sabía que su apariencia
desconcertaba a la gente. De manera
perversa, eso le daba cierta ventaja.
—Le he visto por ahí —dijo Thorn.
—Trato de estar en todas partes.
—Usted es muy inteligente.
—Gracias.
Thorn salió de detrás de su
escritorio y se acercó a un armario de
donde tomó una botella de coñac.
Jennings le observó servir los vasos y
aceptó uno.
—Me pareció que manejó muy bien
la situación con ese muchacho la otra
noche —dijo Jennings.
—¿Sí?
—Sí.
—No estoy seguro.
Estaban tratando de hacer tiempo y
los dos lo sabían, esperando ambos que
el otro fuera al grano.
—Estuve de acuerdo con él —
agregó Thorn—. Muy pronto la prensa
me llamará comunista.
—Oh, usted conoce a la prensa.
—Sí.
—Hay que ganarse la vida.
—Exacto.
Bebieron a sorbos el coñac y Thorn
se acercó a las ventanas, mirando hacia
afuera.
—¿Está buscando a un pariente?
—Sí, señor.
—¿Es un sacerdote de nombre
Brennan?
—Es un sacerdote, pero no estoy
seguro de su nombre. Es el hermano de
mi madre. Se separaron cuando eran
niños.
Thorn miró a Jennings y éste notó la
decepción del embajador.
—De modo que usted, en realidad,
no lo conoce —dijo el embajador.
—No, señor. Estoy tratando de
encontrarlo.
Thorn frunció el entrecejo y se sentó
pesadamente en su silla.
—Si me permite preguntarle… —
dijo Jennings—. Tal vez si supiera qué
necesitaba de usted cuando vino a
verlo…
—Tenía que ver con un hospital.
Deseaba… una donación.
—¿Qué hospital?
—En Roma. No estoy seguro.
—¿Le dejó su dirección?
—No. En realidad, me preocupa un
poco. Le prometí enviar un cheque y no
sé a qué dirección.
Jennings asintió con la cabeza.
—Supongo que tenemos el mismo
problema, entonces.
—Supongo que sí —respondió
Thorn.
—Él sólo vino y se fue, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y no lo ha vuelto a ver?
La mandíbula de Thorn se puso tensa
y Jennings lo notó. Se dio cuenta de que
el embajador estaba ocultando algo.
—Nunca más.
—Pensé que tal vez… pudo haber
asistido a una de sus conferencias.
Sus ojos se enfrentaron por un
momento y Thorn sintió que el fotógrafo
estaba jugando con él.
—¿Cómo se llama usted? —
preguntó Thorn.
—Jennings. Haber Jennings.
—Señor Jennings…
—Haber.
—Haber.
Thorn estudió el rostro del hombre y
luego desvió la mirada, volviendo a
mirar por la ventana.
—¿Señor?
—Tengo gran interés en encontrar a
ese hombre. El sacerdote que estuvo
aquí. Me temo que fui grosero con él y
me gustaría que no se quedara con esa
idea de mí.
—¿Grosero en qué sentido?
—Lo eché bastante rudamente. En
realidad, no escuché lo que quería
decirme.
—Estoy seguro de que estará
acostumbrado a eso. Cuando se va a
molestar a la gente para pedirle
donaciones…
—Me gustaría encontrarlo. Es
importante para mí.
Por el aspecto del rostro de Thorn,
sin duda lo era. Jennings sabía que había
tropezado con algo, aunque no sabía qué
era. Todo lo que podía hacer era seguir
en el juego.
—Si lo localizo se lo haré saber —
dijo. —¿Me hará el favor?
—Por supuesto.
Thorn movió la cabeza, dando por
terminada la entrevista, y Jennings se
incorporó, acercándose a Thorn para
estrecharle la mano.
—Se le ve muy preocupado, señor
embajador. Espero que el mundo no esté
a punto de estallar.
—Oh, no —replicó Thorn con una
sonrisa.
—Soy un admirador suyo. Por eso lo
sigo por todas partes.
—Gracias.
Jennings se dirigió hacia la puerta,
pero Thorn lo detuvo.
—¿Señor Jennings?
—¿Señor?
—Quiero entender bien… ¿usted
nunca ha visto realmente al sacerdote?
—No.
—Como hizo esa observación de
que estaba en una de mis conferencias.
Pensé que tal vez…
—No.
—Bien. No importa.
Hubo un silencio incómodo y luego
Jennings reinició su marcha hacia la
puerta.
—¿Existe la posibilidad de que le
tome algunas fotos? Quiero decir, en su
casa. Con su familia.
—Éste no es un buen momento.
—Tal vez lo llame dentro de unas
semanas.
—Hágalo.
—Tendrá noticias mías.
Se marchó y Thorn se quedó
mirándolo, mientras se alejaba.
Obviamente, el hombre sabía algo que
no quería divulgar. Pero ¿qué podría
saber acerca del sacerdote? ¿Era pura
coincidencia que un hombre con el que
tenía contacto muy esporádico estuviera
buscando al sacerdote que lo seguía y lo
rondaba? Thorn lo pensó, pero no pudo
encontrar ninguna relación. Como en
muchos otros sucesos recientes de su
vida, parecía pura coincidencia pero, en
cierto modo, era algo más.
8
Para Edgar Brennan, la vida en la
tierra pudo no haber sido peor que la del
purgatorio. Por esa razón, él, como
muchos otros, se había unido a los
brujos de Roma. Había nacido en
Irlanda, hijo de un pescador que murió
cerca de las costas de Terranova
mientras pescaba bacalao. El recuerdo
de su niñez era el olor del pescado, que
rodeaba, como la costra de una
enfermedad, a su madre. En efecto, ella
había muerto de una infección que
contrajo por comer pescado crudo,
cuando su debilidad ya no le permitía
procurarse leña. Huérfano a los ocho
años, Brennan fue llevado a un
monasterio. Allí, golpeado por los
monjes hasta que confesó sus pecados,
fue salvado. Cuando tenía diez años lo
habían consagrado a Cristo, pero en ese
momento su espalda estaba marcada ya
por el acto de penitencia que fue
necesario para que el Señor, finalmente,
entrara en su existencia.
Con el temor de Dios, literalmente
infundido en él a golpes, dedicó su vida
a la Iglesia. Permaneció ocho años en el
seminario, donde estudió la Biblia
noche y día. Leía acerca del amor y de
la ira de Dios, y a los veinticinco años
se dedicó a recorrer el mundo, para
salvar almas de los fuegos del Infierno.
Se convirtió en un misionero y fue
primero a España y luego a Marruecos,
predicando la palabra del Señor. De
Marruecos se trasladó al extremo
sudeste de África, donde había paganos
que convertir. Y los convirtió de la
misma manera como lo habían
convertido a él. Les pegaba, tal como le
habían pegado, y llegó a darse cuenta de
que, en el calor del éxtasis religioso, el
dolor que infligía le procuraba placer
sexual. Entre los jóvenes africanos
convertidos, uno llegó a venerarlo. Y
ambos compartieron el placer carnal,
violando las leyes primitivas del
Hombre y de Dios. El nombre del
muchacho era Tobu y pertenecía a la
tribu kikuyu. Cuando Brennan y él fueron
sorprendidos juntos, el joven fue
mutilado ceremonialmente: le abrieron
el escroto y le seccionaron los
testículos, obligándole a comérselos en
presencia de sus hermanos guerreros.
Brennan logró escapar de milagro y en
Somalia tuvo noticias de que los kikuyu
habían capturado a un fraile franciscano
y lo habían desollado vivo, en su lugar.
Y después de desollarlo, lo obligaron a
caminar hasta que cayó muerto.
Brennan huyó a Djibuti, luego a
Aden y, finalmente, a Yakarta, sintiendo
sobre sí la ira de Dios en cuantos
lugares estaba. La muerte lo perseguía
castigando a los que lo rodeaban y
Brennan temió que en cualquier
momento él sería el próximo. Sabía muy
bien, por los textos bíblicos, de la ira de
un Dios escarnecido. Y se movió
rápidamente buscando protección contra
lo que sabía que, inexorablemente, le
llegaría. En Nairobi, conoció al
encantador padre Spilletto y le confesó
sus pecados. Spilletto prometió
protegerlo y lo llevó a Roma. Y en
Roma lo adoctrinaron en el dogma del
Infierno. Los satanistas poseían un
santuario donde el juicio de Dios no
existía. Vivían para el placer del cuerpo
y Brennan compartió el suyo con otros
que practicaban ese placer. Formaban
una comunidad de proscritos que, juntos,
podían ignorar al resto de los humanos.
Se adoraba al Demonio, mediante la
profanación de Dios.
La secta estaba compuesta
principalmente por miembros de la clase
obrera, pero unos pocos eran
profesionales de alta posición. En
apariencia, todos llevaban vidas
respetables. Ésa era su arma más
valiosa para utilizarla contra los que
adoraban a Dios. Era misión de ellos
crear temores y tumultos, y excitar al
hombre contra sus hermanos, hasta que
llegara el tiempo de Satán. Pequeños
grupos, llamados Fuerzas de Trabajo, se
dedicaban a provocar el caos, siempre
que les era posible. La secta de Roma
era la responsable de buena parte de los
disturbios que se producían en Irlanda,
donde empleaban el sabotaje para
enfrentar a católicos y protestantes y
aventar los fuegos de la guerra religiosa.
Dos monjas irlandesas, conocidas
dentro de la secta como B’aalock y
B’aalam, habían orquestado los
estallidos de bombas en Irlanda. La
conocida como B’aalam había muerto
por su propia mano. Su cuerpo fue
encontrado entre las ruinas, causadas
por la explosión de un supermercado y
sus restos fueron devueltos a Italia,
donde recibieron sepultura en el sagrado
suelo de Cerveteri, el antiguo
cementerio etrusco, conocido en la
actualidad como Cimitero di
Sant’Angelo, en las afueras de Roma.
Por su devoción a Satán, B’aalam
recibió el honor de ser sepultada debajo
del altar de Techulca, el dios-demonio
etrusco. Los miembros de las sectas de
varias regiones asistieron al funeral, en
número de cinco mil. Brennan se sintió
impresionado por la ceremonia y, a
partir de entonces, inició su actividad
política en la secta, tratando de
promoverse y de demostrar a Spilletto
que era digno de confianza.
La primera demostración de la
confianza que merecía se produjo en
1968 cuando, con otro sacerdote,
Brennan fue enviado por Spilletto al
sudeste de Asia. En Camboya, que
estaba en manos de los comunistas,
organizó un reducido cuerpo de
mercenarios con los que hostilizó el
frente del Vietnam del Sur, donde se
había acordado un cese del fuego. El
Norte culpó de ello al Sur, y el Sur al
Norte. Pocos días después de la
operación de Brennan, se acababa la paz
tan duramente conquistada. La secta
creía que ello facilitaría la expansión
total del comunismo en el sudeste
asiático: Camboya, Laos y Vietnam,
además de Thailandia y Filipinas. Se
esperaba que en unos pocos años la sola
mención de la palabra “Dios” se
consideraría una herejía en todo el
hemisferio sudeste.
En la secta se hicieron grandes
celebraciones y, a su regreso, Brennan
se había convertido en un líder de su
culto. Los fuegos de la rebelión estaban
atizándose en África y, teniendo en
cuenta su conocimiento de ese
continente, Spilletto envió a Brennan a
colaborar en la revolución que,
finalmente, llevó al poder a Idi Amín, el
insano déspota africano. Si bien Amín
no confiaba en Brennan, por tratarse de
un blanco, el sacerdote estuvo durante
más de un año intrigando, con éxito,
para que Amín se impusiera
políticamente en la Organización de la
Unidad Africana.
En buena medida por los logros de
Brennan, la secta de Roma llegó a ser
considerada, por los satanistas de todo
el mundo, como el centro de la dirección
política y del poder espiritual. El dinero
empezó a llegarle de todas partes,
acrecentando su poderío. La misma
Roma era un foco de energía: la sede del
catolicismo y del comunismo occidental,
el núcleo del satanismo del mundo. En
la atmósfera parecía restallar el poder
de la secta.
Y en esa época, en el apogeo del
poder satánico y de la agitación
mundial, aparecieron los símbolos
bíblicos que anunciaban el momento en
que la Historia de la Tierra cambiaría
repentina e irrevocablemente. Por
tercera vez desde la formación del
planeta, el Maligno entregaría su
progenie, confiando su crianza, hasta la
madurez, a sus discípulos de la Tierra.
Se había ya intentado dos veces, sin
éxito. Los perros guardianes de Cristo
descubrieron a la Bestia y la mataron
antes de que alcanzara el poder. Esta
vez no se debía fracasar. El concepto
era acertado, el plan estaba trazado a la
perfección.
No sorprendió que Spilletto eligiera
a Brennan como uno de los tres que
debían llevar a cabo el trascendental
plan. El pequeño y estudioso sacerdote
era leal y eficiente. Cumplía las
ordenes, sin la menor duda o
remordimiento. Por esa razón su misión
sería la más cruel: el asesinato del
inocente que, por necesidad, debía
morir. A Spilletto le correspondía elegir
a la familia sustituta y realizar el cambio
del niño. La hermana María Teresa (que
era como se llamaba ahora B’aalock)
vigilaría la fecundación y ayudaría en el
nacimiento. Brennan supervisaría la
espantosa tarea ulterior, asegurando que
la evidencia desapareciera y fuese
sepultada en tierra sagrada.
Brennan entró con ansiedad en el
pacto porque vio claramente que su vida
pasaría a la Historia. Sería recordado y
reverenciado. Él, antaño un huérfano
rechazado, y ahora uno de los Elegidos,
tenía la posibilidad de entrar en una
alianza con el demonio mismo. Pero en
los días que precedieron al
acontecimiento, algo comenzó a
ocurrirle a Brennan. Sus fuerzas
empezaron a flaquear. Las cicatrices de
su espalda volvieron a dolerle y el
sufrimiento se tornaba más intenso cada
noche, mientras yacía despierto en la
cama intentando desesperadamente
dormir. Durante cinco noches se agitó
febrilmente, combatiendo perturbadoras
ilusiones que atravesaban su mente.
Luego tomó pociones de hierbas que le
hacían dormir, pero que no consiguieron
aquietar las pesadillas que lo acosaban.
Tenía visiones de Tobu, el
muchacho africano, que le imploraba
ayuda. Vio la forma, sin piel, de un
hombre, con las cuencas de los ojos
abiertas sobre ligamentos y músculos
desnudos, y una boca sin labios que
lloraba pidiendo piedad. Brennan se
veía a sí mismo como un niño esperando
en la costa el regreso de su padre. Luego
veía a su madre en su lecho de muerte,
pidiendo perdón por morir, por dejarlo
tan pequeño y abandonado a su destino.
Esa noche despertó gritando, como si
fuera su propia madre, pidiendo que lo
perdonaran. Y cuando volvió a entrar en
el sueño, a su lado apareció la figura de
Cristo, asegurándole que sería
perdonado. Cristo se veía en toda su
belleza juvenil, con su delgado cuerpo
lleno aún de cicatrices. Se arrodilló
junto a Brennan y le dijo que todavía
podía ser bien recibido en el Reino del
Cielo. Todo lo que debía hacer era
arrepentirse.
Las pesadillas habían conmovido a
Brennan. Spilletto percibió la tensión y
lo llamó para pedirle explicaciones de
su estado. Pero Brennan estaba
demasiado implicado ya y sabía que su
vida corría peligro si dejaba entrever
alguna duda. Por eso aseguró a Spilletto,
que seguía ansioso de hacer lo que fuera
necesario. Era el dolor de su espalda lo
que le molestaba, dijo, y Spilletto le
ofreció un frasco con pastillas que lo
aliviarían. Desde entonces, hasta que
llegó el momento, Brennan descansaba
en un estado de tranquilidad producido
por la droga, y las inquietantes visiones
de Cristo no volvieron a perseguirlo.
La noche del seis de junio. El sexto
mes, el sexto día, la hora sexta.
Ocurrieron cosas que acompañarían a
Brennan hasta el fin de sus días. En
medio del parto, la madre transitoria
había empezado a aullar. La hermana
Teresa la silenció con éter, cuando su
monstruosa progenie emergió del
vientre. Brennan completó la tarea de la
hermana, con la piedra que Spilletto le
había dado. Destrozó la cabeza del
animal hasta convertirla en papilla. Lo
que le sirvió de ensayo para lo que
habría que hacerle al niño humano. Pero
cuando le trajeron a la criatura humana
recién nacida, Brennan dudó porque se
trataba de un niño de belleza poco
común. Miró fijamente a los dos niños
que estaban uno junto al otro: uno
cubierto de sangre y lleno de pelo. El
otro blanco, suave, hermoso, con sus
ojos vueltos hacia arriba en una mirada
de absoluta confianza. Brennan sabía lo
que había que hacer y lo hizo, pero no
bien. Hubo que hacerlo de nuevo y el
sacerdote sollozaba mientras abría la
caja, para volver a golpear al hijo de
Thorn. Por un instante tuvo el impulso
de aferrar al niño entre sus brazos, y
salir corriendo en busca de un lugar
seguro. Pero vio que el niño ya estaba
herido, irreparablemente mutilado, y la
piedra volvió a golpear con fuerza.
Repetidamente. Hasta que no hubo
ningún sonido y el cuerpo quedó
inmóvil.
En la oscuridad de esa noche nadie
vio las lágrimas que corrieron por el
rostro de Brennan. En realidad, a partir
de esa noche nadie de la secta volvió a
verlo nunca. Huyó de Roma a la mañana
siguiente y vivió, en la oscuridad,
durante cuatro años. Fue a Bélgica,
donde trabajó entre los pobres y
consiguió emplearse en una clínica,
donde tuvo acceso a las drogas que
necesitaba no sólo para mitigar el dolor
de su espalda sino para combatir los
recuerdos de lo que había hecho, que lo
acosaban constantemente. Vivía solo, sin
hablar con nadie y, poco a poco, fue
enfermando. Cuando, finalmente, ingresó
en un hospital, muy pronto se confirmó
el diagnóstico. El dolor de su espalda lo
causaba un tumor maligno, imposible de
operar por su posición en la espina
dorsal.
Brennan sabía ahora que iba a morir
y era eso lo que lo inducía a buscar el
perdón del Señor. Cristo era
misericordioso. Cristo lo perdonaría y
Brennan se mostraría digno de su
perdón, intentando reparar lo que había
hecho.
Reunió las pocas fuerzas que le
quedaban y viajó a Israel, llevando
consigo cinco ampollas de morfina para
paliar el dolor de su espalda. Buscaba a
un hombre llamado Bugenhagen, un
nombre vinculado con el de Satán casi
desde el comienzo del tiempo. Fue un
Bugenhagen quien, en el año 1092,
descubrió la primera progenie de Satán
e ideó un método para matarla. Fue
también un Bugenhagen, en 1710, quien
encontró la segunda y la combatió,
impidiéndole la obtención de todo poder
terrenal. Eran unos fanáticos religiosos
los perros guardianes de Cristo, que
tenían como misión impedir al Maligno
caminar por la superficie de la Tierra.
Brennan necesitó siete meses para
encontrar al último descendiente de los
Bugenhagen, porque vivía en la
oscuridad, oculto en una fortaleza bajo
la superficie de la tierra. Allí,
Bugenhagen, como Brennan, esperaba la
muerte, atormentado por los achaques de
la edad y el dolor de haber fracasado.
Como muchos otros, había comprendido
que el momento había llegado, pero no
consiguió impedir que el hijo de Satán
se presentara en la Tierra.
Brennan pasó seis horas con el
anciano, narrándole la historia y su
intervención en el nacimiento.
Bugenhagen escuchaba con
desesperación, mientras el sacerdote le
rogaba que interviniera, porque él no
podía hacerlo. Estaba recluido en su
fortaleza y no se atrevía a salir al
exterior. Alguien que tuviera acceso
directo al niño debía ser llevado ante él.
Temiendo que el tiempo que le
quedaba era muy corto, Brennan fue a
Londres, para encontrarse con Thorn y
convencerlo de lo que se debía hacer.
Rogaba que Dios lo estuviera
observando, pero temía que Satán
estuviera haciendo otro tanto. Mas no
ignoraba los manejos del Demonio y
tomó todas las precauciones para
conservar vida y aliento hasta que
pudiera encontrar a Thorn y contarle la
historia. Si lograba eso, sabía que sería
absuelto de sus pecados y admitido en el
Reino del Cielo.
Alquiló un apartamento en el Soho y
lo convirtió en una fortaleza tan segura
como una iglesia. Su armamento fueron
las Escrituras. Cubrió cada centímetro
de las paredes, e incluso de las
ventanas, con páginas arrancadas de la
Biblia. Y necesitó setenta ejemplares
para completar el trabajo. Colgó cruces
en todas partes, en todos los ángulos.
Brennan no salía nunca, a menos que su
crucifijo, recubierto con partículas de
espejo, pudiera reflejar la luz del sol,
cuando pendía de su cuello.
Pero advertía que su objetivo era
difícil de alcanzar y, entretanto, el dolor
de su espalda lo iba consumiendo. El
único encuentro con Thorn, en la oficina
de éste, fue un fracaso. Había
atemorizado al embajador y fue
despedido rápidamente. Ahora lo seguía
a todas partes y su desesperación crecía.
Un día, Brennan estaba parado
observando al embajador, desde el otro
lado del acordonamiento de protección,
mientras Thorn y un grupo de dignatarios
inauguraban un emplazamiento para
viviendas en una zona pobre de Chelsea.
—Estoy orgulloso de inaugurar este
proyecto… —gritaba Thorn al centenar
de personas congregadas— ya que
representa la voluntad, de la comunidad,
de mejorar la calidad de vida.
Y, después de esas palabras, hundió
una pala en la tierra. Una pequeña banda
de músicos atacó una polca, mientras
Thorn y el grupo de dignatarios se
acercaron a la cadena que servía de
protección, para estrechar las manos de
las personas que estaban del otro lado y
que se esforzaban por tener ese honor.
Thorn era un hábil político, un hombre
que gustaba de la adulación. Mientras
caminaba a lo largo de la cadena hizo lo
posible por estrechar cada una de las
ansiosas manos, e incluso se inclinó
para recibir un beso. Pero de pronto se
sobresaltó. Una mano lo alcanzó con
repentina violencia y lo aferró con
fuerza de la pechera de la camisa,
atrayéndolo hacia sí.
—Mañana —jadeó Brennan, ante los
ojos atemorizados del embajador—. A
la una en punto, en Kew Gardens…
—¡Suélteme! —exigió Thorn con un
hilo de voz.
—Cinco minutos. No volverá a
verme.
—Suélteme…
—Su esposa está en peligro. Morirá,
a menos que usted acuda mañana.
Mientras Thorn se incorporaba, el
sacerdote se marchó rápidamente. El
embajador quedó aturdido, mirando
rostros extraños, mientras las cámaras
fotográficas tomaban su imagen.
Thorn había estado planteándose qué
debía hacer con el sacerdote. Podía
simplemente enviar, en su lugar, a la
policía, que llevaría a Brennan a la
cárcel. Pero el cargo sería el de
persecución, y Thorn, como querellante
debería comparecer. Se interrogaría al
sacerdote y el asunto cobraría carácter
público. Los periódicos se
congratularían y explotarían los
desvaríos de un loco. Thorn no podía
permitírselo. Ni ahora ni nunca. No
había manera de saber lo que el
sacerdote tenía que decirle. Su obsesión
era el nacimiento del niño. Resultaba
una lamentable coincidencia el hecho de
que se tratara de un asunto en el que
Thorn tenía algo que ocultar. Como
alternativa a la policía, tal vez Thorn
podría enviar un emisario para que
llegara a un acuerdo con el sacerdote o
para conminarlo a desaparecer. Pero eso
también implicaba la participación de
otra persona.
Pensó en Jennings, el fotógrafo, y
estuvo a punto de llamarlo para decirle
que había encontrado al hombre que él,
Jennings, estaba buscando. Pero
tampoco eso serviría. Nada podía ser
más peligroso que implicar en el asunto
a un hombre de la prensa. Sin embargo,
necesitaba encontrar alguien a quien
recurrir. Alguien con quien pudiera
compartir el asunto. Porque, en verdad,
se sentía asustado. Le inquietaba lo que
el sacerdote podía decirle.
Thorn condujo su automóvil esa
mañana, explicándole a Horton que
deseaba estar un rato a solas. Estuvo
dando vueltas toda la mañana y evitó la
embajada, por temor de que le
preguntaran dónde almorzaría. Se le
ocurrió que simplemente podría ignorar
la petición del sacerdote y que su
desaire terminaría por hacerle perder
interés en el asunto y desaparecer. Pero
eso tampoco lo satisfacía, porque Thorn
mismo deseaba el encuentro. Necesitaba
encarar al hombre y escuchar todo lo
que tuviera que decirle. Había dicho que
Katherine estaba en peligro, que moriría
a menos que él acudiera a la cita. No era
posible que Katherine estuviera en
peligro, pero le dolía a Thorn que
también ella se hubiese convertido en un
punto focal en la mente de aquel loco.
Thorn llegó a las doce treinta,
estacionó al borde de la calle y esperó
tenso en su coche. El tiempo pasó con
lentitud, mientras escuchaba las noticias.
Se dio una lista de países en los que se
habían producido disturbios. España,
Laos, Irlanda, Angola, Zaire, Israel,
Thailandia. Se podía cerrar los ojos,
poner un dedo en el mapa y tener la
seguridad de hallarse a algunos
centímetros, a lo sumo, de una zona
efervescente. Parecía que cuanto más
largo se hacía el tiempo del hombre
sobre la Tierra, menores eran las
perspectivas de habitarla. Las bombas
superdestructoras eran una realidad y el
día menos pensado podían estallar. El
plutonio, subproducto de la energía
nuclear, estaba ahora al alcance de
todos y, con él, incluso los países más
pequeños podrían armarse para la
guerra atómica. Algunos se inclinaban
por la destrucción suicida. No perderían
nada si en su atrocidad eliminaban al
resto del mundo. Thorn pensó en el
Desierto del Sinaí, la Tierra Prometida.
Se preguntaba si Dios sabía, cuando se
la prometió a Abraham, que era allí
donde estallaría la bomba apocalíptica.
Miró el reloj del cuadro de mandos
del automóvil. Era la una en punto.
Reunió sus fuerzas y entró lentamente en
el parque. Se había puesto un
impermeable y gafas oscuras, para que
no lo reconocieran, pero esos mismos
detalles aumentaban su ansiedad,
mientras buscaba la figura del sacerdote.
Lo divisó y sintió que su sangre se
helaba. Debió combatir el impulso de no
seguir avanzando. Brennan estaba solo
en un banco, de espaldas a él. Thorn
habría podido fácilmente marcharse sin
que lo viera. Pero decidió dar una vuelta
para acercarse de frente al sacerdote.
Brennan se sobresaltó ante la súbita
aparición de Thorn. Su rostro estaba
tenso y bañado en sudor, como si
sufriera un dolor insoportable. Por un
largo momento se miraron en silencio.
—Debí haber venido con la policía
—dijo Thorn.
—Ella no podría ayudarle.
—Adelante. Diga lo que tenga que
decir.
Los ojos de Brennan se agitaron y
sus manos empezaron a temblar. Era
evidente que estaba realizando un
gran
esfuerzo para combatir un dolor.
—Cuando los judíos regresen a
Sión… —murmuró.
—¿Qué?
—… Cuando los judíos regresen a
Sión. Y un cometa ocupe el cielo. Y
surja el Sacro Imperio Romano.
Entonces usted y yo… debemos morir.
El corazón de Thorn dio un brinco.
El hombre estaba loco. Estaba recitando
un versículo, con el rostro tenso y como
en trance, y la voz elevada en estridente
intensidad.
—Del Mar Eterno él se levanta.
Creando ejércitos en cada orilla.
Volviendo al hombre contra su hermano.
¡Hasta que el hombre ya no exista!
Thorn lo miró, mientras el sacerdote
temblaba, esforzándose por hacerse oír.
—¡El Apocalipsis lo predijo todo!
—consiguió articular.
—No he venido a oír un sermón
religioso.
—Mediante una personalidad
humana, que esté bajo su total dominio,
Satán lanzará su ofensiva más
formidable y final. Libro de Daniel, de
Lucas…
—Usted dijo que mi esposa estaba
en peligro.
—Vaya al pueblo de Meguido —
rogó Brennan—. En la antigua ciudad de
Jezreel. Vea allí al anciano Bugenhagen.
Sólo él puede describir de qué manera
el niño debe morir.
—¿Cómo…?
—Aquel que no sea salvado por el
cordero será destrozado por la bestia.
—¡Basta!
Brennan quedó silencioso, con el
cuerpo encorvado, mientras con una
mano temblorosa trataba de enjugar el
sudor que bañaba sus cejas.
—He venido —dijo Thorn en tono
sereno— porque usted dijo que mi
esposa estaba en peligro.
—Tuve una visión, señor Thorn.
—Usted dijo que mi esposa…
—¡Ella está encinta!
Thorn quedó silencioso,
sorprendido.
—Usted se equivoca.
—Sí, está encinta.
—No lo está.
—Él no permitirá que el niño nazca.
Lo matará mientras se forma en el
vientre.
El sacerdote se quejó, atacado otra
vez por un dolor violento.
—¿De qué está hablando? —le
preguntó Thorn con tono airado.
—¡De su hijo, señor Thorn! ¡Del
hijo de Satán! Él matará al niño que aún
no ha nacido y luego matará a su esposa.
Y cuando esté seguro de heredar todo lo
que es suyo, entonces ¡lo matará a usted!
—¡Basta!
—… Y con su fortuna y su poder
establecerá su falso Reino aquí en la
Tierra, para recibir las órdenes
directamente de Satán.
—Usted está loco —murmuró Thorn.
—¡Él debe morir, señor Thorn!
El sacerdote sollozó y una lágrima
se deslizó de sus ojos; Thorn lo miró,
incapaz de moverse.
—Por favor, señor Thorn… —
imploró el sacerdote.
—Usted me pidió cinco minutos.
—Vaya al pueblo de Meguido —
suplicó Brennan—. ¡Vea a Bugenhagen,
antes de que sea demasiado tarde!
Thorn sacudió la cabeza y apuntó un
dedo tembloroso hacia el sacerdote.
—Lo he escuchado. Ahora… —
advirtió— quiero que usted me escuche
a mí. Si alguna vez vuelvo a verlo… lo
haré arrestar.
Thorn empezó a alejarse, mientras
Brennan lo llamaba, con los ojos llenos
de lágrimas.
—¡Me verá en el infierno, señor
Thorn! ¡Allí compartiremos nuestra
sentencia!
Un momento después, Thorn había
desaparecido ya. Brennan quedó solo,
con la cabeza entre las manos.
Permaneció allí varios minutos, tratando
de contener las lágrimas, pero fue
imposible. Todo había terminado con su
fracaso.
Se incorporó lentamente y miró a su
alrededor. El parque estaba vacío y
tranquilo ahora. Pero esta calma le
parecía un tanto ominosa. Brennan sintió
que se encontraba en un vacío, mientras
el aire contenía su aliento. Luego
empezó a oír apenas el sonido. Parecía
lejano al principio, casi pura
imaginación, pero gradualmente fue
creciendo en intensidad hasta que llenó
la atmósfera que rodeaba al sacerdote.
Era el sonido del OHM. A medida que
iba aumentando su intensidad, Brennan
aferró su crucifijo y su respiración se
tornó anhelante, mientras miraba con
temor a su alrededor. El cielo se estaba
oscureciendo y empezó a levantarse una
brisa que fue acentuándose rápidamente
hasta que las ramas de los árboles
fueron sacudidas con violencia.
Aferrando su cruz con ambas manos,
Brennan empezó a caminar, buscando la
seguridad de la calle. Pero allí el viento
pareció precipitarse sobre él. Papeles y
residuos se arremolinaban a sus pies,
mientras jadeaba y una fuerte ráfaga le
daba de lleno en la cara. Al otro lado de
la calle veía una iglesia, pero cuando
descendió el borde de la acera, el viento
se lanzó de nuevo contra él, con toda su
fuerza. Brennan tuvo que realizar un gran
esfuerzo para resistirlo e iniciar su
marcha hacia el lugar seguro. El sonido
del OHM resonaba ahora en sus oídos,
mezclado con el aullido del viento.
Gemía de cansancio, mientras se
esforzaba por avanzar con la visión
oscurecida por una nube de polvo en
movimiento. Ni vio ni oyó el camión que
se acercaba. Sólo le llegó el ruido de
los enormes neumáticos cuando el
vehículo se desvió a pocos centímetros
de él, precipitándose sobre una hilera de
automóviles estacionados contra los que
chocó.
De pronto cesó el viento y apareció
gente que gritaba y corría hacia el
camión que acababa de chocar, en el que
la cabeza del conductor asomaba
flojamente, sangrante, contra la
ventanilla. El retumbar de un trueno
atravesó el cielo y Brennan se detuvo en
el centro de la calle, gimiendo de temor.
La luz de un relámpago iluminó el cielo
por encima de la iglesia y Brennan
retrocedió, volviendo al parque. Tras un
trueno, la lluvia empezó a caer y
Brennan corrió desesperado, mientras
los relámpagos se sucedían a su
alrededor y un enorme árbol casi se
desmoronó a su paso. Gritando de
temor, cayó en el barro y luchó por
volver a incorporarse, mientras un rayo
destrozaba un banco del parque, que
quedó ardiendo cerca del sacerdote. Dio
vueltas y atinó a atravesar un grupo de
arbustos por donde salió a una calle
lateral. Otro rayo cayó y golpeó un
buzón próximo a Brennan, derribándolo.
Sollozando, el pequeño sacerdote se
incorporó y avanzó vacilante, con los
ojos vueltos hacia el airado cielo. La
lluvia caía con fuerza, golpeando su
rostro. La ciudad se veía desdibujada a
través del traslúcido velo de agua. En
todo Londres la gente corría buscando
refugio y las ventanas se cerraban. A
seis manzanas del parque una maestra
estaba tratando, con una larga vara, de
cerrar la ventana, mientras sus pequeños
alumnos la observaban y oían el fuerte
ruido de la lluvia. Ella jamás había oído
hablar del padre Brennan ni sabía que su
propio destino se vincularía con el de
él. Pero en ese momento, por las
resbaladizas calles, Brennan estaba
avanzando inexorablemente hacia ella.
Respirando con dificultad, caminaba al
azar por pequeños callejones, huyendo
de la furia que lo perseguía. Los
relámpagos se veían lejanos ahora, pero
las fuerzas de Brennan lo estaban
abandonando y su corazón parecía
punzarle las entrañas, mientras doblaba
una esquina y se detenía frente a un
edificio, con la boca abierta tratando
desesperadamente de respirar. Sus ojos
estaban fijos en el lejano parque, donde
los relámpagos y los truenos se
sucedían. Ni pensó en mirar hacia
arriba, donde se produjo un movimiento
repentino. Desde una ventana del tercer
piso cayó una larga vara escapada de las
manos de una mujer que había intentado,
en vano, impedirlo. Se desplomó, con su
punta de metal atravesando el aire como
si fuese una jabalina. Atravesó la cabeza
del sacerdote y penetró en su cuerpo,
dejándolo clavado en la tierra cubierta
de hierba.
Brennan quedó suspendido, con los
brazos en jarras, como un títere después
de la función.
En todo Londres, la lluvia de verano
cesó repentinamente.
Desde el tercer piso de una escuela,
una maestra sacó la cabeza por la
ventana y empezó a gritar. En la calle,
en el otro lado del parque, un grupo de
personas retiraba el cuerpo muerto del
conductor del camión que había
chocado. En la frente se veía la marca
ensangrentada que había dejado el
volante contra el que se estrelló.
Mientras las nubes se abrían y los
rayos del sol volvían a brillar
apaciblemente, un grupo de niñitos se
reunieron con silenciosa extrañeza
alrededor de la figura de un sacerdote
sostenido tiesamente por una vara. De su
sombrero caían gotitas de lluvia que
corrían sobre un rostro helado en una
expresión de boquiabierto azoramiento.
Una mosca zumbó alrededor del
sacerdote y se posó en sus labios
entreabiertos.
A la mañana siguiente, Horton
recogió el periódico que estaba junto al
portón de entrada y lo llevó a la sala
soleada donde Katherine y Thorn
estaban tomando el desayuno. Cuando se
retiraba, Horton observó que el rostro
de la señora Thorn aparecía enjuto y
tenso. Ya hacía semanas que se la veía
así, y él sospechaba que ello tenía algo
que ver con sus idas regulares a Londres
para ver al médico. Al principio, había
pensado que las visitas a las que él
mismo la llevaba tenían que ver con su
salud física, pero un día leyó el registro
de inquilinos del edificio y supo que el
doctor Greer era un psiquiatra. Horton
no había sentido nunca necesidad de un
psiquiatra y tampoco conocía a nadie
que lo hubiera necesitado, pero tenía la
sensación de que sólo servían para
enloquecer a la gente. La prensa da
cuenta, a menudo, de atrocidades
cometidas, y en estas informaciones se
añade, también frecuentemente, que el
autor de dichas atrocidades acababa
precisamente de visitar a un psiquiatra.
La causa y el efecto eran muy evidentes.
Ahora, mientras observaba a la señora
Thorn, la teoría de Horton sobre la
psiquiatría se estaba confirmando. Por
alegre que ella pareciera en el viaje
hacia la ciudad, se mostraba silenciosa y
retraída cuando volvía al hogar.
Desde que empezaron las visitas, su
estado de ánimo se había ido
deteriorando y ahora Katherine sufría
una gran tensión. Su relación con el
personal de la casa se limitaba a breves
órdenes y con su hijo se había cortado
casi por completo. Lo triste del caso era
que el niño mismo había empezado a
necesitarla. Las semanas en que ella
intentó conquistar el cariño del niño
habían tenido su efecto. Pero, ahora,
cuando Damien la buscaba no podía
encontrarla.
Para la propia Katherine, la terapia
había sido verdaderamente
perturbadora, porque había conseguido
rasgar la superficie de sus temores y
encontró debajo un enorme pozo de
ansiedad y desesperación. La vida que
ella llevaba estaba cargada de
confusión. Sentía que ya no sabía quién
era. Recordaba lo que ella era antes y lo
que fueran sus deseos, pero todo ello
había desaparecido ahora y no podía
imaginar un futuro. Las cosas más
simples la llenaban de temor: el timbre
del teléfono, el reloj del horno que
emitía su sonido, la tetera que silbaba
como si exigiese que se la atendiera.
Estaba llegando a un punto en que
simplemente no podía hacer frente a
nada y vivir le exigía cada día un
enorme coraje.
Ese día le demandaba más coraje
que la mayoría, porque había
descubierto algo que exigía acción. Le
requería el tipo de enfrentamiento con su
esposo, que ella temía, y, para
completar su angustia, estaba su hijo. El
niño se había acostumbrado a andar a su
alrededor por las mañanas, tratando de
llamar su atención. Ese día estaba
haciendo rodar ruidosamente un coche
sobre el piso de la sala, golpeando una y
otra vez contra la silla de Katherine e
imitando el sonido de una locomotora.
—¡¡¡Señora Baylock!!! —gritó
Katherine.
Thorn, que estaba sentado frente a
ella y abría el periódico, quedó
impresionado por el fastidio que
delataba su tono.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Damien. No puedo soportar ese
ruido.—
No es para tanto…
—¡Señora Baylock! —insistió ella.
La pesada mujer entró casi
corriendo.
—¿Señora?
—Lléveselo —ordenó Katherine.
—Está jugando —objetó Thorn.
—¡Dije que se lo lleve!
—Sí, señora —replicó la señora
Baylock.
Ella cogió a Damien de la mano y lo
sacó de la sala. Mientras se marchaba,
el niño volvió la mirada hacia su madre,
con los ojos llenos de dolor. Thorn lo
vio y miró con tristeza a Katherine. Ella
siguió comiendo, evitando los ojos de
él.
—¿Para qué hemos tenido un hijo,
Katherine?
—Nuestra imagen —replicó ella.
—¿Qué?
—¿Cómo podíamos no tener un hijo,
Robert? ¿Quién oyó hablar nunca de una
hermosa familia que no tenga un
hermoso hijo?
Thorn absorbió las palabras de ella,
en silencio, sorprendido por su tono.
—Katherine…
—Es verdad, ¿no? Nunca pensamos
cómo sería criar un hijo. Sólo
pensábamos cómo serían nuestras fotos
en los periódicos.
Thorn la miró confundido; ella le
devolvió una mirada firme.
—Es verdad, ¿no?
—¿Es esto lo que está haciendo tu
médico contigo?
—Sí.
—Entonces creo que será mejor que
hable con él.
—Sí, él tiene algo que conversar
contigo, también.
Su manera era directa y fría. Thorn
instintivamente temía lo que ella iba a
decir.—
¿De qué se trata? —preguntó.
—Tenemos un problema, Robert.
—¿Sí?
—No quiero tener más hijos. Nunca
más. Thorn escrutó su rostro, esperando
que siguiera.
—¿Está bien? —preguntó ella.
—Si es eso lo que tú deseas… —
replicó él.
—Entonces estarás de acuerdo en
que me hagan un aborto.
Thorn sintió que su sangre se había
helado. Quedó boquiabierto, atontado.
—Estoy embarazada, Robert. Lo
descubrí ayer por la mañana.
Se produjo un silencio. La cabeza de
Thorn era un torbellino.
—¿Me oíste? —preguntó Katherine.
—¿Cómo pudo ser? —murmuró
Thorn.
—A veces, los anticonceptivos
fracasan.
—¿Estás embarazada? —preguntó él
débilmente.
—De poco tiempo.
Thorn había empalidecido y sus
manos temblaban mientras clavaba los
ojos en la mesa.
—¿Se lo dijiste a alguien? —
preguntó.
—Sólo al doctor Greer.
—¿Estás segura?
—¿De que no quiero que siga?
—De que estás embarazada.
—Sí.
Thorn quedó inmóvil, con la mirada
fija en el espacio. Junto a él sonó el
teléfono y mecánicamente lo atendió.
—¿Sí? —Se detuvo, porque no
reconocía la voz—. Sí, soy yo. —Sus
ojos parecieron intrigados y miró a
Katherine—. ¿Qué? ¿Quién es? ¡Hable!
¡Hable!
La persona que había llamado cortó.
Thorn se quedó sentado inmóvil, con los
ojos llenos de alarma.
—¿Qué pasaba? —preguntó
Katherine.
—Algo sobre los periódicos…
—¿Qué hay con los periódicos?
—Alguien me llamó… y me dijo…
que los “leyera” hoy.
Miró el periódico plegado frente a
él y lentamente lo abrió,
estremeciéndose cuando sus ojos vieron
la foto de la primer plana.
—¿Qué ocurre? —preguntó
Katherine—. ¿Qué pasa?
Pero Thorn no supo qué contestar y
ella tomó el periódico, hallando el
objeto de la mirada. Era la foto de un
sacerdote atravesado por una vara de
cerrar ventanas. El epígrafe decía:
SACERDOTE MUERTO EN
EXTRAÑA TRAGEDIA.
Katherine miró a su esposo y vio que
estaba temblando; confundida, le cogió
la mano, que estaba fría.
—Robby.
Thorn se incorporó, tenso, y se alejó
de la sala.
—¿Lo conocías? —preguntó
Katherine.
Pero él no respondió. Katherine
volvió a mirar la foto y, mientras leía el
artículo, oyó el ruido del automóvil de
Thorn, que se ponía en marcha y se
alejaba.
“Para la señora James Akrewian,
maestra de tercer grado de la Escuela
Industrial de Bishop, el día había
comenzado como cualquier otro. Era
viernes y, cuando empezó la lluvia,
estaba enseñando a sus alumnos a leer
en voz alta. Si bien la lluvia no entraba
por la ventana, la maestra trató de
cerrarla para disminuir el ruido. Se
había quejado muchas veces de las
anticuadas ventanas porque no podía
alcanzar las más altas y tenía que
subirse a un banco, incluso sirviéndose
de la pértiga. Incapaz de establecer
contacto entre el anillo de metal de la
ventana y el gancho de la pértiga, sacó
ésta hacia afuera, intentando alcanzar la
parte inferior de la ventana y atraerla
hacia dentro. La pértiga se escapó de la
mano de la maestra, cayendo sobre un
transeúnte que probablemente se estaba
guareciendo de la lluvia. La identidad
del difunto es mantenida en secreto por
la policía, hasta tanto se notifique a los
parientes.”
Katherine no pudo descubrir nada en
el artículo y llamó al despacho de
Thorn, dejando el mensaje de que la
llamara tan pronto como regresase.
Aparentemente, nunca volvió, porque,
hacia el mediodía, aún no la había
llamado. Luego Katherine llamó a
Greer, su psiquiatra, que estaba muy
ocupado y no pudo atenderla. Su última
llamada fue al hospital, para tratar del
aborto.
9
Después de ver la foto del
sacerdote, Thorn se había dirigido
rápidamente a Londres, mientras su
mente se debatía en un intento por
comprender muchas cosas. Katherine
estaba embarazada, el sacerdote había
tenido razón. Y ahora ya no podía
desechar el resto de lo que Brennan
había dicho. Trató de recordar todo el
encuentro en el parque, los nombres, los
lugares a los que Brennan le había dicho
que debía ir. Se esforzó por mantener la
calma, tratando de registrar cada uno de
los sucesos recientes. La conversación
con Katherine, la llamada telefónica
anónima. “Lea los periódicos”, había
dicho la voz. Le resultaba conocida,
pero Thorn no lograba individualizarla.
¿Quién sabía, en todo el mundo, su
conexión con el sacerdote? El fotógrafo.
Ésa fue la voz, la de Haber Jennings.
Thorn fue a su despacho y se encerró
en él. Llamó a su secretaria por el
intercomunicador y le pidió que lo
comunicara con Jennings por teléfono.
Ella lo intentó, pero recibió un mensaje
grabado en cinta, indicando que Jennings
había salido. Informó de ello a Thorn,
mencionándole la grabación en cinta.
Thorn le pidió el número y lo marcó él
mismo. La grabación la había hecho el
propio Jennings. Era la misma voz que
lo había llamado a su casa. ¿Por qué no
se había identificado? ¿A qué estaba
jugando?
Luego Thorn recibió el aviso de que
Katherine había telefoneado, pero
postergó su llamada de respuesta. Ella
querría hablar del aborto y él no estaba
en condiciones de dar su opinión.
“Él lo matará —había dicho el
sacerdote—. Él lo matará mientras se
forma en el vientre.”
Thorn buscó rápidamente el número
de teléfono del doctor Charles Greer y
le explicó que iría a verlo para hablar
de un asunto urgente.
La visita de Thorn no resultó una
sorpresa para Greer, porque el
psiquiatra había percibido el
empeoramiento de Katherine. Una
delgada línea entre la ansiedad y la
desesperación, y él había visto a
Katherine saltar hacia uno y otro lado de
esa línea, varias veces. Pensó que su
terror podía llegar a un extremo que la
llevara al suicidio.
—Nunca se sabe la profundidad de
esos temores —dijo a Thorn, en el
consultorio—. Pero, francamente, debo
confesar que creo que ella está al borde
de un grave problema emocional.
Thorn estaba sentado, muy tenso, en
una silla de respaldo vertical, mientras
el joven psiquiatra aspiraba con fuerza
su pipa, tratando de mantenerla
encendida en tanto se paseaba por la
estancia.
—He tenido ya otros casos similares
—continuó—. Es como un tren de carga.
Resulta fácil ver cómo va tomando
velocidad.
—¿Ha empeorado, entonces? —
preguntó Thorn con voz temblorosa.
—Digamos que su problema se está
desarrollando.
—¿No hay nada que usted pueda
hacer?
—La veo dos veces por semana.
Creo que necesita un cuidado más
constante.
—¿Trata de decirme que está loca?
—Digamos que está viviendo sus
fantasías, que son terroríficas. Y está
respondiendo a ese terror.
—¿Qué fantasías? —preguntó Thorn.
Greer se detuvo, considerando si
debía o no comentarle sus
interpretaciones. Se desplomó en su
silla, mirando los desesperados ojos de
Thorn.
—Para empezar, en sus fantasías
ella piensa que su hijo no es realmente
suyo.
La afirmación cayó, sobre Thorn,
como un rayo. Se quedó paralizado,
incapaz de responder.
—Interpreto eso no tanto como un
temor sino, francamente, como un deseo.
Ella subconscientemente desea ser una
muj er sin hijos. Éste es uno de los
modos de lograrlo, por lo menos a nivel
emocional.
Thorn estaba aturdido, incapaz de
hablar.
—No quiero decir que el niño no
sea importante para ella —continuó
Greer—. Por el contrario, es lo más
importante en su vida. Pero, por alguna
razón, le resulta algo muy amenazador.
Realmente, no sé si el temor tiene que
ver con la maternidad, o con su
vinculación emocional, o simplemente
con la idea de que es incapaz. Incapaz
de afrontar el asunto.
—Pero ella deseaba un hijo —
consiguió articular Thorn.
—Para usted.
—No…
—Subconscientemente. Ella sentía
que necesitaba demostrar que era digna
de usted. ¿Cómo mejor que teniendo un
hijo suyo?
Thorn miró con fijeza hacia delante,
con los ojos llenos de dolor.
—Ahora ella descubre que no es
capaz —continuó Greer—, de modo que
busca una razón que no la haga sentirse
incapaz. Fantasea que el niño no es de
ella, que el niño es el mal…
—¿Cómo?
—Es incapaz de amarlo —explicó
Greer—, de modo que inventa una razón
por la cual el niño no es digno de su
amor.—
¿Ella piensa que el niño es el
mal?
Thorn estaba muy conmovido, con el
rostro tenso de temor.
—A ella le resulta necesario, en este
momento, sentir eso —explicó Greer—.
Pero el hecho es que, al presente, otro
hijo sería desastroso.
—¿En qué sentido el niño… es el
mal?
—Se trata sólo de una fantasía. Lo
mismo que la fantasía de que el hijo no
es de ella.
Thorn respiró hondo, luchando por
contener una sensación de náusea.
—No hay que desesperarse —
añadió Greer, tratando de tranquilizarlo.
—Doctor…
—¿Sí?
Thorn no pudo seguir. Los dos
quedaron sentados en silencio,
mirándose a través de la gran sala.
—Usted iba a decirme algo —dijo
Greer.
El rostro del psiquiatra denotaba
preocupación, porque era evidente que
el hombre que estaba frente a él tenía
miedo de hablar.
—Señor Thorn, ¿se siente bien?
—Estoy sorprendido —murmuró
Thorn.
—Es natural que lo esté.
—Quiero decir que… tengo miedo.
—Es natural.
—Algo… terrible está sucediendo.
—Sí, pero los dos van a superarlo.
—Usted no lo comprende.
—Sí que lo comprendo.
—No.
—Créame que sí.
Thorn, casi en lágrimas, hundió la
cabeza entre sus manos.
—Usted sufre una gran tensión,
señor Thorn. Aún mayor de lo que usted
supone.
—No sé qué hacer —gimió Thorn.
—En primer lugar, debería aceptar
el aborto.
Thorn levantó la cabeza y miró a
Greer, con firmeza.
—No —dijo.
El psiquiatra mostró una reacción de
sorpresa.
—Si se trata de sus principios
religiosos…
—No.
—Seguro que usted puede ver que es
necesario…
—No voy a permitirlo —dijo Thorn
en tono resuelto.
—Debe hacerlo.
—No.
Greer se echó hacia atrás en su silla,
mirando al embajador, con
preocupación.

—Me gustaría conocer sus razones
—dijo.
Thorn lo miró fijamente.
—Fue predicho que este embarazo
sería interrumpido —dijo— y voy a
luchar para que eso no ocurra.
El médico lo miró, sorprendido y
preocupado.
—Sé que esto puede parecer una
locura —dijo Thorn—. Tal vez, yo
esté… loco.
—¿Por qué dice eso?
Thorn lo miró con dureza y habló
con la mandíbula apretada.
—Ese embarazo debe continuar para
que yo no empiece a creer.
—¿A creer…?
—Lo que mi esposa cree. Que el
niño es…
Las palabras se detuvieron en su
garganta y Thorn se incorporó, acosado
por una sensación de urgencia. Le había
invadido una premonición. Temía que
algo estuviese por ocurrir.
—Señor Thorn…
—Perdóneme…
—Por favor, siéntese.
Con un brusco saludo de cabeza,
Thorn salió del consultorio, caminando
rápidamente hacia las escaleras que
conducían a la calle. Una vez en ella,
corrió hacia su coche, con una sensación
de pánico que crecía dentro de él,
mientras buscaba las llaves. Algo
andaba mal. Necesitaba llegar a su casa.
Pisando a fondo el acelerador, realizó
un rápido giro en forma de U y los
neumáticos chirriaron. Se dirigió hacia
la carretera. Pereford estaba a media
hora de viaje y temía, aunque no sabía
por qué, llegar tarde. Las calles de
Londres estaban colmadas con el
tránsito del mediodía. Thorn hacía sonar
el claxon, virando y pasando las luces
rojas, mientras su desesperación lo
abrumaba.
En la mansión Pereford, Katherine
también se sentía ansiosa y se ocupaba
de algunas tareas de la casa, en un
intento por aquietar su acuciante temor.
Estaba parada en el rellano del segundo
piso, regadera en mano, pensando cómo
podía llegar a las plantas que estaban
suspendidas sobre la baranda. Deseaba
regarlas, pero temía derramar el agua
sobre el piso de baldosas de la planta
baja. Detrás de ella, en su sala de
juegos, Damien jugaba con su auto,
mientras emitía el sonido de un tren
carguero, que se iba intensificando a
medida que marchaba más rápido. Sin
que Katherine pudiera verla, la señora
Baylock estaba inmóvil en un rincón
apartado del cuarto del niño, con los
ojos cerrados, como si estuviera orando.
En la carretera, los neumáticos
chirriaron ruidosamente cuando Thorn
giró en el acceso a la ruta M-40, que lo
llevaba directamente a su casa. El rostro
de Thorn estaba tenso y sus manos se
aferraban al volante; mientras el
pavimento parecía desdibujarse bajo el
vehículo, Thorn concentraba su esfuerzo
para conseguir la máxima velocidad
posible. Se desplazaba por la carretera,
como un rayo de color beige, pasando a
otros vehículos como si éstos se
hallaran parados. Thorn transpiraba
ahora y cada coche que le precedía era
como una meta que había que superar.
Hacía sonar el claxon y los demás
conductores se apartaban, dejándole
pasar como una flecha. Pensó en la
policía y miró el espejo retrovisor. Un
automóvil, negro y macizo, le seguía.
Era un coche fúnebre que iba
alcanzándole. Mientras Thorn observaba
cómo se le acercaba, sintió que su
sangre se helaba de miedo.
En Pereford, Damien dio mayor
velocidad a su automóvil de pedales,
golpeándolo como si se tratara de un
caballo de carreras. En el corredor,
Katherine se subió a un escabel. En el
cuarto de Damien, la señora Baylock
miró fijamente al niño, como si
estuviera dirigiéndolo sólo con la fuerza
de la voluntad, para que anduviera más
rápido, y el niño aceleró la marcha, con
los ojos exaltados y el rostro
transfigurado.
En su automóvil, Thorn gemía por el
esfuerzo, pisando a fondo el acelerador.
El coche fúnebre le estaba adelantando,
mientras el rostro del conductor miraba
fríamente hacia delante. El indicador de
velocidad de Thorn señaló noventa,
cien, ciento diez, pero el coche fúnebre
siguió acortando, obstinadamente,
distancias. Thorn jadeaba ahora y tenía
conciencia de que su raciocinio estaba
ofuscado, pero era incapaz de detenerse.
No podía soportar la idea de que el
coche fúnebre lo pasara. La maquinaria
de su coche gemía debajo de él, pero el
coche fúnebre seguía acercándosele.
—¡No… —gemía Thorn—, no…!
El coche fúnebre acabó por alcanzar
al de Thorn. Éste golpeaba el volante,
exigiendo a su automóvil una mayor
velocidad. Pero el coche fúnebre
consiguió adelantarle. Llevaba, en su
parte posterior, un ataúd que Thorn pudo
ver cuando el vehículo pasó junto a él.
En casa de los Thorn, Damien
aceleró más su auto de pedales, que
marchaba alocadamente por el cuarto,
mientras afuera, en el corredor,
Katherine levantaba con cuidado la
regadera, subida sobre un escabel.
En la carretera, el coche fúnebre se
adelantó de pronto, mientras Thorn
dejaba escapar un grito horripilante. En
ese instante, Damien salió como
disparado de su cuarto, chocando con su
auto contra el escabel en el que
Katherine se encontraba y del que la
derribó. Katherine gritó y trató
desesperadamente de asirse a la
baranda, mientras caía hacia atrás y
arrastraba consigo una pecera circular
que cayó también. Su grito terminó con
un repentino impacto, al que siguió un
segundo más tarde el que produjo la
pecera al romperse.
Katherine yacía ahora silenciosa y
quieta. Junto a ella, un delicado pez de
oro agonizaba sobre la baldosa fría.
Cuando Thorn llegó al hospital, los
periodistas estaban ya allí, acosándolo
con preguntas y haciendo estallar luces
de flash en sus ojos, mientras intentaba
abrirse paso desesperadamente hacia
una puerta donde se leía TERAPIA
INTENSIVA. Cuando había llegado a su
casa, encontró a la señora Baylock en
estado de histeria. Ella le dijo que
Katherine había sufrido una caída y la
habían llevado en ambulancia al
Hospital Municipal.
—¿Algún informe sobre su estado,
señor Thorn? —preguntó un periodista.
—Apártense, por favor.
—Dicen que tuvo una caída.
—Déjenme pasar.
—¿Está bien su esposa?
Atravesó una puerta doble y las
voces de los hombres de la prensa se
perdían a sus espaldas, mientras él
corría por un pasillo.
—¿Embajador Thorn?
—Sí.
Apareció un médico que caminó
rápidamente hacia él.
—Mi nombre es Becker —dijo.
—¿Cómo está? —preguntó Thorn
desesperado.
—Se recuperará. Recibió un golpe
muy fuerte. Tiene conmoción cerebral,
fractura de clavícula y algunas
hemorragias internas.
—Está embarazada.
—Me temo que no.
—¿Lo perdió? —preguntó
ansiosamente.
—En el piso donde cayó. Yo iba a
hacer un examen, pero, al parecer, la
sirvienta limpió todo antes de que
llegáramos allá.
Thorn tuvo un escalofrío y se apoyó
contra la pared.
—Naturalmente —continuó el
médico—, mantendremos en reserva los
detalles del episodio. Cuantos menos
sean los que lo sepan, mejor.
Thorn lo miró fijamente y el médico
vio que el hombre no entendía.
—¿Usted sabe que ella saltó? —dijo
el médico.
—¿Saltó?
—Desde la baranda del segundo
piso. Según tengo entendido, la vista de
su hijo y la niñera.
Thorn quedó mirándolo. Luego
volvió el rostro hacia la pared. Por la
tensión de sus hombros, el médico
comprendió que estaba llorando.
—En una caída de ese tipo —agregó
el médico— es, generalmente, la cabeza
la que golpea primero. De modo que, en
cierto sentido, puede considerarse
afortunado.
Thorn asintió con la cabeza, tratando
de contener las lágrimas.
—No debe desesperarse —agregó el
médico—. Al contrario, hay motivos
para sentirse reconfortado. Su mujer está
viva y, con la atención necesaria,
probablemente no volverá a intentarlo.
Mi propia cuñada era del tipo suicida.
Se metió en la bañera llena de agua,
portando una tostadora. Cuando oprimió
el botón, casi se electrocutó.
Thorn giró y lo miró.
—El hecho es que superó el trance y
nunca volvió a intentarlo. Ya han pasado
cuatro años y no ha habido más
problemas.
—¿Dónde está ella? —preguntó
Thorn.
—Vive en Suiza.
—Mi esposa.
—En la sala 4A. Pronto volverá en
sí.
El cuarto de Katherine estaba oscuro
y tranquilo. Una enfermera se hallaba
sentada en un ángulo, leyendo una
revista cuando entró Thorn, que se
detuvo, con el rostro demudado por la
impresión. El aspecto de Katherine era
aterrador. Tenía el rostro hinchado y
pálido. De su brazo partía un tubo que
ascendía hasta una botella de plasma. Su
otro brazo estaba enyesado formando
una curva grotesca. Parecía
inconsciente, con el rostro desprovisto
de vida.
—Está durmiendo —dijo la
enfermera.
Thorn se acercó rígidamente a su
mujer. Como si hubiese percibido la
presencia de él, Katherine lanzó un
quejido y movió lentamente la cabeza.
—¿Tiene dolores? —preguntó Thorn
con voz temblorosa.
—Está bajo los efectos del pentotal
sódico —contestó la enfermera.
Thorn se sentó junto a Katherine,
apoyó la frente en la cama y lloró. Un
momento después notó que la mano de
Katherine había tocado su cabeza.
—Robby… —murmuró ella.
Él la miró y vio que se esforzaba por
abrir los ojos.
—Kathy… —gimió Thorn,
conteniendo las lágrimas.
—No permitas que él me mate.
Y entonces cerró los ojos y se
durmió.
Thorn llegó a su casa después de
medianoche y se quedó por un largo rato
de pie en la oscuridad del vestíbulo de
la planta baja, mirando el lugar, del piso
de baldosas, donde Katherine había
caído. Se sentía aturdido, físicamente
agotado y con gran necesidad de dormir
para aliviar la tensión producida por lo
ocurrido. La vida de ellos había
cambiado ahora definitivamente. Era
como si fuesen víctimas de una
maldición.
Thorn apagó las luces de la planta
baja y estuvo parado un momento en la
oscuridad, mientras dirigía la vista hacia
el rellano de la escalera. Trató de
imaginarse a Katherine allí,
considerando la posibilidad de saltar.
¿Por qué, si deseaba de verdad acabar
con su vida, no se había arrojado desde
un balcón? Había píldoras en la casa,
hojas de afeitar, muchos medios y
formas posibles para hacerlo. ¿Por qué
así? ¿Y por qué frente a Damien y a la
señora Baylock?
Volvió a pensar en el sacerdote y en
su advertencia. “Matará al niño no
nacido mientras se forma en el vientre.
Luego matará a su esposa. Y luego,
cuando esté ya seguro de heredar todo lo
que es suyo…” Cerró los ojos, tratando
de desalojar todo eso de su mente.
Pensó en Brennan, muerto por la pértiga,
en la llamada telefónica de Jennings, en
su pánico irracional cuando el coche
fúnebre lo pasó en la carretera. El
psiquiatra tenía razón. Estaba viviendo
una etapa de tensión y su conducta lo
demostraba. Los temores de Katherine
habían hecho presa en él. Sus fantasías
eran, de alguna manera, contagiosas. No
podía permitir que siguiera ocurriendo.
Ahora más que nunca debía ser racional
y claro.
Sintiéndose físicamente débil, se
acercó a las escaleras y subió en la
oscuridad. Se iría a dormir y por la
mañana se levantaría reanimado, con
nueva energía, en condiciones de
afrontar las cosas.
Cuando llegó a la puerta de su cuarto
se detuvo, mirando a través del hall en
penumbra hacia el cuarto de Damien. El
suave resplandor de una lámpara de
noche se deslizaba por debajo de la
puerta. Thorn imaginó el rostro del niño
en la apacible inocencia del sueño.
Tuvo deseos de verlo y se acercó
lentamente al cuarto de Damien, tratando
de hallar una confirmación de que no
había nada que temer. Pero cuando
entreabrió la puerta del cuarto vio una
escena que lo hizo temblar. El niño
estaba dormido, pero no solo. A su lado
se encontraba la señora Baylock, con los
brazos entrecruzados y la mirada
perdida en el vacío. Frente a ella, se
veía la maciza silueta de un perro. Era
el perro que Thorn había pedido a la
señora Baylock que sacara de la casa.
Pero allí estaba otra vez, sentado y
atento, como haciendo guardia a su
propio hijo mientras dormía. Casi sin
aliento, Thorn cerró silenciosamente la
puerta y retrocedió por el hall, hasta
llegar a su cuarto. Y, una vez en él,
permaneció quieto, tratando de recobrar
el aliento y dándose cuenta de que
estaba temblando. De pronto, el silencio
quedó interrumpido. Estaba sonando el
teléfono y Thorn corrió al lado de la
cama, para atenderlo.
—Diga…
—Soy Jennings —dijo una voz—.
¿Recuerda, el fotógrafo a quien usted le
rompió la cámara?
—Sí.
—Vivo en la esquina de Grosvenor
y la calle Quinta, en Chelsea. Creo que
le conviene venir aquí en seguida.
—¿Qué desea?
—Algo está ocurriendo, señor
Thorn. Algo está ocurriendo que usted
debería saber.
El apartamento de Jennings estaba en
un distrito de viviendas pobres y Thorn
tuvo dificultades para encontrarlo.
Llovía, la visibilidad era mala y estaba
ya a punto de renunciar, cuando divisó
un resplandor infrarrojo en una
torrecilla a cierta altura. Jennings estaba
en la ventana y le hizo una señal con la
mano. Luego se dio cuenta de que debió
haber limpiado un poco su apartamento,
para recibir a un visitante tan
distinguido. Con el pie escondió algunas
ropas debajo de un armario y alisó la
colcha de la cama. Entonces abrió la
puerta y esperó a Thorn. El embajador
apareció sin resuello, después de
ascender cinco tramos de escalera.
—Tengo un poco de coñac, si gusta.
—No se moleste.
—Aunque no de la marca a la que
usted estará acostumbrado, seguramente.
Jennings cerró la puerta y
desapareció en una habitación, mientras
los ojos de Thorn escrutaban el cuarto
bañado sólo por un resplandor rojizo
que entraba por la puerta abierta de otro
cuarto, oscuro, del tamaño de un armario
y cuyas paredes estaban adornadas con
fotos ampliadas.
—Aquí está —dijo Jennings
mientras volvía con una botella y vasos
—. Un poco de coñac y estará en
condiciones de afrontar las cosas.
Thorn aceptó el vaso y Jennings le
sirvió la bebida. El fotógrafo se sentó en
la cama e indicó a Thorn, con un gesto,
una pila de almohadones que estaban
sobre el suelo, pero el embajador
permaneció de pie.
—¡Salud! —dijo Jennings—.
¿Quiere fumar?
Thorn negó con la cabeza, molesto
por el aire displicente de su anfitrión.
—Usted dijo que estaba ocurriendo
algo.—
Exacto.
—Me gustaría saber a qué se refería.
Jennings lo estudió cuidadosamente.
—¿Es que no lo sabe ya?
—No, no lo sé.
—Entonces, ¿por qué está aquí?
—Usted no quiso explicarse por
teléfono.
Jennings asintió con la cabeza y
apoyó su vaso en el suelo.
—No podía explicárselo porque es
algo con lo que usted tiene que ver.
—¿De que se trata?
—Son fotos —se incorporó y entró
en el cuarto oscuro, haciendo un gesto a
Thorn para que lo siguiera—. Pensé que
usted desearía primero charlar un rato.
—Estoy muy cansado.
—Bien, esto lo va a reanimar.
Encendió una pequeña lámpara que
iluminó un grupo de fotos. Thorn entró y
se sentó en un banco, junto a Jennings.
—¿Las reconoce?
Eran fotos de la fiesta. La fiesta del
cumpleaños de Damien. Fotos de niños
en el tiovivo, de Katherine mirando a la
multitud.
—Sí —replicó Thorn.
—Eche una mirada a esta foto.
Jennings cogió las primeras fotos de
la serie, dejando al descubierto una de
Chessa, la primera niñera de Damien.
Estaba de pie, sola, con su traje de
payaso. Detrás se veía la fachada de la
casa. —¿Nota algo extraño? —preguntó
Jennings.
—No.
Jennings tocó la foto, señalando con
el dedo la vaga bruma que pendía
alrededor del cuello y la cabeza de la
muchacha.
—Al principio pensé que era una
mancha —dijo Jennings—. Pero vea
cómo aparece en la siguiente.
Tomó una foto de Chessa suspendida
del techo.
—No entiendo —dijo Thorn.
—Un momento.
Jennings apartó a un lado la pila de
fotos y cogió otra pila. La primera era
una foto del pequeño sacerdote Brennan
alejándose de la embajada.
—¿Qué le parece ésta?
Thorn se volvió hacia el fotógrafo,
molesto.
—¿Dónde tomó esa foto?
—La tomé.
—Pensé que usted estaba buscando a
ese hombre. Me había dicho que estaba
emparentado con él.
—Mentí. Mire la fotografía.
Jennings tocó la foto, señalando el
apéndice brumoso que parecía
suspendido sobre la cabeza del
sacerdote.
—¿Esa “sombra” sobre la cabeza?
—preguntó Thorn.
—Sí. Ahora mire ésta. Tomada unos
diez días más tarde.
Buscó otra foto y la colocó bajo la
luz. Era una ampliación de un grupo de
personas paradas en la parte posterior
de un auditorio. No se veía el rostro de
Brennan sino solamente sus ropas
sacerdotales, pero justo encima del
lugar en donde debía estar la cabeza se
veía la misma forma oblonga suspendida
del aire.
—Supongo que es el mismo hombre.
No se ve el rostro, pero se puede ver lo
que pende sobre él.
Thorn estudió la foto, con ojos
llenos de confusión.
—Está un poco más pronunciada
esta vez —continuó Jennings—. Si uno
supone el tamaño de la cabeza, se ve
que está casi haciendo contacto con ella.
En los diez días entre la primera foto y
ésta otra, se fue acercando a la cabeza.
Sea lo que fuere, se acercó.
Thorn miró atentamente, asombrado.
Jennings retiró la foto y puso en su lugar
la que aparecía en la primer plana de los
periódicos, con el sacerdote atravesado
por la pértiga.
—¿Empieza a ver la relación? —
preguntó Jennings.
Thorn estaba perplejo. Detrás de
ellos emitió un sonido un marcador de
tiempo automático y Jennings encendió
otra luz. Al volverse, se encontró con la
mirada perturbada de Thorn.
—Yo tampoco me lo puedo explicar
—dijo Jennings—. Por eso empecé a
investigar.
Tomó una pinza y la sumergió en un
recipiente, para sacar una ampliación,
que sacudió para secarla antes de
acercarla a la luz.
—Tengo algunos amigos en la
policía. Ellos me dieron los negativos e
hice ampliaciones. El informe del
médico forense indica que estaba
minado por el cáncer. Necesitaba
constantemente morfina, que se
inyectaba dos o tres veces al día.
Cuando los ojos de Thorn se
posaron en las ampliaciones, pestañeó.
Eran tres tomas de distintas posturas del
cuerpo desnudo del sacerdote muerto.
—Externamente, su cuerpo era
completamente normal —continuó
Jennings—. Salvo por un pequeño
detalle en la parte interior de su muslo
izquierdo.
Entregó a Thorn una lupa, guiando su
mano hacia la última foto. El sacerdote
aparecía grotescamente extendido, con
los genitales y los muslos expuestos a la
vista. Thorn miró atentamente y vio la
marca. Parecía algo similar a un tatuaje.
—¿Qué es eso? —preguntó Thorn.
—Tres seis. Seiscientos sesenta y
seis.—
¿Campo de concentración?
—Eso fue lo que pensé. Pero una
biopsia demostró que literalmente se lo
tallaron en la piel. Eso no se hacía en
los campos de concentración. Se lo hizo
él mismo, supongo.
Thorn y Jennings intercambiaron una
mirada. Thorn estaba completamente
perplejo.
—Un momento —dijo Jennings y
acercó otra foto a la luz—. Éste es el
cuarto donde vivía. Un apartamento, sin
agua caliente, en el Soho. Estaba lleno
de ratas cuando entramos. Él había
dejado un trozo de carne salada, a medio
comer, sobre la mesa.
Thorn examinó la foto. Se veía una
pequeña alcoba con una mesa, una
cómoda y una cama. Las paredes estaban
cubiertas con algo de extraña textura,
que parecían trozos de papel arrugado.
De todas partes colgaban grandes
cruces.
—El apartamento estaba tal como lo
ve. Los papeles de las paredes son
páginas de la Biblia. Miles de páginas.
Cada centímetro de pared estaba
cubierto con las hojas, incluso las
ventanas. Como si hubiese querido
evitar que entrara en él algo.
Thorn estaba aturdido, observando
la extraña fotografía.
—Y también muchas cruces. Sólo en
la puerta de entrada había clavadas
cuarenta y siete.
—¿Estaba… loco…? —murmuró
Thorn.
Jennings lo miró directamente a los
ojos. —Usted sabe muy bien qué le
ocurría.
Jennings giró con su silla y abrió un
cajón, extrayendo una carpeta muy
deteriorada.
—La policía lo catalogó como un
excéntrico —dijo—. Me permitieron
revolver sus cosas y llevarme lo que
quisiera. Así es como conseguí esto.
Jennings se incorporó y fue hacia la
sala de estar, seguido por Thorn. Allí el
fotógrafo levantó la carpeta, dejando
caer su contenido sobre la mesa.
—El primer elemento es un diario
—dijo, tomando un librito, muy
manoseado, del montón—. No habla de
él, sino de usted. Sus movimientos.
Cuándo salía de su oficina, los
escenarios de sus conferencias…
—¿Puedo verlo?
—Adelante.
Thorn cogió con manos temblorosas
el librito y lentamente hojeó las páginas.
—La última anotación indica que
usted debía encontrarse con él —siguió
Jennings—. En Kew Gardens. Eso está
fechado el mismo día en que murió. Me
parece que la policía podría haber
demostrado más interés de haber sabido
eso.
Thorn levantó sus ojos, que se
encontraron con los de Jennings.
—Era un loco —dijo Thorn.
—¿Un loco?
El tono de Jennings era amenazador
y Thorn se puso en guardia.
—¿Qué quiere usted?
—¿Se encontró con él?
—No.
—Poseo más información, señor
embajador, pero usted no se enterará, a
menos que me diga la verdad.
—¿Cuál es su interés en este asunto?
—preguntó Thorn en un murmullo.
—Deseo ayudarle —contestó
Jennings—. Soy su amigo.
Thorn siguió rígido, con sus ojos
fijos en Jennings.
—Los elementos realmente
importantes están aquí —dijo Jennings
señalando la mesa—. ¿Prefiere
conversar o prefiere marcharse?
Thorn apretó los dientes.
—¿Qué quiere saber?
—¿Lo vio en el parque?
—Sí.
—¿Qué le dijo?
—Me avisó.
—¿Qué cosa?
—Dijo que mi esposa estaba en
peligro.
—¿Qué clase de peligro?
—No fue claro.
—No trate de engañarme.
—No le estoy engañando. No tenían
sentido sus palabras.
Jennings retrocedió, observando,
con mirada de duda, a Thorn.
—Era algo de la Biblia —agregó
Thorn—. Era un versículo, pero no lo
recuerdo. Pensé que estaba loco, porque
no pude entenderlo. Le estoy diciendo la
verdad. No lo recuerdo y no pude
entenderlo.
Jennings parecía escéptico, mientras
Thorn se inquietaba bajo su mirada.
—Creo que debería confiar en mí —
dijo Jennings.
—Dijo que tenía más información.
—No, hasta que usted hable más.
—No tengo nada más que decir.
Jennings asintió con la cabeza,
aceptando, y buscó entre las cosas que
había sobre la mesa. Encendió una
lamparita que pendía desnuda del
cielorraso y encontró el recorte de un
periódico, que le pasó a Thorn.
—Es de una revista que se llama
Astrologer’s Monthly . Un informe,
redactado por un astrólogo, sobre lo que
él considera un “fenómeno inusual”. Un
cometa que tomó la forma de una
estrella brillante. Como la estrella de
Belén, hace dos mil años.
Thorn estudió el artículo,
enjugándose el sudor de su labio
superior.
—Sólo que esto ocurrió en el otro
lado del mundo —continuó Jennings—.
El continente europeo. Hace cuatro
años. El 6 de junio, para ser exactos.
¿No le dice nada esa fecha?
—Sí —respondió Thorn con voz
ronca.
—Entonces reconocerá este segundo
recorte —replicó Jennings, cogiendo
otro papel del montón—. Corresponde a
la última página de un periódico de
Roma.
Thorn lo cogió y lo reconoció de
inmediato. Katherine lo tenía en su
cuaderno de recortes.
—Es el anuncio del nacimiento de su
hijo. Eso también ocurrió el 6 de junio,
hace cuatro años. Yo llamaría a eso una
coincidencia, ¿verdad?
Las manos de Thorn temblaban
ahora. Los papeles se agitaban tanto que
no podía leerlos.
—¿Su hijo nació a las seis de la
mañana?
Thorn se volvió hacia Jennings, con
los ojos llenos de angustia.
—Estoy tratando de descifrar la
marca que aparece en el muslo del
sacerdote. Los tres 6. Creo que tiene
relación con su hijo. El sexto mes, el
sexto día…
—Mi hijo ha muerto —estalló Thorn
—. ¡Mi hijo está muerto! ¡No sé de
quién es hijo el niño que estoy criando!
Se llevó las manos a la cabeza y giró
hacia la oscuridad, respirando en forma
anhelante, mientras Jennings lo
observaba.
—Si no le molesta, señor Thorn —
dijo Jennings con calma—, me gustaría
ayudarlo a investigar.
—No —gruñó Thorn—. Éste es mi
problema.
—Se equivoca, señor —replicó
Jennings con tristeza—. Es mi problema,
también.
Thorn se volvió hacia el fotógrafo y
sus ojos se encontraron. Jennings fue
lentamente hacia el cuarto oscuro y
reapareció con una última foto en las
manos. Se la pasó a Thorn.
—Había un pequeño espejo en un
rincón del cuarto del sacerdote —dijo
Jennings con dificultad—. Ocurrió que
capté mi propia reflexión en él cuando
tomé una de las fotos.
Los ojos de Thorn se posaron en la
foto y su rostro denotó alarma.
—Un efecto poco frecuente —dijo
Jennings—. ¿No le parece?
Acercó la lamparita a Thorn, para
que éste pudiera ver mejor. Allí, en la
fotografía del cuarto de Brennan, había
un pequeño espejo, en un rincón
apartado, que reflejaba a Jennings con la
cámara frente al rostro. No había nada
de extraño en el hecho de que un
fotógrafo tome su propia reflexión en un
espejo, pero en este caso había algo que
faltaba. Era el cuello de Jennings. La
cabeza estaba separada del cuerpo por
una mancha brumosa.
10
A la mañana siguiente, la noticia del
accidente de Katherine facilitó a Thorn
excusarse de sus obligaciones por unos
días. Comunicó, a su personal, que se
marcharía a Roma, a buscar un
especialista traumatólogo para su
esposa. En realidad, se marchaba con
una misión diferente. Después de
contarle toda la historia a Jennings, éste
lo convenció de que comenzara por el
principio, que volviera al hospital
donde Damien había nacido. Allí
comenzarían a reconstruir el
rompecabezas.
El viaje se arregló rápidamente y se
consiguió que fuese reservado. Thorn
alquiló un avión privado para partir de
Londres y llegar a Roma, aterrizando en
pistas bloqueadas al acceso público. En
las horas que precedieron a la partida,
Jennings se ocupó de buscar material de
investigación: varias versiones de la
Biblia y tres libros sobre ocultismo.
Thorn volvió a Pereford a preparar su
equipaje, incluido un sombrero para
ocultar su identidad.
En Pereford las cosas estaban
extrañamente tranquilas. Mientras Thorn
deambulaba por la casa desierta notó
que la señora Horton no se veía por
ninguna parte. Tampoco su marido. Los
automóviles estaban estacionados en el
garaje.
—Los dos se fueron —dijo la
señora Baylock cuando Thorn entró en
la cocina.
La mujer estaba trabajando junto al
fregadero, cortando verduras tal como
hacía siempre la señora Horton.
—¿Salieron? —preguntó Thorn.
—Se marcharon. Para siempre.
Dejaron una dirección para que usted les
envíe los salarios del último mes.
Thorn quedó sorprendido.
—¿Dijeron por qué se marchaban?
—preguntó.
—No importa, señor. Yo puedo
arreglarme.
—Deben haber dado una razón.
—A mí no, señor. Pero ellos no
hablaban demasiado conmigo. Fue el
marido el que insistió en marcharse.
Creo que la señora Horton quería
quedarse.
Thorn la miró con ojos preocupados.
Le preocupaba mucho, en efecto, dejarla
sola en la casa, con Damien. Pero no
había otra solución. Debía irse.
—¿Puede hacerse cargo de la casa,
si me voy por unos pocos días?
—Creo que sí, señor. Tenemos
alimentos suficientes para un par de
semanas y creo que al niño va a
encantarle la tranquilidad en la casa.
Thorn asintió con la cabeza y ya se
retiraba cuando dijo:
—¿Señora Baylock?
—¿Señor?
—Ese perro.
—Oh, lo sé, señor, hoy mismo me lo
llevaré.
—¿Por qué está aún aquí?
—Lo llevamos al campo y lo
soltamos, pero encontró el camino de
regreso. Estaba en la puerta, anoche,
después de… bien, después del
“accidente”, y el niño estaba muy
conmovido y preguntó si podía tenerlo
en su cuarto. Le dije que a usted no le
iba a gustar, pero en estas circunstancias
pensé…
—Quiero que lo saque de aquí.
—Sí, señor. Llamaré hoy mismo a la
Sociedad Protectora de Animales.
Thorn dio media vuelta para
marcharse.
—¿Señor Thorn?
—Sí.
—¿Cómo está su esposa?
—Reacciona bien.
—Mientras usted no esté, ¿puedo
llevar al niño a verla?
Thorn se quedó estudiando a la
mujer, mientras ella cogía una toalla de
la cocina y empezaba a secarse las
manos. Era el cuadro mismo de la
domesticidad y Thorn, de pronto, no
pudo comprender por qué le disgustaba
tanto. —Prefiero que no. Yo mismo lo
llevaré cuando vuelva.
—Muy bien, señor.
Se saludaron mutuamente con un
gesto de la cabeza y Thorn partió,
conduciendo su propio automóvil hasta
el hospital. Allí conversó con el doctor
Becker. El doctor le informó de que
Katherine estaba despierta y se sentía
tranquila. Preguntó si daba su
autorización para que la viera un
psiquiatra y Thorn le dio el número de
teléfono de Charles Greer. Luego fue al
cuarto de Katherine. Ella sonrió
débilmente cuando lo vio.
—Hola —dijo él.
—Hola —murmuró ella.
—¿Te sientes mejor?
—Algo.
—Dicen que te vas a poner muy
bien.—
Estoy segura.
Thorn acercó una silla y se sentó
junto a su mujer. Estaba impresionado
por la belleza de Katherine, aun en ese
estado. El sol entraba por la ventana,
iluminando suavemente su cabello.
—Se te ve bien —dijo ella.
—Estaba pensando en ti —replicó
él.
—Debo parecer una visión —sonrió
ella.
Él le cogió una mano y la sostuvo.
Los dos se miraban a los ojos.
—Tiempos extraños —dijo ella
suavemente.
—Sí.
—¿Se irá a arreglar todo alguna
vez?
—Creo que sí.
Katherine sonrió con tristeza y Thorn
echó hacia atrás un mechón de pelo que
caía sobre uno de los ojos de ella.
—Somos buena gente, ¿verdad,
Robert? —preguntó Katherine.
—Creo que sí.
—¿Entonces por qué todo anda mal?
Él sacudió la cabeza, incapaz de
contestar.
—Si fuéramos gente mala —dijo
ella serenamente—, entonces yo diría:
“Está bien. Tal vez esto sea lo que
merecemos.” Pero ¿qué mal hemos
hecho? ¿Qué mal hemos hecho nunca?
—No sé —respondió él con tono
ronco.
Ella parecía tan vulnerable e
inocente que Thorn se sintió invadido
por la emoción.
—Estarás segura aquí —murmuró—.
Me voy a ir por unos pocos días.
Ella no mostró ninguna reacción, ni
siquiera le preguntó adónde se
marchaba.
—Trabajo profesional —dijo él—.
Algo que no puedo evitar.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres días. Te llamaré a diario.
Ella asintió con la cabeza y él se
incorporó lentamente, inclinándose para
besar suavemente la mejilla lastimada y
pálida de Katherine.
—¿Robby?
—¿Sí?
—Dicen que salté.
Ella lo miró con fijeza, con sus ojos
animados por una expresión infantil.
—¿Es eso lo que te dijeron? —
preguntó.
—Sí.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—No sé —murmuró Thorn—. Eso
es lo que tenemos que descubrir.
—¿Estoy loca? —preguntó ella,
simplemente.
Thorn la miró y luego sacudió la
cabeza lentamente.
—Tal vez todos lo estemos —
replicó.
Ella se incorporó un poco en la
cama y él volvió a inclinarse para
acercar su rostro al de ella.
—Yo no salté —murmuró ella—.
Damien me empujó.
Se produjo un largo silencio y Thorn
salió lentamente del cuarto.
El Lear Jet de seis plazas estaba
ocupado únicamente por Thorn y
Jennings, y mientras atravesaba el
oscuro cielo hacia Roma el ambiente
dentro del aparato era silencioso y
tenso. Jennings tenía todos sus libros
dispersos a su alrededor e incitaba a
Thorn a recordar todo lo que Brennan le
había dicho.
—No puedo —replicó Thorn con
angustia—. Todo es un recuerdo vago.
—Empiece por el principio. Dígame
todo lo que pueda.
Thorn volvió a narrar su primer
encuentro con el sacerdote y cómo éste
lo había seguido, consiguiendo por
último acorralarlo y pedirle la cita en el
parque. Y en ese encuentro, el segundo,
había recitado el versículo.
—Dijo… algo que surge del mar…
—Thorn balbuceaba mientras se
esforzaba por recordar—. Acerca de la
muerte… y ejércitos… y el Imperio
Romano…
—Tiene que esforzarse y recordar
mejor.
—Yo estaba perturbado. ¡Pensé que
él estaba loco! No lo escuché realmente.
—Sí que lo escuchó. Lo oyó. ¡Tiene
la clave de esto, así que dígamela!
—¡No puedo!
—Esfuércese.
Thorn se sentía muy confuso y cerró
los ojos, forzando su mente en una
dirección que se negaba a seguir.
—Recuerdo… que me pidió que
tomara la comunión. Beba la sangre de
Cristo. Eso es lo que dijo. Beba la
sangre de Cristo…
—¿Para qué?
—Para derrotar al hijo del Demonio.
Me dijo que bebiera la sangre de Cristo,
para derrotar al hijo del Demonio.
—¿Qué más? —lo urgió Jennings.
—Un anciano. Algo acerca de un
anciano…
—¿Qué anciano?
—Dijo que debía ver a un anciano.
—Siga…
—No puedo recordar…
—¿Le dio un nombre?
—M… Megdo. Megdo. Meguido.
No, ése era el pueblo.
—¿Qué pueblo? —insistió Jennings.
—El pueblo al que dijo que yo debía
ir. Meguido. Estoy seguro de que es ése
el nombre. Allí es donde dijo que debía
ir.
Jennings buscó ansiosamente en su
portafolios y sacó un mapa.
—Meguido —balbuceaba—.
Meguido…
—¿Lo oyó mencionar? —preguntó
Thorn.
—Apostaría a que es en Italia.
No era así. Tampoco aparecía en
ninguna lista de otros países europeos.
Jennings estudió su mapa por más de
media hora, antes de cerrarlo y sacudir
la cabeza con desaliento. Miró a Thorn y
vio que el embajador se había quedado
dormido. No lo despertó, sino que se
dedicó a sus libros de ocultismo.
Mientras el pequeño avión atravesaba el
cielo de medianoche, Jennings se
enfrascó en las profecías de la segunda
venida de Cristo. Estaba vinculada con
la venida del Anticristo, el Maligno, la
Bestia, el Mesías Salvaje:
… y a esta tierra viene el
Salvaje Mesías, el hijo de
Satán, en forma humana,
engendrado mediante la
violación de una bestia de
cuatro patas. Así como el joven
Cristo difundió el amor y la
generosidad, el Anticristo
difundirá el odio y el temor…
recibiendo sus mandamientos
directamente del Infierno.
El avión aterrizó con una sacudida.
Jennings recogió sus libros, que cayeron
en torno de él. Estaba lloviendo en
Roma y los truenos retumbaban
ominosamente sobre ellos.
Atravesando rápidamente el vacío
aeropuerto, se acercaron a un coche de
alquiler que los esperaba. Jennings se
adormeció mientras avanzaban
lentamente, bajo el aguacero, hacia el
otro lado de la ciudad. Thorn
permaneció en acongojado silencio
mientras pasaban frente a las iluminadas
estatuas de Vía Véneto, porque
recordaba que él y Katherine, cuando
eran jóvenes y estaban llenos de
esperanzas, habían vagado, cogidos de
la mano, por esas mismas calles. Eran
inocentes y estaban enamorados.
Recordaba su perfume y el sonido de su
risa. Habían descubierto Roma de la
misma manera que Colón había
descubierto América. La reclamaban
como propia. Habían hecho el amor, por
la tarde, allí. Ahora, mientras Thorn
contemplaba la noche, se preguntaba si
volverían a hacer el amor alguna vez.
—Ospedale Generale —dijo el
conductor cuando detuvo bruscamente el
vehículo.
Jennings se despertó y Thorn escrutó
el lugar a través de la ventanilla. En su
rostro había un gesto de confusión.
—No es aquí —dijo.
—Sí. Ospedale Generale.
—No, era viejo y de ladrillos,
recuerdo.
—¿Es la dirección correcta? —
preguntó Jennings.
—Ospedale Generale —repitió el
conductor.
—E differente —insistió Thorn en
italiano.
—¡Ah! —replicó el hombre—.
Fuoco. Tre anni più o meno.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó
Jennings.
—Fuego —replicó Thorn—. Fuoco
es fuego.
—Sí —agregó el conductor—. Tre
anni. —¿Qué ocurrió con el fuego? —
preguntó Jennings.
—Al parecer, el viejo hospital se
incendió. Ha sido reconstruido.
—Tre anni più o meno. Molte
vittime.
Thorn miró a Jennings.
—Hace tres años. Molte vittime.
Muchas víctimas.
Pagaron al hombre y le pidieron que
esperara. Se negó en principio, pero
luego, al ver la clase de dinero que le
entregaban, aceptó prontamente. Thorn
le dijo en un italiano defectuoso que
deseaban se quedara con ellos hasta que
partieran de Roma. El hombre deseaba
ir a avisar por teléfono a su esposa, pero
prometió que volvería.
En cuanto entraron en el hospital, se
vieron frustrados. Como ya era muy
tarde, el personal se había marchado,
hasta la mañana siguiente. Jennings
empezó a moverse por su cuenta,
buscando a alguien que tuviera
autoridad, mientras Thorn encontraba a
una monja de habla inglesa que le
confirmó que el incendio de hacía tres
años había reducido el edificio a meras
ruinas.
—Seguramente no habrá destruido
todo —comentó Thorn—. Deben existir
registros…
—Yo no estaba aquí —respondió
ella—. Pero dicen que el incendio lo
destruyó todo.
—¿Es posible que algunos de los
papeles estuvieran guardados en otra
parte? —No sé.
Thorn hizo un gesto que delataba su
frustración, mientras la monja se encogía
de hombros, sin poder ofrecer más
información.
—Vea —dijo Thorn—. Esto es
importante para mí. Adopté un niño
aquí, y estoy buscando algún registro de
su nacimiento.
—Aquí no se realizaban adopciones.
—Hubo una. No fue una adopción
real.—
Se equivoca. Nuestras adopciones
se realizan por intermedio de una
institución oficial.
—¿Existen registros de nacimientos?
¿Llevan registros, en alguna parte, de los
niños nacidos aquí?
—Sí, por supuesto.
—Tal vez si yo le diera una fecha…
—No vale la pena —interrumpió
Jennings.
Thorn se volvió y vio que Jennings
se acercaba con rostro desesperanzado.
—El fuego se inició en la Sala de
Registros, en el subsuelo. Todos los
papeles estaban allí. Ardió como una
antorcha. El fuego trepó por las
escaleras… el tercer piso se convirtió
en un infierno.
—¿El tercer piso…?
—La sala-cuna y la maternidad —
asintió Jennings con la cabeza—. Sólo
quedaron cenizas.
Thorn se apoyó pesadamente contra
la pared, abatido.
—Si me disculpan… —dijo la
monja.
—Espere —rogó Thorn—. ¿Qué
ocurrió con el personal? Seguramente
algunos habrán sobrevivido.
—Sí, algunos.
—Había un hombre alto. Un
sacerdote. Un hombre gigantesco.
—¿Se llamaba Spilletto?
—Sí —replicó Thorn en tono
excitado—. Spilletto.
—Era el jefe de personal —agregó
la monja.
—Sí, tenía este cargo. ¿Él ha…?
—Se salvó.
El corazón de Thorn dio un salto de
esperanza.
—¿Está aquí?
—No.
—¿Dónde está?
—En un monasterio de Subiaco.
Muchos de los que sobrevivieron fueron
llevados allá. Algunos murieron en ese
monasterio. El padre Spilletto pudo
haber muerto, pero se salvó del
incendio. Se decía, lo recuerdo, que era
un milagro que no hubiese muerto.
Estaba en el tercer piso en el momento
del incendio.
—¿Subiaco? —preguntó Jennings.
La monja asintió con la cabeza.
—El monasterio de San Benedetto.
Corrieron hacia el coche y se
lanzaron sobre los mapas de Jennings.
Subiaco estaba en la región meridional
de Italia. Para llegar allí deberían viajar
toda la noche. El conductor del coche se
quejó, pero le dieron más dinero.
Trazaron la ruta, con lápiz rojo, para
que pudiera seguirla mientras ellos
dormían. Pero estaban demasiado
excitados para dormir y se dedicaron a
los libros de Jennings, que estudiaron a
la débil luz interior del coche, que
marchaba rápidamente por el campo
italiano.
—Maldito sea… —murmuró
Jennings mientras hojeaba una Biblia—.
Aquí está.
—¿Qué es?
—Está todo aquí en la Biblia. En el
maldito Apocalipsis. Cuando los judíos
regresen a Sión…
—Eso era —lo interrumpió Thorn,
excitado—. El versículo. Cuando los
judíos regresen a Sión. Luego, algo
sobre un cometa…
—Eso también está aquí —dijo
Jennings, mientras señalaba otro libro
—. Una lluvia de estrellas y el
surgimiento del Sacro Imperio Romano.
Se supone que ésos son los sucesos que
indican el nacimiento del Anticristo. El
hijo mismo del Demonio.
El coche seguía su marcha y ellos
continuaron leyendo. Thorn buscó en su
portafolios el texto interpretativo que en
una ocasión utilizara para preparar un
discurso en el que citaba fragmentos de
la Biblia. El libro les brindó la claridad
que necesitaban para interpretar los
símbolos de las Sagradas Escrituras.
—De modo que los judíos han
regresado a Sión —afirmó Jennings,
cuando ya la mañana se acercaba— y ha
habido un cometa. En cuanto al
surgimiento del Sacro Imperio Romano,
los estudiosos creen que eso muy bien
puede interpretarse como la formación
del Mercado Común.
—Un tanto aventurado… —
consideró Thorn.
—Entonces, ¿qué le parece esto? —
preguntó Jennings, abriendo uno de sus
libros—. El Apocalipsis dice: “Él
surgirá del Mar Eterno.”
—Eso también es parte del
versículo. El versículo de Brennan —
Thorn fijó la mirada, tratando de
recordar—. Del Mar Eterno, él se
levanta… con ejércitos en cada orilla.
Así es como empezaba.
—Estuvo citando el Apocalipsis
todo el tiempo. El versículo fue tomado
de ese libro.
—Del Mar Eterno, Él se levanta…
—Thorn se esforzaba por recordar más.
—Aquí está la clave, Thorn —dijo
Jennings, señalando su libro—. Dice
que el Centro de Ciencias Teológicas
Universales ha interpretado “Mar
Eterno” como el mundo de la política.
El Mar que brama continuamente con los
tumultos y las revoluciones.
Jennings miró fijo a Thorn.
—El hijo del Demonio surgirá del
mundo de la política —declaró.
Thorn no respondió y sus ojos se
volvieron hacia el paisaje, que se iba
aclarando lentamente.
El monasterio de San Benedetto se
hallaba en un estado semirruinoso, pero
la maciza fortaleza de piedra
conservaba su vigor y su dignidad,
aunque los elementos que la constituían
empezaban a desmoronarse. Durante
siglos había estado erigido sobre su
montaña en el sur de Italia, soportando
muchos embates. A principios de la
Segunda Guerra Mundial, todos los
monjes que lo habitaban fueron muertos
por las fuerzas alemanas invasoras, que
lo utilizaron como cuartel central. En
1946 fue atacado por los propios
italianos, como castigo por las
atrocidades que en él se habían
cometido.
Sin embargo, a pesar de todos los
embates terrenales, San Benedetto era un
lugar santo. De apariencia severa y
gótica, sobre su montaña, el sonido de la
plegaria religiosa había atravesado sus
paredes durante siglos, elevándose
desde las bóvedas de la Historia misma.
Cuando el pequeño coche salpicado
de barro se acercó al camino que
bordeaba su enorme frontispicio, los
pasajeros estaban dormidos. El
conductor debió volverse y sacudirlos
para despertarlos.
—¡Signori!
Mientras Thorn empezaba a
reaccionar, Jennings bajó el cristal de su
ventanilla y aspiró el aire de la mañana,
observando el paisaje fresco y húmedo.
—San Benedetto —masculló el
cansado conductor.
Thorn se frotó los ojos y miró hacia
el monasterio, cuyo contorno se
destacaba contra el tono rojizo violento
del cielo de la mañana.
—Mire eso… —murmuró Jennings,
sorprendido por la grandiosidad del
edificio.
—¿No podemos acercarnos más? —
preguntó Thorn al conductor.
El hombre sacudió la cabeza.
—Parece que no —afirmó Jennings.
Dieron instrucciones al conductor
para que estacionara y durmiera un poco
y empezaron la marcha a pie. Pronto se
encontraron metidos hasta la cintura
entre altos pastos que humedecían las
perneras de sus pantalones, hasta la
altura del muslo. El camino era duro y
no estaban vestidos para hacerlo. Sus
ropas eran un obstáculo para el esfuerzo
que les exigía cruzar el campo.
Jadeando en el abrumador silencio,
Jennings se detuvo para preparar su
cámara y cogió medio rollo de fotos.
—¡Increíble! —murmuraba—.
¡Increíble!
Thorn miró hacia atrás, con
impaciencia, y Jennings corrió para
alcanzarlo. Juntos siguieron avanzando,
escuchando el sonido de su respiración
en la calma de la mañana y el lejano
canto que llegaba, como un gemido
constante, desde el interior del edificio.
—Hay mucha tristeza aquí —
comentó Jennings cuando llegaron a la
entrada—. Escuche. Escuche el dolor.
Resultaba aterrador. El monótono
canto parecía emanar de las paredes
mismas de los corredores y arcadas de
piedra por los que ellos caminaban
lentamente, mirando a su alrededor para
tratar de localizar el lugar de donde
llegaba la oración.
—Por aquí, creo —dijo Jennings,
señalando un largo corredor—. Mire el
barro.
Más adelante, el piso estaba
marcado con un sendero. Con el paso de
los siglos, el movimiento de los pies
había desgastado la roca, creando un
vertedero al que fluía el agua en las
épocas de grandes lluvias. Conducía
hacia una enorme rotonda de piedra,
resguardada por pesadas puertas de
madera. Cuando ellos se acercaron,
lentamente, el canto pareció aumentar su
intensidad. Al abrir las puertas, miraron
con pavor la visión que se les ofrecía.
Era como si hubieran entrado en la Edad
Media. La presencia de Dios, de
santidad espiritual, podía sentirse como
si fuera algo físico y vivo. El ambiente
era grandioso y antiguo. Unos escalones
de piedra llevaban a un espacioso altar
en el que había una maciza cruz de
madera con la figura de Cristo esculpida
en piedra. La rotonda estaba formada
por bloques de piedra sostenidos por
vigas que se unían en el centro de un
cielorraso, en forma de cúpula, abierto
en su parte superior. En ese momento,
entraba un haz de luz por el hueco, que
iluminaba la figura de Cristo.
—Esto es todo —murmuró Jennings
—. Un lugar de veneración.
Thorn asintió con la cabeza y sus
ojos escrutaron todo el ámbito,
deteniéndose en un grupo de monjes
encapuchados, arrodillados entre los
bancos, que oraban. El canto era
emotivo y enervante. Se elevaba y luego
empezaba a decaer, pero parecía
renovarse cada vez que llegaba a su
punto más bajo. Jennings quitó la funda a
su fotómetro y trató de hacer su lectura,
pese a la penumbra del lugar.
—Guarde eso —murmuró Thorn.
—Debí haber traído el flash.
—Le dije que lo guarde.
Jennings clavó la mirada en Thorn,
pero le obedeció. Thorn estaba muy
conmovido y sus rodillas temblaban,
como si le indicaran que debía
arrodillarse y orar.
—¿Se siente bien? —murmuró
Jennings.
—Soy católico —replicó Thorn con
su voz queda.
Entonces su rostro se endureció
mientras sus ojos se clavaban en algo
que estaba entre las sombras. Jennings
siguió su mirada y también él lo vio. Era
una silla de ruedas, en la que estaba la
pesada figura de un hombre. A
diferencia de los otros, que estaban de
rodillas y con las cabezas agachadas, el
hombre de la silla de ruedas estaba
sentado, con el torso erguido. Su cabeza
estaba ladeada y tenía los brazos sobre
el regazo, como paralizados.
—¿Es él? —susurró Jennings.
Thorn asintió con la cabeza. Sus
ojos aparecían desorbitados por la
aprensión. Los dos hombres se fueron
acercando para poder ver mejor.
Jennings pestañeó cuando pudo ver los
rasgos del sacerdote. La mitad del rostro
parecía literalmente fundida. Su ojo,
opaco, miraba ciegamente hacia delante.
También la mano derecha estaba
deformada grotescamente y asomaba,
bajo la manga de arpillera, como un
muñón liso y brillante.
—No sabemos si ve ni si oye —dijo
el monje que estaba junto a Spilletto en
el patio del monasterio—. Desde el
incendio no ha pronunciado sonido
alguno.
Estaban en lo que una vez fuera un
jardín, ahora arruinado y cubierto de
trozos de estatuas. Al fin del servicio, el
monje había empujado la silla de ruedas
de Spilletto, y los dos hombres lo habían
seguido, acercándose sólo cuando
estuvieron apartados del resto.
—Lo alimentan y lo cuidan los
hermanos —continuó el monje— y
rogamos por su recuperación cuando su
penitencia se haya cumplido.
—¿Penitencia? —preguntó Thorn.
El monje asintió con la cabeza.
—Desdichado el pastor que
abandona a sus ovejas. Que su brazo
derecho se debilite y su ojo derecho
pierda la vista.
—¿Ha perdido la gracia? —
preguntó Thorn.
—Sí.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Por abandonar a Cristo.
Thorn y Jennings intercambiaron una
mirada de entendimiento.
—¿Cómo sabe usted que él ha
abandonado a Cristo? —le preguntó
Thorn al monje.
—Por la confesión.
—Pero él no habla.
—Confesión escrita. Puede hacer
algún movimiento con su mano
izquierda.
—¿Qué clase de confesión? —
insistió Thorn.
El monje hizo una pausa.
—¿Puedo preguntarle el porqué de
sus preguntas?
—Es de importancia vital —replicó
Thorn con ansiedad—. Le ruego que nos
ayude. Hay una vida en juego.
El monje estudió el rostro de Thorn
y entonces asintió.
—Vengan conmigo.
La celda de Spilletto era muy austera
y sólo contenía un colchón de paja y una
mesa de piedra. Como la rotonda, tenía
una claraboya abierta que permitía
entrar la luz y también la lluvia. En el
suelo había un charco de agua de la
lluvia de la noche anterior. Thorn
observó que el jergón estaba húmedo y
se preguntó si todos sufrirían la misma
incomodidad o si ésa era parte de la
penitencia particular de Spilletto.
—Está dibujada sobre la mesa —
dijo el monje cuando entraron—. La
escribió con carbón.
La silla de ruedas de Spilletto crujió
cuando se desplazó sobre las piedras
desiguales. Se reunieron alrededor de la
pequeña mesa, observando el extraño
símbolo que el sacerdote había trazado.
—Lo hizo en cuanto llegó aquí —
dijo el sacerdote—. Dejamos el carbón
sobre la mesa, pero no ha vuelto a
dibujar.
Era una grotesca figura, trazada
rudimentariamente, como un dibujo
infantil. Aparecía inclinada y deforme y
la cabeza estaba rodeada por una línea
semicircular. Lo que llamó de inmediato
la atención de Jennings fueron los tres
números que rodeaban el semicírculo
sobre la cabeza de la figura. Eran tres 6.
Como los de la marca en el muslo de
Brennan.
—Notarán la línea curva sobre la
cabeza —dijo el monje—. Representa la
capucha de un monje, su propia capucha.
—¿Es un autorretrato? —preguntó
Jennings.
—Creo que sí.
—¿Y los 6?
—Seis es el signo del Demonio —
respondió el monje—. Siete es el
número perfecto, el número de Jesús.
Seis es el signo de Satán.
—¿Por qué aparece tres veces? —
preguntó Jennings.
—Creemos que significa la Trinidad
Diabólica. El Demonio, el Anticristo y
el Falso Profeta.
—Padre, Hijo y Espíritu Santo —
observó Thorn.
El monje asintió.
—Frente a todo lo santo hay algo
profano. Es la esencia de la tentación.
—¿Por qué usted considera esto una
confesión? —preguntó Jennings.
—Es, como usted dice, un
autorretrato. O así lo creemos. Está
rodeado simbólicamente por el
triunvirato del Infierno.
—¿De modo que usted no conoce,
específicamente, el acto que él confiesa?
—Los detalles no son importantes
—replicó el monje—. Lo que importa es
que desea arrepentirse.
Jennings y Thorn intercambiaron una
larga mirada. El rostro de Thorn
mostraba frustración.
—¿Puedo hablarle? —preguntó
Thorn.
—No servirá de nada.
Thorn observó a Spilletto y tembló
ante la vista del rostro helado y
brillante.
—Padre Spilletto —dijo con firmeza
—, mi nombre es Thorn.
El sacerdote miraba en silencio,
hacia arriba, sin moverse, sin oír.
—No vale la pena —aconsejó el
monje.
Pero no era fácil disuadir a Thorn.
—Padre Spilletto —repitió—. Hubo
un niño. Quiero saber de dónde vino.
—Por favor, signor —rogó el
monje.
—¡Usted se lo confesó a ellos! —
gritó Thorn—. ¡Ahora confiésemelo a
mí! ¡Quiero saber de dónde vino el niño!
—Tendré que pedirle que…
—¡Padre Spilletto! ¡Escúcheme!
¡Contésteme!
El monje intentó llegar hasta la silla
de Spilletto, pero Jennings le bloqueó el
paso.
—¡Padre Spilletto! —gritó Thorn,
junto al rostro mudo e inmóvil—. ¡Se lo
ruego! ¿Dónde está ella? ¿Quién era
ella? ¡Por favor! ¡Contésteme ahora!
Y, de pronto, se estremecieron
porque el aire en torno de ellos resonó
cuando las campanas de la torre de la
iglesia empezaron a tañer. Era
ensordecedor. Thorn y Jennings se
estremecían, mientras el sonido hacía
eco en la pared de piedra del
monasterio. La mano del sacerdote
estaba comenzando a temblar y a
levantarse lentamente.
—¡El carbón! —gritó Thorn—.
¡Dele el carbón!
La mano de Jennings se movió
rápidamente para tomar el trozo de
carbón que estaba en la mesa y
colocarlo en la temblorosa mano.
Mientras las campanas seguían tañendo,
la mano del sacerdote hacía
movimientos espasmódicos sobre la
piedra, formando torpes letras que
ondulaban con cada tañido
ensordecedor.
—¡Es una palabra! —exclamó
Jennings con gran excitación—. C…
E… R…
El sacerdote temblaba intensamente,
mientras se esforzaba por continuar. El
dolor del esfuerzo se evidenció cuando
su boca desfigurada se abrió, emitiendo
un quejido casi animal.
—¡Siga! —lo urgió Thorn.
—V… —leía Jennings—, E… T…
De pronto, las campanas cesaron de
sonar; el sacerdote dejó caer el carbón,
de entre sus temblorosos dedos, y apoyó
su cabeza sobre el respaldo de la silla.
Exhausto, sus ojos miraban hacia arriba
y su rostro estaba bañado en sudor.
Cuando el sonido se desvaneció en
torno de ellos, quedaron en silencio,
mirando la palabra garabateada en la
mesa.—
¿Cervet…? —preguntó Thorn.
—Cervet —repitió Jennings.
—¿Es eso italiano?
Se volvieron hacia el monje, que
miró la palabra y luego, con ojos
confundidos a Spilletto.
—¿Significa algo para usted? —
preguntó Thorn.
—Cerveteri —replicó el monje—.
Creo que es Cerveteri.
—¿Qué es eso? —preguntó Jennings.
—Es un antiguo cementerio. De los
tiempos de los etruscos. Cimitero di
Sant’Angelo.
El cuerpo rígido del sacerdote
volvió a temblar. Spilletto gimió, como
si tratara de hablar. Pero luego quedó
silencioso y su cuerpo se relajó cuando
se rindió a sus limitaciones.
Thorn y Jennings miraron al monje,
que sacudió la cabeza entristecido.
—No hay más que ruinas en
Cerveteri. Los restos del altar de
Techulca.
—¿Techulca? —preguntó Jennings.
—El dios demonio etrusco. Los
etruscos eran adoradores del demonio.
Su cementerio era lugar de sacrificios.
—¿Por qué habrá escrito ese
nombre? —preguntó Thorn.
—No lo sé.
—¿Dónde queda ese lugar? —
preguntó Jennings.
—No hay nada allí, signor, excepto
tumbas… y unos pocos perros salvajes.
—¿Dónde está? —repitió Jennings
con insistencia.
—El conductor de su coche debe
saberlo. Tal vez a unos cincuenta
kilómetros al norte de Roma.
Fue difícil despertar al conductor
del automóvil. Luego, Thorn y Jennings
debieron esperar hasta que el hombre
defecó en el campo, junto al camino.
Estaba disgustado ahora y lamentaba
haber aceptado el trabajo, en especial
desde que se enteró del lugar adonde
deseaban ir. Cerveteri era un lugar que
evitaban los hombres temerosos de
Dios. Además, no llegarían hasta
después de medianoche.
La tormenta que se cernía sobre
Roma se había extendido hacia fuera, y
las fuertes lluvias entorpecían el viaje
cuando abandonaron la carretera
principal y pasaron a una ruta más
antigua que estaba llena de barro y de
baches. El coche vaciló cuando su rueda
trasera izquierda se deslizó en un surco,
y todos debieron descender para
empujarlo. Cuando volvieron a sentarse
en el vehículo, estaban empapados y
temblaban de frío. Jennings miró su reloj
y vio que eran cerca de las doce de la
noche. Fue su último pensamiento antes
de quedarse dormido. Cuando se
despertó varias horas más tarde, se dio
cuenta de que el coche no se movía y de
que todo estaba en silencio. Thorn
estaba dormido a su lado, envuelto en
una manta. Del conductor, sólo podía
divisar los zapatos embarrados, porque
se había tendido en el asiento delantero
y roncaba.
Jennings manipuló la manecilla de la
portezuela y salió a la noche, vacilando
hasta alcanzar un grupo cercano de
arbustos, donde orinó. Faltaba poco
para el amanecer y el cielo estaba
empezando a mostrar las primeras
señales de luz. Jennings parpadeó
repetidas veces, tratando de ver entre
las sombras que lo rodeaban.
Lentamente, comprendió que habían
llegado a Cerveteri. Frente a él había un
cerco formado con espigones de hierro,
e inmediatamente detrás se percibían los
contornos de las lápidas bajo el cielo
que se iba iluminando.
Volvió hacia el coche y miró a
Thorn. Luego miró su reloj. Faltaban
diez minutos para las cinco. Caminando,
sin hacer ruido, hasta la portezuela del
conductor, pasó el brazo y quitó las
llaves del contacto, y luego fue hasta el
maletero, que abrió cuidadosamente,
levantando después la tapa, que se
movió con un chirrido. Pero el ruido no
despertó a los hombres que dormían.
Jennings, en la oscuridad, buscó su
cámara y le puso un rollo nuevo de
película. Luego probó el flash, que se
encendió ante sus ojos y lo cegó por un
momento, haciéndolo vacilar. Esperó
que su visión se normalizara y entonces
cargó el equipo al hombro, deteniéndose
cuando sus ojos divisaron un trozo de
hierro que estaba envuelto, con trapos
sucios de grasa, en un rincón del
maletero. Lo cogió y lo colocó debajo
de su cinturón. Luego cerró la tapa con
cuidado y caminó en silencio hasta el
cerco de hierro herrumbroso. El suelo
estaba húmedo y Jennings se sentía
helado. Tiritó mientras caminaba a lo
largo del cerco, buscando un punto de
entrada. No había ninguno. Asegurando
su equipo, escaló el cerco, con la ayuda
de un árbol cercano, perdiendo pie por
un instante y desgarrándose el abrigo
cuando cayó al suelo del otro lado.
Después de incorporarse y ajustar sus
cámaras, se dirigió hacia el interior del
cementerio. El cielo se estaba tornando
más claro ahora y Jennings podía ver los
detalles de las lápidas y de las
deterioradas estatuas que lo rodeaban.
Eran muy complejas y aparatosas y
estaban bastante desfiguradas por el
deterioro. Rostros como gárgolas con
expresiones desgarradas, criptas,
algunas semiderruidas, en las que se
movían los ratones, despreocupados de
su presencia, entrando y saliendo de los
oscuros agujeros.
Aunque estaba helado, Jennings
sintió que transpiraba. Miró a su
alrededor, inquieto, mientras avanzaba a
través de la hierba abundante. Sintió
como si lo estuviesen vigilando. Los
ojos vacíos de las gárgolas parecían
seguirlo cuando él pasaba. Se detuvo,
tratando de aquietar su desasosiego. Sus
ojos miraban hacia arriba y quedaron
clavados en lo que vieron. Era un
gigantesco ídolo de piedra que miraba
hacia abajo desde su altura, con el
rostro congelado en una expresión de
ira, como si se sintiera ultrajado por la
invasión del fotógrafo. Jennings tuvo
dificultades para respirar mientras
miraba hacia arriba. Los ojos salientes
del ídolo parecían exigirle que se
retirara. Su rostro parecía humano, pero
su expresión era animal: una frente
profundamente arrugada y una nariz
bulbosa, una boca carnosa abierta en una
expresión de ira. Jennings sofocó una
oleada de temor y consiguió levantar la
cámara. Tomó tres fotos con el flash,
que atacó al rostro de piedra, como con
una sucesión de repentinos relámpagos.
Dentro del coche, los ojos de Thorn
se abrieron lentamente y se dio cuenta
de que Jennings se había ido. Salió del
automóvil y vio ante sí el cementerio,
con sus rotas estatuas iluminadas ahora
por los primeros rayos del amanecer.
—¿Jennings…?
No hubo respuesta. Thorn fue hasta
el cerco y volvió a llamar. Le respondió
un sonido lejano. Era un sonido de pasos
dentro del cementerio, como si alguien
caminase hacia él. Thorn se asió con
fuerza de las barras resbaladizas y, con
gran esfuerzo, se elevó sobre el cerco y
cayó al suelo del otro lado.
El sonido de pasos había cesado.
Thorn buscó entre el grupo de estatuas
que había más adelante. Obligándose a
andar, caminó hacia delante. Sus zapatos
hacían ruido al hundirse en el barro. Las
gárgolas que parecían cabezas
aparecieron a la vista y Thorn se sintió
enervado. Había allí una cierta calma
que él había experimentado ya antes, un
silencio suspendido como si la
atmósfera misma estuviese conteniendo
la respiración. Fue en Pereford donde lo
había sentido antes, la noche que vio los
ojos que lo observaban desde el bosque.
Se detuvo ahora, temiendo que otra vez
estuviesen observándolo. Sus ojos
escrutaron las estatuas y se detuvieron
en una maciza cruz invertida, fija en el
suelo. Se puso rígido. De algún punto
detrás de la cruz llegó un sonido. Otra
vez era el sonido de pasos, pero esta vez
se acercaban rápidamente hacia él.
Thorn quiso correr, pero estaba como
clavado al suelo, con los ojos
agrandándosele a medida que el sonido
se aproximaba.
—¡Thorn!
Era Jennings, sin aliento y con ojos
desorbitados, que atravesaba a la
carrera un grupo de arbustos. Thorn
respiró con fuerza, todavía tembloroso.
Jennings se adelantó rápidamente con el
hierro asido, con fuerza, en la mano.
—¡Lo encontré! —jadeó—. ¡Lo
encontré!
—¿Encontró qué?
—¡Venga! ¡Venga conmigo!
Empezaron a correr a través de la
vegetación. Jennings sorteaba las
lápidas, como un soldado que corre una
carrera de obstáculos, y Thorn se
esforzaba por seguirlo.
—¡Allí! —exclamó Jennings cuando
se detuvo en un claro—. Mire. ¡Son
ésas!A sus pies había dos tumbas,
cavadas una junto a la otra. A diferencia
de las otras, eran bastante recientes. Una
era de tamaño normal; la otra, pequeña.
Las lápidas carecían de todo adorno y
sólo tenían nombres y fechas.
—¿Ve las fechas? —preguntó
Jennings con gran excitación—. Seis de
junio. ¡Seis de junio! Hace cuatro años.
Una madre y su hijo.
Thorn se acercó lentamente y se paró
junto a él, mirando hacia los montículos.
—Son las únicas recientes en todo el
lugar —dijo Jennings con orgullo—. Las
otras son tan antiguas que ni se puede
leerlas.
Sin contestarle, Thorn se arrodilló y
limpió las lápidas para ver las
inscripciones.
—María Avedici Santoya… —leyó
—. Bambino Santoya… In Morte et in
Nate Amplexarantur Generationes.
—¿Qué significa?
—Es latín.
—¿Qué dice?
—En la muerte… y en el
nacimiento… las generaciones se
acercan.
—Todo un hallazgo, me parece.
Jennings se arrodilló junto a Thorn,
sorprendido de hallar a su compañero
llorando. Thorn bajó la cabeza y lloró
abiertamente. Jennings esperó hasta que
se calmara.
—Es ésta —gimió Thorn—. Lo sé.
Mi hijo está enterrado aquí.
—Y, probablemente, también la
mujer que alumbró al niño que usted está
criando.
Thorn miró a Jennings a los ojos.
—María Santoya —dijo Jennings,
señalando la lápida—. Aquí hay una
madre y un hijo.
Thorn sacudió la cabeza, tratando de
comprender.
—Mire —dijo Jennings—. Usted
exigió a Spilletto que le dijera dónde
estaba la madre. Ésta es la madre. Y
éste, probablemente, es su hijo.
—Pero ¿por qué aquí? ¿Por qué en
este lugar?
—No sé.
Jennings miró a Thorn; ambos se
encontraban perplejos.
—Sólo hay un modo de averiguarlo,
Thorn. Ya que hemos venido hasta aquí
sería mejor que lo hiciéramos.
Elevó la barra de hierro y la clavó
con fuerza en la tierra. La herramienta
produjo un sonido sordo al clavarse.
—Es bastante fácil. Debe estar a
unos treinta centímetros.
Empezó a cavar con su barra y fue
aflojando los terrones, que apartaba con
las manos.
—¿Se decide a ayudarme? —
preguntó Jennings, y Thorn lo hizo de
mala gana; sus dedos estaban ateridos de
frío, mientras manipulaba la tierra.
Antes de media hora, estaban ya
cubiertos de sudor y de tierra, pero
prosiguieron su trabajo hasta apartar a
un lado los últimos fragmentos de dos
pesadas tapas de cemento. Luego se
sentaron en cuclillas y se miraron,
considerando qué era lo que debían
hacer a continuación.
—¿Huele? —preguntó Jennings.
—Sí.
—Debe haber sido hecho a la
carrera. Sin tener demasiado en cuenta
las normas sanitarias.
Thorn no respondió; en su rostro se
leía la angustia.
—¿Con cuál empezamos? —
preguntó Jennings.
—¿Es necesario que lo hagamos?
—Sí.
—No me parece procedente.
—Si lo prefiere, iré a buscar al
conductor.
Thorn apretó los dientes y luego
sacudió la cabeza.
—Vamos, entonces —dijo Jennings
—. Empezaremos por la grande.
Jennings golpeó fuertemente, con su
herramienta de hierro, el lado de la gran
tapa de cemento. Luego, con gran
esfuerzo, presionó hacia arriba, hasta
que pudo deslizar sus dedos por debajo.
—¡Ayúdeme, carajo! —le gritó a
Thorn.
Éste respondió de inmediato, pero
sus brazos temblaban de fatiga mientras
se esforzaba, con Jennings, en levantar
la pesada tapa.
—¡Pesa una maldita tonelada…! —
se quejó Jennings, mientras lanzaba todo
su peso contra la tapa, que empezó a
levantarse lentamente.
Los dos pusieron en juego toda su
fuerza para mantenerla en su lugar, y con
los ojos exploraron la cámara oscura
que había debajo.
—¡Dios mío! —exclamó Jennings.
Era el esqueleto de un chacal.
Abundaban las moscas y los bichos, que
se concentraban en los restos de carne
con piel que aún estaban adheridos a los
huesos.
Con la boca abierta por la sorpresa,
Thorn saltó hacia atrás y el cemento se
deslizó de entre sus manos y cayó
rompiéndose en pedazos. Una maraña de
moscas voló hacia arriba. Jennings,
súbitamente aterrado, se puso en
movimiento mientras resbalaba aterrado
e intentaba llevarse consigo a Thorn.
—¡¡No!! —gritó Thorn.
—¡Vamos!
—¡No! —insistió
—¿Para qué? ¡Hemos visto lo que
necesitábamos!
—No, el otro —Thorn gemía
desesperadamente—. ¡Tal vez sea un
animal también!
—¿Y qué?
—¡Entonces puede ser que mi hijo
esté vivo en alguna parte!
Jennings se detuvo, retenido por la
angustia que veía en los ojos de Thorn.
Cogiendo rápidamente la barra de
hierro, empezó a golpear la tapa más
pequeña. Thorn fue rápidamente a su
lado, para deslizar los dedos debajo de
la tapa, mientras Jennings hacía fuerza
para levantarla. De un solo movimiento
lograron quitarla, y el rostro de Thorn se
convulsionó de dolor. Dentro de la
pequeña caja estaban los restos de un
niño, con su delicado cráneo hecho
pedazos.
—La cabeza… —sollozó Thorn.
—Dios…
—¡Ellos lo mataron!
—Salgamos de aquí.
—¡Asesinaron a mi hijo! —gritó
Thorn, mientras la tapa volvía a su lugar
y los dos hombres se miraban
horrorizados.
—¡Asesinaron a mi hijo! —gimió
Thorn—. ¡Mataron a mi hijo!
Jennings obligó a Thorn a
incorporarse y lo fue arrastrando
consigo. Pero luego se detuvo, con el
cuerpo tieso por un repentino terror.
—Thorn.
Thorn se volvió para seguir la
mirada de Jennings y vio, más adelante,
la cabeza de un perro negro del tipo
pastor alemán. El perro tenía los ojos
muy juntos y destellaban. De su boca
semiabierta caía saliva, mientras emitía
un desagradable gruñido. Thorn y
Jennings se quedaron inmóviles y el
animal fue avanzando lentamente de
entre el follaje, hasta que se pudo verlo
enteramente. Era flaco y estaba lleno de
cicatrices. En un costado se le veía una
herida abierta y ulcerada, entre manchas
de sangre coagulada. Junto al animal, los
arbustos susurraron y apareció la cabeza
de otro perro, de pelaje gris y con el
hocico desfigurado y baboso. Luego
apareció otro y otro más. El cementerio
cobró vida con el movimiento de las
figuras oscuras que aparecieron de todas
partes. Eran por lo menos diez perros,
enfermos y famélicos, con los hocicos
babeando incesantemente.
Jennings y Thorn quedaron
paralizados en su lugar, temerosos de
realizar cualquier movimiento, aun el de
mirarse uno al otro, mientras los
animales, gruñendo, los acorralaban.
—Huelen… los esqueletos… —
susurró Jennings—. Tratemos de…
retroceder…
Respirando apenas, los dos hombres
empezaron a retroceder. Los perros se
adelantaron de inmediato, con la cabeza
baja, como si estuvieran persiguiendo a
una presa. Thorn tropezó y un sonido
involuntario surgió bruscamente de su
garganta. Jennings lo cogió del brazo,
tratando de calmarlo.
—No corra… sólo desean… los
cadáveres.
Pero cuando los perros pasaron
frente a las dos tumbas abiertas,
siguieron avanzando, con los ojos fijos
sólo en los hombres. Estaban
acercándose ahora, mientras Jennings
buscaba desesperadamente el cerco y
vio que estaba a unos cien metros. Thorn
volvió a tropezar y se aferró a Jennings.
Los dos hombres temblaban mientras se
esforzaban por retroceder. Entonces sus
espaldas dieron contra algo sólido y
Thorn se estremeció. Estaban en la base
del gran ídolo de piedra, atrapados allí
mientras los perros los rodeaban,
impidiéndoles toda posibilidad de
huida. Durante un aterrador momento,
todos quedaron paralizados,
perseguidores y perseguidos, mientras el
círculo de dientes babosos acorralaba a
los hombres.
El sol había salido ya y arrojaba un
resplandor rojizo sobre los metros que
había hasta el cerco. Thorn tropezó otra
vez y se agarró a una lápida. Perros y
hombres permanecían quietos, como si
esperasen una señal para iniciar el
movimiento. Los segundos pasaban y la
tensión crecía. Los hombres estaban
rígidos; los perros, agachados, prestos a
saltar.
Emitiendo un agudo grito de guerra,
Jennings lanzó su barra de hierro contra
la cabeza del perro que estaba más
cerca, y los animales saltaron,
arrojándose sobre los hombres que
trataban de huir. Jennings fue derribado
cuando los animales se abalanzaron
sobre su cuello. Rodó ante el ataque y
las correas de la cámara se le arrollaron
al cuello lastimándolo, en tanto los
perros danzaban a su alrededor, tratando
de alcanzar la carne protegida por las
correas. Mientras se batía indefenso,
sintió que los perros destrozaban la
lente de la cámara, que estaba debajo de
su mentón.
A Thorn le habían permitido alejarse
más. Pero cuando se aproximó al cerco,
un enorme animal se abalanzó sobre él.
Los dientes del perro hicieron presa en
la espalda de Thorn, mientras el hombre
trataba de alejarse. El animal seguía
mordiéndole la espalda, con las patas
delanteras balanceándose en el aire.
Thorn cayó de rodillas, debatiéndose
por avanzar, cuando otros perros se le
acercaron y le bloquearon la visión. Les
brillaban los dientes y la saliva saltaba
por el aire mientras Thorn gritaba,
luchando con desesperación y tratando
aún de llegar al cerco. Pero era inútil.
Se ovilló en el suelo y sintió un agudo
dolor cuando los dientes se le hincaban
en la espalda. Por un instante vio que
Jennings giraba sobre sí mismo,
acuciado por los perros que se
abalanzaban repetidamente hacia su
garganta. Thorn no sentía ya dolor, lo
único que deseaba desesperadamente
era escapar. Volvió a incorporarse,
sobre manos y piernas, con los perros
siempre en su espalda, y logró acercarse
un poco más al cerco. Su mano tocó algo
frío. Era la barra de hierro que Jennings
había tirado. La asió con fuerza y la
blandió contra los animales que le
destrozaban la espalda. Por los gemidos
de dolor comprendió que había dado en
un blanco. Una bocanada de sangre
salpicó su cabeza. Un perro se retorcía
frente a él, con un ojo suspendido de su
cuenca por hilos ensangrentados. Esta
visión dio coraje a Thorn, que volvió a
golpear con fuerza, mientras trataba de
ponerse totalmente de pie.
Jennings rodó sobre sí mismo hasta
que llegó al pie de un árbol,
debatiéndose por incorporarse, mientras
los perros bramaban a su alrededor, sin
dejar de atacar la cámara y las cuerdas
que protegían el cuello del hombre.
Mientras Jennings luchaba, el flash se
disparó solo y los animales
retrocedieron ante la cegadora luz.
Ahora, Thorn estaba de pie,
blandiendo frenéticamente la barra
contra cabezas y hocicos, a la vez que
retrocedía hacia el cerco. Jennings había
saltado del árbol y sostenía el flash
frente a sí, disparándolo cada vez que
los perros avanzaban. De esa manera
pudo contenerlos hasta que alcanzó
también el cerco.
Se acercó rápidamente a Thorn y
vigiló a los perros, mientras su
compañero empezaba a trepar. Con las
ropas desgarradas y el rostro
ensangrentado, Thorn trepó por el cerco
hasta que de pronto cayó con fuerza
sobre la parte superior y se hirió, en la
axila, con la punta de uno de los
espigones herrumbrosos. Gritando de
dolor, hizo otro esfuerzo por
desprenderse y cayó pesadamente del
otro lado. Jennings lo siguió, disparando
su flash mientras trepaba. Cuando llegó
al otro lado, tiró el aparato a los
aullantes animales. Thorn vacilaba y
Jennings lo cogió por la espalda y lo
llevó hasta el coche. El conductor los
miraba azorado y lanzó un grito de
horror. Trató de poner en movimiento el
vehículo, pero no estaban las llaves.
Salió apresuradamente para ayudar a
Jennings a sentar a Thorn en el asiento
posterior. Cuando Jennings fue hacia el
maletero, para buscar las llaves del
coche, echó una mirada a los perros, que
parecían enloquecidos ahora. Se
destrozaban a sí mismos contra el cerco,
aullando con furia. Uno de ellos intentó
trepar y casi lo consiguió, pero quedó
enganchado por el cuello a la punta de
un espigón y la sangre le manó a chorro.
En su frenesí, los otros animales
saltaron sobre él, devorándolo vivo
mientras sus patas golpeaban con
violencia y lanzaba un aullido de furia.
El coche emprendió la marcha
velozmente con la puerta del maletero
abierta y sacudiéndose. El conductor
quedó perplejo cuando miró por el
retrovisor a los dos hombres sentados en
el asiento posterior. Ya no parecían
hombres, sino masas informes de sangre
y ropas. Estaban muy juntos uno del otro
y lloraban como niños.
11
El conductor los llevó a la sala de
guardia de un hospital. Luego retiró del
coche el equipaje y se apresuró a
marcharse. Thorn estaba trastornado, de
manera que Jennings contestó todas las
preguntas, dando identidades falsas, y
narró una historia que, aparentemente,
satisfizo a las autoridades del hospital.
Se habían emborrachado, dijo, y habían
entrado en una propiedad privada donde
había carteles indicadores de que el
lugar estaba vigilado por perros. Era en
las afueras de Roma, pero no podía
recordar dónde. Sólo recordaba que
había un alto cerco con espigones y que
su amigo había caído sobre uno de ellos.
Les curaron las heridas y les dieron
inyecciones antitetánicas, indicándoles
luego que debían volver dentro de una
semana, para hacerles análisis de sangre
y asegurarse de que las inyecciones
habían surtido efecto. Se cambiaron de
ropa y partieron. Buscaron un pequeño
hotel donde dieron nombres falsos. El
conserje insistió en que pagaran por
adelantado y les dio la llave de una sola
habitación.
Thorn trató desesperadamente de
comunicarse telefónicamente con
Katherine, mientras Jennings se paseaba
por el cuarto.
—Pudieron haberlo matado, y no lo
hicieron —dijo Jennings, atemorizado
aún—. Era a mí a quien querían matar,
buscaban mi cuello.
Thorn levantó una mano para
indicarle que se callara. Una oscura
mancha de sangre se veía en su camisa.
—¿Escucha lo que le estoy diciendo,
Thorn? ¡Buscaban mi cuello!
—¿Con el hospital? —preguntó
Thorn por el teléfono—. Sí, está en la
habitación 4A.
—Dios mío, si no hubiera tenido
estas cámaras… —seguía Jennings.
—¿Quiere callarse, por favor?. Se
trata de algo urgente para mí.
—Tenemos que hacer algo, Thorn.
¿Me escucha?
Thorn se volvió hacia Jennings y
miró las marcas de las correas en su
cuello.
—Busque el pueblo de Meguido —
le dijo suavemente.
—¿Cómo demonios voy a
encontrar…?
—No sé. Vaya a una biblioteca.
—¡Una biblioteca! ¡Jesucristo!
—¿Hola? —Thorn habló por el
teléfono—. ¿Katherine?
En su cama del hospital, Katherine
se irguió un poco, preocupada por el
tono de urgencia de la voz de su esposo.
Sostenía el teléfono con su mano sana.
La otra estaba inmovilizada en el yeso
curvo.
—¿Estás bien? —preguntó Thorn en
tono desesperado.
—Sí. ¿Y tú?
—También. Sólo quería estar
seguro…
—¿Dónde estás?
—En Roma. En un hotel que se
llama Imperatore.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—¿Estás enfermo?
—No, estaba preocupado…
—Vuelve, Robby.
—No puedo volver en seguida.
—Estoy asustada.
—No tienes de qué estar asustada.
—He estado llamando a casa y nadie
contesta.
En su cuarto de hotel, Thorn miró a
Jennings, que se estaba cambiando la
camisa, para salir.
—¿Robby? —dijo Katherine—.
Creo que será mejor que vuelva a casa.
—Quédate donde estás —le
aconsejó Thorn.
—Estoy preocupada por Damien.
—No vuelvas a casa, Katherine.
—Debo…
—Escúchame, Katherine. No te
acerques a la casa.
Katherine quedó en silencio,
alarmada por el tono de voz de él.
—Si estás preocupado porque yo
pueda hacer alguna cosa —dijo—, no
tienes por qué estarlo. He estado
conversando con el psiquiatra y ahora
veo las cosas con más claridad. No es
Damien quien está causando problemas,
sino yo.
—Katherine…
—Escúchame. Estoy tomando una
droga que se llama lithium. Es una droga
para la depresión y me hace bien.
Quiero ir a casa. Y quiero que vuelvas.
—Hizo una pausa y luego su voz sonó
más firme—. Y quiero que todo ande
bien.—
¿Quién te dio la droga? —
preguntó Thorn.
—El doctor Greer.
—Quédate en el hospital, Katherine.
No salgas hasta que yo vaya a buscarte.
—Quiero ir a casa, Robby.
—¡Por Dios…!
—¡Estoy bien!
—¡Tú no estás bien!
—No te preocupes.
—¡Katherine!
—Me voy a casa, Robby.
—¡No! Vuelvo.
—¿Cuándo?
—Esta misma mañana.
—Pero ¿y si ocurre algo en casa? He
llamado…
—Algo no anda bien en casa,
Katherine.
Ella quedó muda, asustada por las
palabras de Thorn.
—¿Robby? —preguntó en tono
tranquilo—. ¿Qué es lo que ocurre?
—No te lo puedo decir por teléfono
—dijo Thorn con angustia.
—¿Qué está sucediendo? ¿Qué es lo
que no anda bien en casa?
—Por favor, espérame ahí. No te
muevas del hospital. Estaré contigo esta
misma mañana y te lo explicaré todo.
—Por favor, no hagas eso…
—No es contigo el problema,
Katherine. Tú estás bien.
—¿Qué quieres decir?
En el cuarto del hotel, Jennings echó
una mirada a Thorn y sacudió
gravemente la cabeza.
—¿Robby?
—No es nuestro hijo, Katherine.
Damien es hijo de otros.
—¿Cómo?
—No vayas a casa —le advirtió
Thorn—. Espérame ahí.
Thorn cortó la comunicación y
Katherine quedó en azorado silencio,
inmóvil hasta que el receptor empezó a
zumbar en su oído. Lo colocó lentamente
en la horquilla y fijó la mirada en las
sombras que jugaban sobre las paredes
de su cuarto del sexto piso, que eran la
reflexión de un árbol que se movía con
la brisa del verano. Estaba asustada,
pero consciente de que la sensación de
pánico que siempre acompañaba a su
temor había desaparecido. La droga
estaba haciendo su efecto. Ella podía
mantener la mente clara. Volvió a
levantar el receptor del teléfono y marcó
el número de su casa. Ninguna
respuesta. Entonces se volvió hacia el
intercomunicador que estaba sobre su
cama y se esforzó por oprimir el botón.
—¿Sí, señora? —respondió una voz.
—Tengo que salir del hospital.
¿Debo hablar con alguien para ello?
—Necesita el permiso de su médico.
—¿Puede buscarlo, por favor?
—Trataré.
La voz enmudeció y Katherine quedó
sentada en silencio. Una enfermera le
trajo el almuerzo, pero Katherine no
tenía apetito. Había un platito, con
gelatina, en la bandeja. Empezó a
tocarla. La sentía fresca y calmante y la
deshizo entre los dedos.
A varios cientos de kilómetros de
distancia, en el cementerio de Cerveteri,
todo estaba silencioso. El cielo estaba
nublado y la quietud sólo era
interrumpida por un sonido apenas
audible. En las dos tumbas abiertas, dos
perros aplanaban la tierra. Sus
miembros se movían mecánicamente,
mientras rellenaban las criptas abiertas,
y la tierra caía suavemente sobre los
restos del chacal y del niño. Más allá,
los restos destrozados de un perro
pendían, sin vida, de un cerco de hierro,
mientras un compañero solitario
levantaba la cabeza y emitía un sonido
bajo y triste. El aullido resonó en todo
el cementerio, aumentando lentamente su
intensidad. Otros animales aullaron
también, hasta que todo el aire estuvo
poblado con las discordantes notas de
dolor.
En su cuarto del hospital, Katherine
logró oprimir el botón del
intercomunicador. En su voz se notaba la
impaciencia.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó.
—¿Sí? —contestó una voz.
—Le pedí que localizara a mi
médico.
—Me temo que no podré. Puede
estar en cirugía.
El rostro de Katherine estaba tenso
por la irritación.
—¿Puede venir usted aquí y
ayudarme, por favor?
—Trataré de enviarle a alguien.
—Pronto, por favor.
—Haré lo posible.
Con esfuerzo, consiguió bajar de la
cama y acercarse al guardarropa, donde
rápidamente halló sus ropas. El vestido
era como una túnica y le resultaría fácil
ponérselo, pero el camisón que llevaba
estaba abotonado hasta el cuello y
Katherine se miraba al espejo,
preguntándose cómo haría para
quitárselo, pese al yeso. Era de gasa
morada y le pareció que estaba ridícula
con ese color y con un brazo enyesado.
Katherine probó a desabrochar los
botones y su frustración aumentaba
porque no lo conseguía. Con un
movimiento rápido, consiguió
arrancarlos todos y se esforzó por
elevar el camisón por encima de la
cabeza, pero quedó enredada en una
masa de bruma morada.
En el cementerio, el aire vibraba con
furia creciente. En su cuarto del
hospital, Katherine se debatía con la red
de gasa y cada vez la enredaba más
alrededor de la cabeza y el cuello.
Sintió un pánico repentino y empezó a
jadear, pero la puerta se abrió y se
tranquilizó porque pensó que por fin
llegaba la ayuda que necesitaba.
El Cimitero di Sant’Angelo
reverberaba con el sonido. El aullido se
elevaba a alturas mayores.
—¿Sí? —preguntó Katherine,
tratando de ver quién había entrado.
Pero no hubo respuesta y ella giró,
explorando el cuarto a través de su velo
de gasa.
—¿Quién ha entrado?
Entonces se detuvo.
Era la señora Baylock. Su rostro
estaba empolvado de blanco y en sus
labios había una sonrisa que resaltaba
entre el carmín que los pintaba. Muda,
Katherine observaba mientras la mujer
caminó lentamente hasta la ventana y la
abrió, mirando hacia la calle.
—¿Quiere ayudarme…? —murmuró
Katherine—. Me he quedado…
enredada con esto.
La señora Baylock sonrió apenas.
Katherine se sintió desfallecer ante la
visión de su rostro.
—Es un hermoso día, Katherine —
dijo la mujer—. Un hermoso día para
volar.
Ella se inclinó hacia delante y
Katherine retrocedió de un salto. La
mujer la hizo girar violentamente hacia
la ventana.
En la entrada de emergencia del
hospital apareció una ambulancia. Los
neumáticos chirriaban, la sirena emitía
su aullido y la luz roja giraba mientras
arriba, en una ventana del sexto piso, la
figura de una mujer con un camisón
morado envuelto alrededor de su rostro
empezó a volar graciosamente. La figura
evolucionó lentamente en su largo
descenso y el movimiento de su yeso
formó un diseño en el aire. Nadie lo vio
hasta que el cuerpo chocó contra el
techo de la ambulancia, rebotando hacia
arriba para hacer un vuelo final, hasta
detenerse, ya muerto, en el acceso de
ambulancias de la entrada de
emergencia.
Había silencio ahora en Cerveteri.
Las tumbas estaban cubiertas y los
perros habían desaparecido en la
espesura.
Thorn se había quedado dormido,
exhausto. Lo despertó el teléfono. Era de
noche ya y Jennings no estaba.
—¿Sí? —contestó Thorn, aturdido.
Era el doctor Becker. El tono de su
voz delataba el carácter de la noticia
que debía dar.
—Es una suerte que lo haya
encontrado —dijo—. El nombre del
hotel estaba anotado en la mesita de
noche de Katherine, pero tuve
problemas para localizar…
—¿Qué ocurre? —preguntó Thorn.
—Lamento tener que comunicarle lo
sucedido.
—¿Qué ocurrió?
—Katherine saltó desde la ventana
de su cuarto.
—¿Qué…? —exclamó Thorn con
voz sofocada.
—Ha muerto, señor Thorn. Hicimos
todo lo que pudimos.
En la garganta de Thorn se formó un
nudo. No podía hablar.
—No sabemos exactamente qué
ocurrió. Había pedido marcharse del
hospital y luego la encontramos afuera.
—¿Está muerta…? —gimió Thorn.
—Murió instantáneamente. Se
destrozó el cráneo con el impacto.
Thorn empezó a gemir y apoyó el
receptor contra su pecho.
—¿Señor Thorn? —decía la voz del
doctor.
No obtuvo respuesta y oyó cómo se
cortaba la comunicación. En la
oscuridad de su cuarto, Thorn lloró y sus
sollozos resonaban en el corredor. El
portero nocturno corrió hacia su cuarto y
golpeó, pero no hubo respuesta y el
silencio se mantuvo por horas.
A media noche volvió Jennings, con
su desgarbado físico encorvado por la
fatiga. Entró en el cuarto y miró la figura
de Thorn tendida sobre la cama.
—¿Thorn?
—Sí —susurró Thorn.
—Fui a la biblioteca, luego al
autoclub y después llamé a la Sociedad
Geográfica Real.
Thorn no le respondió y Jennings se
sentó cansadamente en el lado opuesto
de la cama. Vio que la mancha de sangre
en la camisa de Thorn se había hecho
más grande y aparecía oscura y húmeda.
—Hice algunos descubrimientos
sobre el pueblo de Meguido. Está
tomado de la palabra “Armagedón”. El
fin del mundo.
—¿Dónde está? —preguntó Thorn
sin expresión.
—A unos quince metros bajo el
suelo, me temo. Fuera de la ciudad de
Jerusalén. Se está realizando una
excavación allí. La realiza una
universidad norteamericana.
No hubo respuesta y Jennings fue
hacia su propia cama y se tendió,
cediendo al cansancio.
—Quiero ir allí —murmuró Thorn.
Jennings asintió con la cabeza,
emitiendo un largo suspiro.
—Si usted pudiera recordar el
nombre del anciano…
—Bugenhagen.
Jennings lo miró, pero no pudo ver
los ojos de Thorn.
—¿Bugenhagen?
—Sí. He recordado también el
versículo.
El rostro de Jennings denotaba
consternación.
—¿El nombre del anciano a quien se
supone que debe ver es Bugenhagen?
—Sí.
—Bugenhagen fue un exorcista del
siglo XVII. Se le menciona en uno de
esos libros que tenemos.
—Ése era el nombre —replicó
Thorn sin expresión—. He recordado
todo. Todo lo que él dijo.
—¡Aleluya! —exclamó Jennings.
—Cuando los judíos regresen a
Sión… —empezó Thorn a recitar en un
murmullo—. Y un cometa ocupe el
cielo… Y surja el Sacro Imperio
Romano… entonces todos moriremos.
Jennings escuchó atentamente en la
oscuridad del cuarto. Después, alertado
por el tono deprimido de Thorn,
comprendió que algo en él había
cambiado.
—Del Mar Eterno, él se levanta…
—siguió Thorn— creando ejércitos en
cada orilla… volviendo al hombre
contra su hermano… hasta que el
hombre no exista más.
Quedó en silencio. Jennings esperó
mientras un coche policial se acercaba
al hotel y pasaba frente a la ventana,
dejando oír su sirena.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó.
—Katherine ha muerto —replicó
Thorn sin emoción—. Quiero que el
niño muera también.
Escucharon los sonidos de la calle, y
los dos estaban aún despiertos al
amanecer, cuando los sonidos se
acallaron. A las ocho en punto, Jennings
marcó el número de El Al y reservó
pasajes en el vuelo de la noche a Israel.
A pesar de sus múltiples viajes,
Thorn nunca había estado en Israel. Su
conocimiento del lugar derivaba de las
noticias de contiendas, que aparecían en
los periódicos, y de su reciente
investigación en la Biblia. Le
sorprendió por lo moderno. Un país
concebido en la época de los faraones,
pero creado en la era del asfalto y del
hormigón, que parecía una mancha de
yeso en medio de un árido desierto. El
cielo que observara el éxodo a lomo de
camello estaba punzado ahora por
edificios de gran altura y enormes
hoteles. Los ruidos de la construcción se
oían en todas partes. Las grúas gigantes
se movían pesadamente como elefantes
mecánicos, balanceando hacia arriba las
cargas de materiales de construcción.
Parecía que la ciudad estaba decidida a
extenderse en todas las direcciones
posibles. Los martillos neumáticos
rompían calles y aceras, ya obsoletas
después de muy pocos años. En todas
partes se veían carteles que ofrecían
excursiones a la Tierra Santa. También
la policía se hacía muy evidente,
revisando equipajes y bolsos de mano,
con los ojos siempre alerta ante
saboteadores en potencia.
Thorn y Jennings fueron detenidos en
el aeropuerto porque las cicatrices de
sus rostros despertaron sospechas.
Thorn utilizó su pasaporte civil y pasó,
sin problemas, como un funcionario del
gobierno norteamericano. En el vuelo
anterior a Roma, donde la vigilancia era
menos rigurosa, el jet privado había
servido a su propósito. Pero aquí la
clave para mantener el anonimato era
parecer como todos los demás.
Fueron en taxi a un hotel Hilton y
compraron ropas, más livianas, en la
sección de indumentaria masculina de la
planta baja. Hacía calor en la ciudad,
donde los rayos del sol parecían tostar
el cemento. El sudor le atravesó el
vendaje y Thorn sintió un renovado
dolor en la herida de la axila, que
aparecía pálida y supuraba. Mientras
Thorn se cambiaba de ropas, Jennings la
observó y sugirió que viesen a un
médico. Thorn se negó, ya que lo único
que deseaba era encontrar a
Bugenhagen.
Cuando estuvieron listos, ya la
noche había caído. Caminaron por las
calles de la ciudad, haciendo tiempo
hasta que pudieran empezar la búsqueda.
Thorn estaba debilitado y transpiraba
mucho. Se detuvieron en la terraza de un
café y pidieron té, con la esperanza de
que la bebida reconfortara al embajador.
Tenían poco de qué hablar ahora.
Jennings estaba inquieto, molesto por el
silencio angustiado de su compañero.
Mientras sus ojos vagaban ociosos
registrando la actividad de la calle, vio
a dos mujeres que los estaban mirando.
—Sabe qué es lo que necesitamos
—dijo a Thorn—. Olvidarnos de todo
por un rato.
Thorn siguió su mirada y divisó a las
mujeres, que en ese momento se dirigían
a la mesa.
—Yo quiero la que tiene lunares —
dijo Jennings.
Thorn miró a Jennings, con
repulsión. El fotógrafo se incorporó
cortésmente, mientras invitaba a las
mujeres a sentarse a la mesa.
—¿Hablan inglés? —preguntó
cuando ellas se sentaron.
Se limitaron a sonreír, lo que era una
indicación de que no hablaban ese
idioma.
—Es mejor así —dijo Jennings a
Thorn—. Todo lo que hay que hacer es
señalar.
El rostro de Thorn denotó su
disgusto.
—Estaré en el hotel —dijo.
—¿Por qué no espera y ve lo que
hay en el menú?
—No tengo hambre.
—Podría ser muy sabroso —sonrió
Jennings.
Thorn comprendió entonces lo que el
otro quería decir. Se levantó y se
marchó.
—No se preocupen por él —dijo
Jennings a las muchachas—. Es
antisemita.
Ya en la calle, Thorn dio media
vuelta para mirar a Jennings, que ya
tenía las manos sobre las mujeres. Se
volvió de nuevo y se puso a caminar en
la noche.
Vagó sin rumbo fijo, mientras su
pena se abatía sobre él como un oleaje.
El dolor latía debajo de su brazo y los
sonidos de la noche le resultaban
extraños. Sintió que si la muerte venía
de pronto a buscarlo, la recibiría de
buen grado. Pasó frente a un club
nocturno y el portero lo cogió del brazo,
tratando de convencerlo para que
entrara. Pero Thorn siguió caminando,
sin oír, sin sentir, viendo las luces de la
calle desdibujadas por las lágrimas.
Más adelante, vio que salía gente de una
sinagoga. Cuando se acercó advirtió que
las puertas estaban abiertas y entró en
silencio. La Estrella de David se veía
iluminada en un altar sobre el que había
pergaminos bíblicos en una caja de
cristal. Thorn fue acercándose hasta
hallarse frente a los pergaminos, solo en
el resonante silencio.
—¿Puedo ayudarlo? —preguntó una
voz desde las sombras.
Thorn se volvió y vio a un anciano
rabino que se acercaba.
Estaba vestido de negro y caminaba
encorvado por la artritis. Su pequeño
bonete, parecido a una caja, desafiaba a
la gravedad y se aferraba a la cabeza.
—Ésta es la Torah más antigua de
Israel —dijo, indicando los pergaminos
—. Fue desenterrada en las costas del
Mar Rojo.
Thorn observó al hombre. Sus viejos
ojos, nublados por las cataratas, estaban
llenos de orgullo.
—Debajo de Israel la tierra está
llena de historia —susurró el anciano—.
Es una pena que debamos caminar sobre
ella.
Se volvió hacia Thorn y sonrió.
—¿Está de visita?
—Sí.
—¿Qué lo trae aquí?
—Estoy buscando a una persona —
replicó Thorn.
—También yo vine por eso. Estaba
buscando a mi hermana. No la encontré
—el hombre sonrió—. Tal vez estemos
caminando también sobre ella.
Se produjo un silencio y el hombre
alzó un brazo para apagar una luz.
—¿Oyó mencionar alguna vez el
nombre “Bugenhagen”? —preguntó
Thorn.
—¿Es polaco?
—No sé.
—¿Vive en Israel?
—Creo que sí.
—¿De qué se ocupa?
Thorn se hizo el desentendido y
sacudió la cabeza.
—No sé.
—Ese nombre me resulta familiar.
Estuvieron por un momento parados
en la penumbra. El rabino pensaba,
tratando de recordar.
—¿Usted sabe lo que es un
exorcista? —preguntó Thorn.
—¿Un exorcista? —sonrió el
anciano—. ¿Quiere decir contra el
Demonio?
—Sí.
El rabino rió e hizo ondular su mano.
—¿Por qué se ríe?
—No existe tal cosa.
—¿No?
—El Demonio. No existe.
Desapareció en las sombras, riendo
entre dientes como si hubiese escuchado
una broma. Thorn volvió a contemplar
los pergaminos y salió hacia la noche.
Jennings regresó temprano a la
mañana siguiente y ahorró a Thorn toda
conversación relativa a sus experiencias
de la noche anterior. Su único gesto de
reconocimiento se produjo mientras
orinaba, con la puerta del baño abierta.
Orinaba sobre sus manos ahuecadas y se
lavaba los genitales con la orina. Captó
la expresión de Thorn, que le veía
realizar ese ritual extraño y repulsivo, y
comentó:
—Aprendí esto en la RAF. Es tan
bueno como la penicilina.
Thorn cerró la puerta y esperó con
impaciencia que Jennings se vistiera. Le
disgustaba su compañía, pero temía la
soledad.
—Vamos —dijo Jennings cogiendo
su equipo—. Cuando volvía esta
mañana, compré los pasajes para una
excursión a las excavaciones.
Viajaron en un pequeño ómnibus,
con otros diez turistas, a través de la
vieja ciudad de Jerusalén. Allí se
detuvieron ante el Muro de las
Lamentaciones, donde los turistas
descendieron ansiosamente y tomaron
fotos. Incluso allí, el mercantilismo era
grotesco. Los vendedores andaban entre
la multitud de judíos que se lamentaban,
pregonando sus mercaderías, que
comprendían desde bocadillos de
salchicha hasta figuras, de plástico, de
Cristo en la cruz. Jennings compró dos
de esos crucifijos. Se colgó uno del
cuello y dio el otro a Thorn.
—Póngaselo, amigo. Puede
necesitarlo.
Pero Thorn se negó, irritado porque
Jennings se comportaba como si
estuviese realizando un viaje de placer.
El viaje al desierto fue menos
interesante. El guía de la excursión narró
los acontecimientos recientes de la
guerra entre árabes y judíos, señalando
las Alturas del Golan, donde habían
tenido lugar las batallas más
importantes. Recorrieron el villorrio de
Daa-Lot, donde un grupo de escolares
judíos habían sido asesinados por los
terroristas árabes. Luego el guía contó
que otro grupo de terroristas había sido
capturado y muerto, y sus cuerpos
pisoteados hasta ser convertidos en
papilla por otros escolares que
vengaban a sus compañeros asesinados.
—Ahora sabemos por qué todas las
lamentaciones —susurró Jennings.
Thorn rehusó responder y siguieron
en silencio todo el resto del trayecto.
Cuando, finalmente, llegaron a las
excavaciones arqueológicas, los turistas
estaban cansados y se quejaban del
calor, mientras el guía señalaba el área
cercada por cuerdas y explicaba el
trabajo que se estaba realizando. Debajo
de sus pies estaban las presas del rey
Salomón, un intrincado sistema de
acequias y canales que posiblemente se
extendía hasta Jerusalén, a unos cien
kilómetros de distancia. En algún punto
dentro del sistema estaban las ruinas de
una antigua ciudad que, en opinión de
muchos, era el sitio donde se escribiera
la Biblia. Ya se habían recuperado
textos, cuidadosamente conservados en
cerámica y tela, que relataban historias
muy similares a las del Antiguo
Testamento. La excavación era un
ambicioso proyecto porque nadie sabía
con exactitud en qué punto estaba la
ciudad. Se la estaba descubriendo, pero
no con excavadoras sino, centímetro a
centímetro, con picos y palas.
Mientras el guía continuaba con sus
explicaciones, Jennings y Thorn trataron
de encontrar a alguno de los
arqueólogos, pero obtuvieron poca
información. No conocían el nombre
“Bugenhagen” y todo lo que sabían de la
ciudad de Meguido era que hacía
muchos siglos un violento cataclismo la
había hundido en la tierra. Fue un
terremoto, o posiblemente una crecida,
porque habían encontrado caracolas allí,
lejos de toda corriente de agua
conocida.
Thorn y Jennings volvieron al hotel y
luego caminaron por los mercados,
preguntando a todos y a cada uno si
conocían el nombre “Bugenhagen”. No
obtenían resultado, pero siguieron
insistiendo. Thorn estaba desesperado y
sus fuerzas flaqueaban. Jennings fue
quien más se movió por comercios y
fábricas, y revisó guías telefónicas e
incluso visitó a la policía.
—Tal vez se cambió de nombre —
suspiró Jennings, mientras estaban
ambos sentados en el banco de un
parque, en la mañana del segundo día—.
Tal vez es George Bugen. O Jim Hagen.
O Izzy Hagenberg.
Al día siguiente fueron a Jerusalén y
tomaron un cuarto de un pequeño hotel.
Una vez más, empezaron a recorrer las
calles, buscando a alguien que conociera
el nombre que sonaba a extranjero. Pero
no obtenían ningún resultado y tenían la
perspectiva de seguir así siempre.
—Propongo que abandonemos el
asunto —dijo Jennings, que desde el
balcón del cuarto del hotel, miraba la
ciudad.
Hacía calor adentro y Thorn estaba
tendido en la cama, bañado en sudor.
—Si existe un Bugenhagen, no
tenemos ni una probabilidad de
encontrarlo. Y por lo que sabemos, ni
siquiera existe.
Entró en el cuarto a buscar un
cigarrillo.
—Demonios, ese pequeño sacerdote
estaba bajo los efectos de la morfina
casi todo el tiempo y, sin embargo, nos
encontramos aquí, por creer en su
palabra como si fuera el Evangelio. Es
una suerte que no le dijera que fuese a la
Luna, porque, de habérselo dicho,
estaríamos allí, ahora, congelándonos el
culo. Se sentó pesadamente en su cama,
mientras miraba a Thorn.
—No sé, Thorn. Todo esto parecía
tener sentido antes, pero ahora suena a
locura.
Thorn asintió y con esfuerzo y dolor
se sentó en la cama. No tenía ningún
vendaje y Jennings se estremeció cuando
vio la herida.
—Me parece que eso no anda bien
—dijo.
—Está bien.
—Parece infectada.
—Está bien —insistió Thorn.
—¿No será mejor que yo vaya a
buscar un médico?
—Busque a ese anciano —replicó
Thorn—. Es el único a quien deseo
encontrar.
Jennings iba a contestar, cuando se
oyó un suave golpe en la puerta. Se
acercó, la abrió y sus ojos se posaron en
un mendigo. Era un hombre pequeño, un
árabe, viejo y desnudo desde la cintura
hacia arriba, con su sonrisa ansiosa
acentuada por un diente de oro. Movía
la cabeza con exagerada cortesía.
—¿Qué quiere? —preguntó
Jennings.
—¿Usted busca al anciano?
Jennings y Thorn intercambiaron una
rápida mirada.
—¿Qué anciano? —preguntó
Jennings cautamente.
—En el mercado me dijeron que
ustedes buscan al anciano.
—Estamos buscando a un hombre —
asintió Jennings.
—Yo los conduciré hasta él.
Thorn se incorporó con gran
esfuerzo, mientras sus ojos se
encontraban con los de Jennings.
—Rápido, rápido —urgió el árabe
—. Él dijo que acudan en seguida.
Fueron a pie por calles apartadas de
Jerusalén, en apresurado silencio,
conducidos por el pequeño árabe.
Sorprendía su rapidez en un hombre de
su edad. Thorn y Jennings debían
esforzarse para seguirle el paso,
perdiéndolo de vista, por momentos,
cuando se sumergía entre la multitud de
un mercado y lo veían aparecer, en
seguida, en la parte superior de una
escalera del otro lado. El árabe se
divertía con la fatiga de ellos y se
mantenía siempre unos veinte metros
adelante, girando rápidamente por
angostas callejas y arcadas. Sonreía
como un gato cuando, por fin, lo
alcanzaron, jadeantes. Parecía que
habían llegado a la meta, pero se trataba
de una pared de ladrillos. Jennings y
Thorn temieron de pronto que se tratara
de un engaño.
—Abajo —dijo el árabe, mientras
levantaba una reja, indicándoles con un
gesto que entraran.
—¿Qué demonios es esto? —
preguntó Jennings.
—Rápido, rápido —repitió el árabe,
siempre con su sonrisa.
Thorn y Jennings intercambiaron una
mirada de aprensión y luego
obedecieron. El árabe entró detrás de
ellos y volvió a colocar la reja en su
lugar. Estaba oscuro adentro. El hombre
encendió una antorcha y caminó
rápidamente delante de ellos. Su figura
pareció descender y los dos hombres
pudieron entrever en la escasa luz una
resbaladiza escalera de piedra basta. El
drenaje de la calle había creado un
grueso revestimiento de algas marrones
que olía mal y dificultaba el
movimiento. Vacilaron mientras
descendían y, una vez en tierra sólida, el
árabe los sorprendió echando a correr.
Intentaron imitarlo, pero no podían
acelerar la marcha sobre las piedras
muy lisas. El hombrecito se había
alejado y su antorcha era ahora sólo un
punto luminoso en la distancia. Estaban
casi a oscuras, en un túnel angosto cuyas
paredes casi los tocaban por ambos
lados. Era un canal de drenaje o una
acequia de irrigación. Jennings
comprendió que era probable que
estuvieran circulando por el intrincado
sistema de canales antiguos descritos
por el arqueólogo en el lugar de las
excavaciones del desierto. La piedra
sólida y la oscuridad los rodeaban
mientras avanzaban a ciegas y sus pasos
resonaban en todo el túnel. La luz de la
antorcha había desaparecido por
completo ahora y caminaron más
lentamente al comprender que estaban
solos. No se podían ver uno al otro,
pero sentían su proximidad por el
sonido de la dificultosa respiración.
—Jennings… —jadeó Thorn.
—Aquí estoy.
—No veo nada…
—Ese carajo…
—Espéreme.
—No hay otra alternativa —replicó
Jennings—. Frente a nosotros hay una
sólida pared.
Thorn avanzó a tientas y tocó a
Jennings. Luego palpó la pared que
estaba frente a ellos. Era un callejón sin
salida. El guía había desaparecido.
—El árabe no pasó junto a nosotros,
en su camino hacia afuera —dijo
Jennings—. Eso puedo afirmarlo.
Encendió un fósforo que iluminó una
pequeña área alrededor de ellos. Era
como una tumba. El cielorraso de piedra
parecía presionarles, con sus hendiduras
húmedas y las cucarachas que corrían.
—¿Es una cloaca? —preguntó
Thorn.
—Está húmedo —afirmó Jennings
—. ¿Por qué demonios está húmedo?
Su fósforo se apagó y quedaron en la
oscuridad.
—Esto es un desierto árido. ¿De
dónde demonios llega el agua?
—Debe haber una fuente
subterránea… —conjeturó Thorn.
—O depósitos de abastecimiento.
No me sorprendería que estuviésemos
cerca de la presa subterránea.
Encontraron conchillas en el desierto y
es posible que una corriente de agua la
llenara cuando la tierra se hundió.
Thorn estaba silencioso y su
respiración denotaba fatiga.
—Vayamos —jadeó.
—¿A través de la pared?
—Hacia atrás. Salgamos de aquí.
Empezaron a volver a tientas,
deslizando las manos a lo largo de la
húmeda pared rocosa. Su movimiento
era lento y, al no tener visión, cada
centímetro parecía un kilómetro.
Entonces la mano de Jennings halló un
espacio abierto.
—¿Thorn?
Cogió el brazo de Thorn y lo atrajo a
sus espaldas. Detrás de ellos había otro
corredor perpendicular al que
transitaban. Aparentemente, habían
pasado por allí antes, sin verlo en la
oscuridad.
—Hay una luz allí lejos —murmuró
Thorn.
—Tal vez sea nuestro pequeño
Gandhi.
Se internaron por el pasadizo,
avanzando lentamente a tientas. No era
otro brazo del canal de drenaje, sino una
caverna. Los guijarros estaban dispersos
por el suelo y las paredes eran de
textura irregular y tenían puntos
salientes. Fueron avanzando con sumo
cuidado, tanteando las paredes.
Empezaron a vislumbrar la forma de lo
que se hallaba al final del pasadizo. No
era una única antorcha, sino una cámara
completamente iluminada en la que
había dos hombres que observaban y los
esperaban. Uno era el mendigo árabe
con su antorcha apagada asida
flojamente con una mano. El otro era un
hombre de edad, vestido con pantalones
cortos de color caqui y camisa de
mangas cortas, parecido a los
arqueólogos que habían visto en el lugar
de las excavaciones del fondo del
desierto. Su rostro era serio y enjuto, y
el sudor le pegaba al torso la camisa.
Detrás de él pudieron ver una mesa de
madera cubierta de pilas de papeles y
pergaminos.
Jennings y Thorn treparon para
atravesar un dintel de rocas irregulares y
entrar en el cubículo. Allí se detuvieron,
aturdidos, parpadeando ante el repentino
ataque de la luz. El recinto estaba
iluminado con docenas de faroles
suspendidos y las paredes sombreadas
delataban los vagos contornos de
edificios y escaleras de piedra talladas
directamente en la roca. El suelo era de
barro apisonado, pero en los espacios
desgastados por el gotear de las
estalactitas pudieron vislumbrar la
forma de las piedras que en un tiempo
formaban una antigua calle.
—Doscientas dracmas —dijo el
árabe con su mano tendida.
—¿Pueden pagarle? —preguntó el
hombre de los pantalones caqui.
Thorn y Jennings lo miraron y el
hombre se encogió de hombros como
disculpándose.
—¿Es usted…? —Jennings se
interrumpió ante la señal de
asentimiento del hombre—. ¿Usted es
Bugenhagen?
—Sí.
Jennings lo observó en actitud de
sospecha.
—Bugenhagen fue un exorcista del
siglo XVII.
—Eso ocurrió hace nueve
generaciones.
—¿Pero usted…?
—Soy el último —replicó
bruscamente—. Y el menos importante.
Fue hacia su mesa y se sentó con
esfuerzo. La luz de la lámpara que había
sobre la mesa reveló una tez tan pálida
que casi era transparente. Las venas se
destacaban claramente en las sienes y en
el calvo cráneo. Su rostro se veía tenso
y amargado, como si no le gustara lo que
debía hacer.
—¿Qué es este lugar? —preguntó
Thorn.
—Ciudad de Jezreel, pueblo de
Meguido —replicó el hombre, sin
expresión—. Mi fortaleza, mi prisión. El
lugar en que empezó el cristianismo.
—¿Su prisión…? —preguntó Thorn.
—Geográficamente, éste es el
corazón del cristianismo. Mientras
permanezca dentro, nada podrá
dañarme.
Se detuvo para considerar la
reacción de los hombres. Parecían
recelosos, desconfiados. El rostro los
delataba.
—¿Pueden pagar a mi mensajero,
por favor? —preguntó.
Thorn metió la mano en el bolsillo y
separó algunos billetes. El árabe los
tomó y desapareció inmediatamente por
donde había venido, dejando a los tres
hombres enfrentados en silencio. El
recinto estaba muy frío y húmedo y tanto
Thorn como Jennings tiritaban mientras
miraban a su alrededor.
—En esta plaza de pueblo —dijo
Bugenhagen— una vez desfilaron los
ejércitos romanos. Los ancianos se
sentaron en bancos de piedra susurrando
rumores del nacimiento de Cristo. Las
historias que narraban fueron registradas
con gran esfuerzo aquí —dijo,
señalando—, en este edificio, escritas y
compiladas en libros que conocemos
como la Biblia.
Los ojos de Jennings se fijaron en
una caverna oscura que estaba detrás de
ellos y Bugenhagen siguió su mirada.
—Toda la ciudad está aquí —dijo
—. Treinta y cinco kilómetros de Norte
a Sur. Transitable en su mayor parte,
salvo en recientes hundimientos. Ellos
excavan allí y causan hundimientos aquí.
Para la época en que lleguen aquí, todo
será ya una ruina. —Se detuvo,
considerando el asunto con tristeza—.
Pero ése es el hecho del hombre,
¿verdad? —preguntó—. ¿Suponen que
todo lo que hay que ver está visible en
la parte superior?
Thorn y Jennings permanecieron
silenciosos, mientras trataban de
comprender todo lo que estaban viendo
y oyendo.
—El pequeño sacerdote —preguntó
Bugenhagen—, ¿ha muerto ya?
Thorn se volvió hacia el hombre,
agitado por el recuerdo de Brennan.
—Sí —replicó.
—Entonces siéntese, señor Thorn.
Será mejor que comencemos a trabajar.
Thorn no deseaba moverse y
permaneció en su lugar. Los ojos del
anciano se fijaron en Jennings.
—Usted nos debe excusar. Esto es
sólo para el señor Thorn.
—En este asunto yo estoy con él —
replicó Jennings.
—Me temo que no.
—Yo lo traje aquí.
—Estoy seguro de que le estará
agradecido.
—¿Thorn…?
—Haga lo que le dice —replicó
Thorn.
Jennings se puso rígido pues se
sintió agraviado.
—¿Dónde demonios se supone que
debo ir?
—Coja uno de los faroles —dijo
Bugenhagen.
Jennings hizo de mala gana lo que se
le decía. Miró a Thorn, con enojo, y
cogiendo uno de los faroles de la pared
se marchó hacia la oscuridad.
Se produjo un silencio desagradable;
el anciano se puso de pie y esperó hasta
que dejó de oírse el sonido de los pasos
de Jennings.
—¿Usted confía en él? —preguntó
Bugenhagen.
—Sí.
—No confíe en nadie.
Se volvió y buscó en un armario
tallado en la roca. Retiró un paquete
envuelto en tela.
—¿Debo confiar en usted? —le
preguntó Thorn.
Como respuesta, el anciano volvió a
la mesa y abrió el paquete, del que
extrajo siete estiletes que relucieron a la
luz. Eran delgados y tenían puños de
marfil. Cada puño estaba tallado
formando la imagen de Cristo en la cruz.
—Confíe en éstos —dijo—. Éstos
son los que pueden salvarlo.
En las cavernas que se hallaban
detrás de ellos el aire estaba inmóvil.
Jennings avanzaba, casi encorvado, por
un bajo e irregular cielorraso de piedra,
mirando con pavor el círculo de luz que
lanzaba el farol que llevaba en la mano.
Había objetos engastados en las
paredes, esqueletos semienterrados en la
roca que parecían salir de los contornos
de cunetas y escalones que en una época
dieron a la antigua calle. Siguió
internándose en el túnel que
gradualmente se angostaba.
En el recinto que tenía tras sí las
luces habían disminuido su intensidad.
Los ojos de Thorn se llenaron de temor
cuando miró la mesa. Ante él los siete
estiletes estaban clavados con firmeza
en la madera, formando la señal de la
cruz.—
Debe hacerse sobre suelo sagrado
—murmuró el anciano—. El suelo de
una iglesia. Su sangre debe derramarse
ante el altar de Dios.
Sus palabras quedaron suspendidas
en el silencio, mientras el anciano
estudiaba a Thorn, para asegurarse de
que le había entendido.
—Cada estilete debe clavarse a
fondo. Hasta los pies de la figura de
Cristo de cada puño… clavados de esta
manera para formar la señal de la cruz.
La nudosa mano del anciano retiró
con fuerza el estilete del centro.
—El primero es el más importante.
Extingue la vida física y forma el centro
de la cruz. Los siguientes extinguen la
vida espiritual y deben irradiar hacia
afuera, así…
—Usted no debe tener sentimientos
—le instruyó—. Ése no es un niño
humano.
Thorn luchó por encontrar su voz.
Cuando pudo hablar, sonó extraña, ronca
y desigual. Reflejaba su angustia.
—¿Y si usted se equivoca? —
preguntó—. ¿Y si él no es…?
—No cometa ningún error.
—Debe haber alguna prueba.
—Tiene una marca de nacimiento.
Una serie de 6.
La respiración de Thorn se hizo más
intensa.
—No —dijo.
—Así, dice la Biblia, están
marcados todos los apóstoles de Satán.
—Él no lo tiene.
—Salmo Doce, versículo seis. Aquel
que tenga inteligencia calcule el
número de la bestia, pues es número de
hombre y su número es seiscientos
sesenta y seis.
—Él no lo tiene, se lo aseguro.
—Debe tenerlo.
—Lo he examinado. He estudiado
cada centímetro de su piel.
—Si no es visible en el cuerpo, lo
encontrará debajo del pelo. ¿Nació con
mucho pelo?
Thorn recordó la primera vez que
vio al niño, cuando le había maravillado
su pelo espeso y hermoso.
—Arránqueselo —indicó
Bugenhagen—. Encontrará la marca
oculta debajo.
Thorn cerró los ojos y se cogió la
cabeza con las manos.
—Una vez que empiece, no dude.
Thorn sacudió la cabeza, incapaz de
aceptar lo que el hombre proponía.
—¿Usted duda de mí? —preguntó
Bugenhagen.
—No sé —respondió Thorn con un
suspiro.
El hombre se apoyó en el respaldo
de la silla y lo estudió.
—Su hijo no nacido fue muerto tal
como estaba predicho. Su esposa ha
muerto…
—¡Pero éste es un niño!
—¿Necesita más pruebas?
—Sí.
—Entonces espere —dijo
Bugenhagen—. Tenga la convicción de
que lo que está haciendo debe hacerse.
De lo contrario, lo hará mal. Si usted
mismo se halla inseguro, ellos lo
derrotarán.
—¿Ellos…?
—Usted dijo que había una mujer.
Una mujer que cuida al niño.
—La señora Baylock…
—Su nombre es B’aalock. Es una
apóstata del Demonio y morirá antes de
permitir eso.
Quedaron en silencio. Se oyeron
pasos en la caverna que estaba detrás de
ellos. Jennings se fue materializando
gradualmente desde la oscuridad. Su
rostro denotaba su turbación.
—Miles de esqueletos… —
murmuró.
—Siete mil —respondió
Bugenhagen.
—¿Qué ocurrió?
—Meguido fue Armagedón. El fin
del mundo.
Jennings se adelantó, conmovido por
lo que había visto.
—¿Quiere decir que…
“Armagedón” ya ha ocurrido?
—Oh, sí —replicó Bugenhagen—.
Como volverá a ocurrir muchas veces.
Desclavó los estiletes y los envolvió
cuidadosamente para dar el paquete a
Thorn. Éste deseaba negarse, pero
Bugenhagen se impuso. Sus ojos se
encontraron cuando Thorn se incorporó.
—He vivido mucho tiempo —dijo
Bugenhagen con voz temblorosa—.
Rogaré porque no haya vivido en vano.
Thorn dio media vuelta y siguió a
Jennings, hacia la oscuridad por la que
habían entrado. Avanzaba en silencio y
sólo se volvió una vez, para ver el lugar
que acababa de dejar. Había
desaparecido. Sus luces se habían
apagado y el lugar desapareció en la
oscuridad.
Caminaron, en silencio, por las
calles de Jerusalén. Thorn aferraba en la
mano el paquete de tela. Estaba
deprimido y caminaba como un
autómata, con la mirada fija adelante
ignorando todo lo que le rodeaba.
Jennings le había hecho preguntas, pero
Thorn se negó a hablar. Ahora, cuando
andaban por la reducida acera de un
área de construcción, el fotógrafo debía
apurar el paso para mantenerse detrás de
Thorn y gritaba para que su voz se oyera
a pesar del ruido de los martillos
neumáticos.
—¡Escuche! ¡Todo lo que deseo
saber es lo que dijo! Tengo derecho a
saber, ¿no?
Pero Thorn continuó
empecinadamente su marcha y aceleró el
paso, como si tratara de alejarse de
Jennings.
—¡Thorn! ¡Quiero saber lo que dijo!
Jennings descendió a la calzada para
adelantarse y cogió a Thorn por el
brazo. —¡Eeh! ¡No soy un simple mirón!
Soy yo quien lo encontró.
Thorn se detuvo y miró con furia a
Jennings.
—Sí. Es usted, ¿verdad? Usted es el
que ha estado descubriendo todo esto.
—¿Qué quiere decir?
—¡Usted es quien ha estado
insistiendo en todo esto! ¡Usted es quien
me ha estado metiendo todo esto en la
mente…!
—¡Un momento…!
—Usted es quien tomó esas
fotografías…
—Espere…
—Usted es quien me trajo aquí…
—¿Qué ocurre?
—¡Yo ni siquiera sé quién es usted!
Consiguió zafar su brazo de la mano
de Jennings y se volvió. Jennings volvió
a cogerlo por el brazo.
—Usted va a esperar un minuto y
escuchar lo que tengo que decir.
—Ya he escuchado bastante.
—Estoy tratando de ayudarlo.
—¡Basta ya!
Se miraron con furia. Thorn
temblaba de ira.
—¡Pensar que he estado prestando
oído a esto! ¡Creer esto!
—Thorn…
—Todo lo que sé es que ese anciano
no es más que un “faquir” que trata de
vender sus cuchillos.
—¡¿De qué está hablando?!
Thorn levantó el paquete con sus
manos temblorosas.
—¡Éstos son cuchillos! ¡Armas!
¡Quiere que lo acuchille! ¡Espera que yo
asesine a ese niño!
—¡No es un niño!
—¡Es un niño!
—Por Dios, ¿qué otra prueba…?
—¿Qué clase de hombre se piensa
que soy?
—Cálmese un poco.
—¡No! —gritó Thorn—. ¡No lo
haré! ¡No participaré en eso! ¿Asesinar
a un niño? ¿Qué clase de hombre se cree
que soy?
Con una explosión de ira, se giró y
arrojó el paquete de cuchillos, con
fuerza. El paquete golpeó contra una
pared y fue a caer a un callejón.
Jennings se detuvo por un instante y miró
con fijeza los ojos furiosos de Thorn.
—Tal vez usted no lo haga —gruñó
— pero yo sí.
Giró, pero Thorn lo detuvo.
—Jennings.
—¿Señor?
—No quiero volver a verlo nunca.
Me aparto de todo este asunto.
Con su labio fruncido, Jennings fue
rápidamente hacia el callejón a buscar
los cuchillos. El suelo estaba lleno de
basura y los martillos neumáticos y las
máquinas pesadas llenaban el ambiente
de ruidos, mientras él apartaba
escombros con el pie. Vio el pequeño
paquete junto a la base de una lata de
residuos, cerca de él. Se acercó
rápidamente y se agachó, sin ver el
brazo de la enorme grúa que se
balanceaba arriba, deteniéndose un
instante antes de soltar el enorme panel
de cristal que sostenía. El cristal se
deslizó hacia abajo, como la hoja de una
guillotina, y alcanzó a Jennings en el
cuello, separando limpiamente la cabeza
del cuerpo, antes de convertirse en un
millón de fragmentos que volaron hacia
todos lados.
Thorn oyó el impacto y luego los
gritos, y vio que los peatones corrían, de
todas direcciones, hacia el callejón
donde Jennings había desaparecido. Los
siguió y se fue acercando al lugar donde
yacía el cuerpo. Estaba decapitado y la
sangre manaba en un movimiento débil y
rítmico, como si el corazón estuviese
latiendo aún. Una mujer asomada a un
balcón alto señaló el cadáver y gritó. La
cabeza había quedado en una lata de
residuos, mirando hacia el cielo.
Haciendo un esfuerzo, Thorn caminó
rápidamente hacía delante y recogió el
paquete de cuchillos que estaba entre los
escombros, a pocos centímetros de la
mano, sin vida, de Jennings. Con ojos
vidriosos, salió del callejón y volvió al
hotel.
12
El vuelo de regreso a Londres había
durado ocho horas. Thorn viajó sentado,
en aturdido silencio. Su mente se negaba
a funcionar. Los fuegos que una vez
habían incitado su pensamiento —la
especulación, la imaginación, la duda—
se habían extinguido ahora. Ya no había
más temor, ni pena, ni confusión. Sólo el
conocimiento concreto de lo que había
que hacer.
En el aeropuerto de Londres, una
azafata le había devuelto el paquete con
los cuchillos. De acuerdo con las
medidas de seguridad, los había
retenido hasta la finalización del viaje.
Al devolverlos, comentó que eran muy
bellos y le preguntó dónde los había
comprado. Thorn respondió con
monosílabos y guardó el paquete en un
bolsillo interior de la chaqueta, antes de
entrar en la terminal aérea que estaba
casi vacía. Era más de medianoche y el
aeropuerto se había cerrado. El de
Thorn había sido el último vuelo al que
se autorizó el aterrizaje, porque la
visibilidad no era suficiente en las
pistas. La ciudad estaba sumergida en la
bruma y los conductores de taxi se
negaban a llevarlo hasta Pereford.
Resultaba extraño volver de esa manera
a Londres, sin nadie que lo recibiera, ni
nadie que lo llevara en automóvil. Lo
aguijoneaba el recuerdo de sus
anteriores regresos. Siempre estaba
Horton esperándolo con las noticias del
tiempo. Y en el hogar, Katherine lo
recibía con una sonrisa de bienvenida.
Ahora, mientras esperaba en la fría
noche a que un coche de alquiler pasara
a buscarlo, la soledad lo invadió y se
sintió helado hasta los huesos.
Cuando, finalmente, llegó el coche,
partieron con paso de tortuga. La
imposibilidad de ver nada que se
deslizara por la ventanilla creaba la
sensación de que el vehículo no se
movía. Era como si el coche estuviese
suspendido en el espacio, y ello ayudó a
Thorn a resistir la tentación de pensar en
nada de lo que le esperaba. El pasado
había desaparecido, el futuro era
imprevisible. Sólo existía ese momento,
que duró una eternidad, hasta que
finalmente Pereford apareció a la vista.
También la casa estaba cubierta por
la bruma, que se arremolinó en torno del
coche cuando se detuvo y depositó a
Thorn y su equipaje en el acceso para
vehículos. La casa parecía tranquila y
oscura. Cuando el coche se hubo
marchado, Thorn quedó por unos
minutos mirando en silencio la casa en
la que antes vivía la gente que él amaba.
Dentro no se veía una sola luz, ni se
percibía ningún sonido. La mente de
Thorn lo torturaba con huidizas
imágenes de los sucesos que habían
ocurrido allí. Vio a Katherine en el
jardín, jugando con su hijo, mientras
Chessa reía y observaba. Vio el balcón
lleno de gente que reía, el acceso de
vehículos atestado de coches, con
chóferes, que pertenecían a las personas
más importantes de la Comunidad
Británica. Pero las visiones se
esfumaron y Thorn sólo tuvo ya
conciencia de los latidos de su corazón,
la sensación de la sangre que corría por
sus venas.
Haciendo acopio de coraje, se
acercó a la puerta del frente y con manos
endurecidas por el frío insertó la llave.
Sintió un ruido que le llegaba desde
detrás. Era un movimiento como si algo
se estuviese acercando a él, a la carrera,
desde el bosque de Pereford. La
respiración de Thorn se aceleró
mientras abría la puerta y entraba,
cerrándola rápidamente tras sí. Tuvo la
sensación de que lo perseguían, pero
cuando miró por el panel de cristal
emplomado de la puerta cerrada sólo
vio la bruma. El temor momentáneo
había sido una fantasía. Sabía que debía
evitar que ello se repitiera.
Aseguró la puerta tras sí y
permaneció de pie en la oscuridad, por
un momento, acostumbrando a sus oídos
a los sonidos de la casa. El sistema de
calefacción funcionaba, resonando en
los conductos de aluminio. El reloj de
péndulo emitía su tictac, marcando los
segundos que pasaban. Thorn fue
lentamente, a través de la sala de estar,
hacia la cocina y allí abrió la puerta del
garaje. Los dos coches estaban
estacionados uno junto al otro, la
camioneta de Katherine y su Mercedes.
Fue hacia su automóvil, abrió la
portezuela del lado del conductor e
insertó las llaves en el contacto. El
depósito de combustible sólo contenía
una cuarta parte de líquido, suficiente
para volver a Londres. Dejó la
portezuela abierta y la llave puesta y
volvió a la cocina, donde se detuvo para
accionar la llave que elevaba
automáticamente las puertas del garaje.
La bruma entró en un remolino y, por un
momento, Thorn volvió a pensar que oía
un sonido. Entró nuevamente, cerró la
puerta y se quedó escuchando. No había
nada. Su mente lo estaba engañando.
Encendió la luz y observó todo lo
que le rodeaba. Estaban todas las cosas
tal como las había dejado, como si la
encargada se hubiese retirado a dormir y
todo permaneciese en orden. Incluso
había sobre la cocina un recipiente con
cereales en remojo para que estuvieran
ya blandos por la mañana. Este detalle
conmovió a Thorn. Era todo tan normal,
tan poco coherente con lo que él sabía
que era la verdad.
Acercándose a la mesa, sacó el
paquete de tela, del bolsillo de la
chaqueta, y colocó el contenido frente a
sí. Los siete cuchillos estaban allí,
recién afilados. Las hojas reflejaban
partes de su rostro, mientras los
examinaba. Vio sus ojos, tristes y
resueltos, y tomó conciencia de una
repentina transpiración que le produjo la
vista de los cuchillos. Empezó a sentir
una debilidad que trepaba por sus
piernas y trató de combatirla, volviendo
a envolver los cuchillos con manos
temblorosas, y colocando otra vez el
paquete en su bolsillo.
Entró en la despensa y empezó a
subir por una angosta escalera de
madera, agachándose para evitar tocar
la lamparita desnuda que la iluminaba,
suspendida desde arriba por un cable
muy gastado. Era la escalera de servicio
y Thorn sólo la había utilizado una vez
que estuvo jugando al escondite con
Damien. Recordó que en aquel momento
había tomado nota de que necesitaba
hacer arreglar el cable gastado, por
temor de que un día el niño llegara a
tocarlo. Ése era sólo uno de los muchos
riesgos de la casa vieja y obsoleta.
Había ventanas, de los pisos superiores,
que se abrían con demasiada facilidad,
creando corrientes. Los balcones eran
poco sólidos y las barandas estaban en
mal estado.
Mientras subía por la angosta
escalera posterior, Thorn tuvo la
sensación de que estaba viviendo un
sueño, que en cualquier momento se
despertaría junto a Katherine y le
contaría la terrible fantasía que había
ocupado su mente. Ella demostraría su
preocupación y lo tranquilizaría
acariciándolo. El niño entraría, con su
pasito, en el cuarto de ellos, con el
rostro fresco y rosado por el sueño.
Thorn llegó al rellano del primer
piso y se adentró en el oscuro hall,
mientras la confusión que lo había
invadido antes de la muerte de Jennings
volvía a perturbarlo. Deseaba entrar en
el cuarto del niño y hallarlo vacío, y
quería pensar que la casa estaba
silenciosa y a oscuras porque la mujer
se lo había llevado consigo. Pero oía el
sonido de la respiración de ambos en el
sueño. Los ronquidos de la mujer
destacaban por contraste con la
respiración del niño. Thorn siempre
había sentido que en ese hall sus vidas
se entremezclaban de alguna manera,
durante el sueño, que su respiración se
encontraba y se fundía en la oscuridad,
creando una unidad que no se daba en
las horas de vigilia. Se apoyó contra la
pared, escuchando. Luego, se fue, sin
hacer ruido, hacia su propio cuarto y
encendió la luz.
Su cama estaba preparada, como si
se le esperara, y Thorn se acercó y se
sentó pesadamente. Sus ojos se posaron
sobre la fotografía, enmarcada, de
Katherine y él, que había sobre la mesita
de noche. Qué jóvenes se les veía, qué
llenos de vida. Thorn se recostó en la
cama y sintió que las lágrimas manaban
de sus ojos. Habían brotado, sin que él
lo advirtiese, y no se resistió,
permitiéndoles fluir. Abajo, un reloj
sonó dos veces y Thorn se levantó. Fue
al baño y encendió la luz. El espectáculo
lo aterró. El baño de Katherine estaba
en un desorden total. Se veía maquillaje
usado y tirado por todas partes, como si
allí se hubiera realizado alguna
celebración macabra. Había frascos de
polvos y cremas destrozados en el suelo,
manchas de lápiz labial frotado contra el
azulejo, el inodoro estaba lleno de
cepillos y rizadores, como si alguien
hubiera intentado hacerlos desaparecer
por la cloaca. Todo indicaba una furia
insana y, aunque Thorn no podía
comprender nada, vio claramente que
era algo dirigido contra Katherine. Era
la obra de un adulto. Los frascos estaban
destrozados con fuerza, las manchas
indicaban decisión. Era la obra de un
loco. Un loco lleno de odio. Estaba
azorado por lo que veía y levantó la
cabeza para ver su rostro en un espejo
roto. Comprobó que su rostro se
endurecía y entonces se agachó para
abrir un cajón. Lo que buscaba no estaba
allí y abrió un armarito donde encontró
lo que necesitaba. Era una afeitadora
eléctrica. Thorn la conectó a la
corriente, oprimió el botón que la ponía
en funcionamiento, y el objeto zumbó en
sus manos. Cuando volvió a oprimir el
botón, le pareció oír un ruido. Era un
crujido de las tablas del piso superior.
Se quedó en silencio, conteniendo casi
la respiración, hasta que cesó el ruido.
No se repitió.
Se le había acumulado sudor sobre
el labio superior y Thorn lo enjugó con
una mano temblorosa. Entonces salió del
baño y quedó de pie en el hall oscuro.
Mientras caminaba, las tablas del piso
crujieron bajo sus pies. El cuarto del
niño estaba más allá del de la señora
Baylock y cuando Thorn pasó frente a la
puerta se detuvo. Estaba ligeramente
abierto y pudo ver el interior. La mujer
estaba acostada de espaldas con un
brazo que se balanceaba hacia abajo.
Tenían las uñas pintadas con un rojo
brillante. También el rostro estaba
maquillado como Thorn ya lo viera en
otra ocasión, como el de una prostituta,
con mucho carmín y polvos a los que
ahora había agregado sombra para los
ojos y colorete en las mejillas. Ella
yacía quieta y roncaba, con su
prominente vientre que ascendía y
descendía, proyectando una sombra
sobre el piso.
Con dedos temblorosos, Thorn cerró
la puerta, hizo un esfuerzo de voluntad
para seguir adelante y anduvo en
silencio hasta la puerta situada en el
extremo del pasillo. También estaba
entornada. Thorn la abrió, entró en el
cuarto, volvió a cerrar tras sí y
permaneció inmóvil, recostado en la
hoja de madera, mientras contemplaba a
su hijo. En el otro lado de la habitación,
el niño dormía, con rostro apacible e
inocente, y Thorn desvió la vista sin
atreverse a mirarlo de nuevo. Tensó los
músculos y respiró hondo. Luego
avanzó, con la maquinilla de afeitar
apretada fuertemente en la mano. Al
llegar junto a Damien, la puso en
funcionamiento. El aparato emitió un
sonoro zumbido que pareció inundar
toda la estancia. El chiquillo continuó
durmiendo, ajeno a lo que ocurría a su
alrededor, y Thorn se inclinó sobre él.
Le temblaban los brazos cuando levantó
la ronroneante maquinilla para aplicarla
con suavidad a la piel de la criatura. Se
desprendió en seguida un mechón de
pelo y poco faltó para que a Thorn se le
escapara un grito sofocado, al ver aquel
corte; en la blancura del cuero
cabelludo, bajo la espléndida
pelambrera negra, se vislumbró una fea
cicatriz. Thorn volvió a aplicar la
rasuradora y fue abriendo un claro por
detrás de la sutura. El pelo cayó sobre la
almohada, al tiempo que el pequeño
emitía un gemido y empezaba a
removerse. Jadeante a causa de la
consternación, Thorn se apresuró,
mientras el chiquillo parpadeaba y
movía la cabeza, tratando de desasirse.
En tanto el pelo continuaba cayendo, el
niño comenzó a despertarse y, aún
aturdido, pretendió alzar el rostro. Una
oleada de pánico invadió a Thorn,
mientras empujaba hacia abajo la cabeza
de Damien, para sujetarla contra la
almohada. El aterrado chiquillo
forcejeó, dispuesto a rechazar aquella
mano, pero Thorn apretó con más fuerza,
gimiendo de fatiga y repulsión mientras
accionaba la afeitadora y las cuchillas
seguían cortando pelo. Damien bregaba
y se debatía frenéticamente, la
maquinilla entraba en contacto con el
cuero cabelludo sólo de forma
esporádica y los sofocados gritos de
miedo del niño expresaban cada vez más
desesperación, mientras Thorn se
esforzaba en inmovilizarlo. La cabeza
empezaba a quedar limpia y a Thorn se
le escapó un quejido durante el esfuerzo;
el cuerpo infantil se retorcía y
pataleaba, en busca de aire. De súbito,
Thorn desorbitó los ojos y aplicó la
maquinilla con renovada firmeza, en un
punto de la parte posterior del cráneo.
Allí estaba. La marca de nacimiento. El
filo de las cuchillas había rasgado la
superficie irregular, semejante a una
corteza, de la que ahora brotaba sangre,
pero la señal se distinguía perfectamente
sobre la blancura del cuero cabelludo,
en la base del cráneo. Tres 6 dispuestos
de manera que constituían el dibujo de
un trébol, al unirse en el centro la punta
de sus extremos curvos. Thorn
retrocedió y el niño se incorporó de un
salto, fijos en su padre los asustados
ojos, mientras sollozaba y luchaba por
recobrar el aliento. Se llevó las manitas
a la parcialmente rapada cabeza, las
retiró ensangrentadas y, al verlas teñidas
de rojo, chilló empavorecido. Alargó
los brazos hacia su padre y estalló en
lágrimas. El impotente terror que
saturaba los ojos del niño dejó
paralizado a Thorn. Se sintió incapaz de
consolarlo y empezó a sollozar cuando
las manitas manchadas de sangre se
tendieron hacia él, en súplica de ayuda.
—Damien… —gimió Thorn.
Pero, en aquel momento, la puerta se
abrió violentamente y, al volver la
cabeza, Thorn vio la voluminosa figura
de la señora Baylock, que había
irrumpido en el cuarto y se le acercaba
con gesto iracundo. Un horripilante
alarido de furor brotó a través de los
abiertos labios pintados de rojo. Thorn
trató de coger al niño, pero la mujer dio
un salto, se abalanzó sobre el hombre y
lo derribó contra el suelo. El chiquillo
gritó aterrado y huyó de la cama. Thorn
rodó bajo la señora Baylock y trató de
impedir que los dedos de la mujer le
hicieran presa en el cuello o se le
clavaran en los ojos. La golpeó, pero no
pudo quitarse de encima aquel enorme
peso que inmovilizaba su cuerpo. Las
carnosas manos de la mujer encontraron
la garganta de Thorn y apretaron con
ferocidad, hasta que los ojos
amenazaron con salirse de las órbitas. A
la desesperada, Thorn empujó hacia
atrás el rostro de la señora Baylock,
pero ella le clavó los dientes en la
mano, en el momento en que una lámpara
caía de la mesa situada junto a los
luchadores. Thorn alcanzó la lámpara y
golpeó con ella a la mujer. La lámpara
se hizo pedazos y la señora Baylock,
aturdida por el impacto, se estremeció y
se inclinó lateralmente. El macizo pie de
la lámpara había quedado en la mano de
Thorn, que aprovechó la circunstancia
para golpear con él a la señora Baylock.
Notó que el cráneo se resquebrajaba y
vio deslizarse la sangre por las mejillas,
hasta el mentón, a través de la capa de
polvos blancos que cubría su rostro.
Pero la señora Baylock no le soltó.
Thorn la golpeó por tercera vez y
entonces sí, la corpulenta humanidad de
la mujer se desplomó de costado y,
trabajosamente, Thorn pudo ponerse en
pie para, con paso vacilante, retroceder
hacia la pared donde se encontraba el
niño, heladas de espanto las pupilas.
Thorn agarró a la criatura y salió de la
habitación. Recorrió el pasillo, dando
tumbos y chocando contra los tabiques.
Franqueó el umbral de la escalera
posterior y cerró la puerta de golpe.
Damien se aferró al pomo y sacudió el
entrepaño con violencia, hasta que
Thorn le arrancó de allí a la fuerza. El
niño le arañó la cara, mientras
descendían juntos, dando traspiés por
los peldaños. En mitad de la escalera,
Damien se agarró a la bombilla que
colgaba del techo y Thorn tiró de él con
brusquedad, para que se soltara. Una
súbita sacudida eléctrica hizo
estremecer sus cuerpos y ambos salieron
despedidos escaleras abajo.
Tras aterrizar en el suelo de la
despensa, al pie del tramo de escalones,
Thorn, desorientado, se arrastró, a gatas,
e intentó incorporarse y recobrar la
lucidez. Encontró al chiquillo, que
estaba inconsciente, trató de levantarlo
en peso, pero le fallaron las fuerzas y
cayó hacia atrás. Se abrió la puerta de la
cocina y Thorn volvió la cabeza con
aturdido movimiento. Era la señora
Baylock, que avanzaba tambaleándose,
con la cabeza convertida en un pequeño
surtidor de sangre. Thorn se esforzó en
recuperar totalmente el equilibrio, pero
la mujer le agarró por la chaqueta y le
obligó a girar sobre sí mismo, mientras
él intentaba desesperadamente abrir
unos cajones, que se le escaparon de la
mano y cuyo contenido se esparció por
el piso. También Thorn fue a parar al
suelo, cuando la señora Baylock se
abalanzó sobre él y las ensangrentadas
manos buscaron con inexorable crueldad
la garganta del hombre. El contraído
semblante de la señora Baylock tenía
una tonalidad rosada, resultado de la
mezcla de sangre y polvos blancos; la
boca, abierta a causa del esfuerzo,
dejaba ver una dentadura feroz,
revestida también por aquella pasta
repugnante. Thorn se sintió indefenso, a
punto de morir asfixiado, mientras
miraba fijamente los ojos de la mujer, en
los que se reflejaba el delirio homicida.
El rostro de la señora Baylock se fue
acercando hasta que sus labios se
oprimieron con fuerza contra los de
Thorn. A su alrededor, el suelo estaba
sembrado de utensilios y cubiertos,
caídos de los cajones, y las manos de
Thorn, al tantear frenéticamente,
tropezaron con un par de tenedores, que
se apresuró a empuñar, desesperado.
Los levantó simultáneamente, con
arrebatada violencia, apuntando a ambas
sienes de la mujer, donde se hundieron a
fondo, tras producir un chasquido
espantoso. La señora Baylock emitió un
alarido y se echó hacia atrás. Thorn se
puso en pie, vacilante, mientras la mujer
trastabillaba por la estancia y se
esforzaba inútilmente en arrancarse los
tenedores que sobresalían de su cabeza.
Thorn cruzó la despensa, dando
bandazos, cogió al todavía inconsciente
chiquillo y se encaminó a la puerta del
garaje, que franqueó para dirigirse con
paso inseguro hacia la abierta portezuela
del automóvil. Casi había llegado,
cuando brotó un repentino ladrido y una
borrosa figura de piel negra surcó el
aire y fue a chocar contra su hombro,
despidiéndole de costado hacia el
interior del coche. Era el perro, cuyas
mandíbulas habían hecho presa en el
brazo de Thorn y tiraban hacia fuera,
tratando de sacarle del vehículo. El niño
había caído en el asiento contiguo y
Thorn utilizó la mano que tenía libre
para coger la portezuela y golpear con
ella, abriéndola y cerrándola, el hocico
del perro. La sangre empezó a manar y
el animal soltó el brazo de Thorn y dejó
oír un aullido de dolor, en tanto la
portezuela se cerraba del todo.
Dentro del coche, Thorn buscó las
llaves. El perro pareció enloquecer.
Saltó encima del capó y embistió
repetidamente, con furia salvaje, el
parabrisas del automóvil. Cada impacto
provocaba un ominoso estremecimiento
del cristal. Los dedos temblorosos de
Thorn encontraron por fin las llaves,
pero se le cayeron de la mano y se
aprestó a recuperarlas, mientras el niño
empezaba a gemir y el perro seguía
lanzándose contra el parabrisas, cuyo
cristal se cuarteaba ya. Thorn consiguió
encontrar de nuevo las llaves e introdujo
la de contacto, pero al mirar a través del
parabrisas, la escena que apareció frente
a sus ojos le heló la sangre. La señora
Baylock, aún viva, acababa de salir de
la cocina y, con torpe paso, se dirigía
hacia el coche, al tiempo que empleaba
sus últimas fuerzas para levantar un
pesado mazo. Thorn puso en marcha el
motor, pero en el preciso instante en que
el vehículo iba a arrancar, el mazo
descendió y en el parabrisas se abrió un
amplio agujero. La cabeza del perro se
coló rápidamente por la brecha.
Chasquearon los dientes del animal, que
se esforzaba por entrar en el coche,
mientras su boca desprendía babeante
saliva. La cabeza de aquella fiera se
acercaba cada vez más a Thorn.
Adosado contra el respaldo del asiento,
Thorn veía ya los dientes del perro a
escasos centímetros de su rostro,
lanzando rabiosos mordiscos al aire,
cuando los dedos, hundidos en el
bolsillo de la chaqueta, encontraron uno
de los estiletes. Sacó la mano, armada
con el estilete, la levantó por encima de
la cabeza y clavó el arma firme y
directamente entre los juntos ojos del
animal. La afilada hoja se hundió hasta
la empuñadura. La boca del can pareció
querer desencajarse y de ella brotó un
rugido de dolor, más propio de un
leopardo que de un perro. El animal
retrocedió, convulso, resbaló por el
capó, fue a parar al suelo y allí empezó
a retorcerse y a bailotear sobre las patas
posteriores, mientras agitaba las
delanteras en vanos intentos para
arrancarse el puñal clavado en la frente.
Su aullido de agonía resonó
estremecedor en el garaje. Thorn
accionó la palanca de cambio y puso la
marcha atrás. La señora Baylock se
acercó dando traspiés a la ventanilla y
golpeó el cristal, con su rostro
suplicante convertido en una masa
amorfa de carne rosada.
—Mi niño… —sollozaba—. Mi
niño…
El coche aceleró, en marcha atrás y,
al quedarse rezagada, la mujer corrió
hasta el centro de la calzada y levantó
los brazos, en un último intento para
evitar que el coche se alejase. El
vehículo se detuvo y luego salió
disparado hacia delante, despidiendo
gravilla impulsada por los neumáticos.
Thorn pudo desviarse y pasar junto a la
mujer, pero no lo hizo. Apretó los
dientes y pisó a fondo el acelerador; el
resplandor de los faros iluminó
brevemente el semblante desencajado de
la señora Baylock y, un segundo
después, el automóvil la alcanzó de
lleno y el cuerpo de la mujer salió
despedido por el aire, mientras la parte
frontal del vehículo quedaba abollada.
Al llegar al extremo de la avenida de
acceso, Thorn detuvo el coche y lanzó
una mirada por el espejo retrovisor. Vio
el cuerpo sin vida de la señora Baylock,
un inerte montón de carne retorcido de
forma grotesca en medio de la calzada y,
sobre el césped, la figura del perro, que
se agitaba en espasmos, bajo la claridad
de la luna.
Apretó de nuevo el acelerador,
desembocó en la carretera, después de
que el costado del automóvil tropezara
con un muro de piedra, y aumentó la
velocidad, rumbo a la autopista. A su
lado, el chiquillo continuaba
inconsciente. Una vez en la autopista,
Thorn apretó al máximo el acelerador,
en dirección a Londres. Asomaba ya la
aurora y la niebla emprendía la retirada.
El automóvil de Thorn se deslizó por la
amplia y desierta carretera como un
reactor por la pista de despegue. Casi
volaba. La línea que dividía la calzada
era una raya borrosa que el vehículo
parecía engullirse entre el zumbido de
un motor cuyas revoluciones daban la
impresión de incrementar su ritmo de
modo siempre creciente.
Junto a Thorn, Damien empezaba a
volver en sí. Se movió y sus labios
exhalaron un gemido de dolor. Thorn
fijó su atención en la autopista,
dispuesto por todos los medios a
prescindir mentalmente de la presencia
del muchacho.
—¡No es un niño humano! —gritó,
apretando los dientes—. ¡No es una
criatura humana!
Continuó a toda velocidad, mientras
Damien seguía quejándose
lastimeramente, aunque incapaz de
recuperar del todo el sentido.
El desvío de la West-10 le pilló
desprevenido. Thorn reaccionó con
excesiva lentitud, perdió
momentáneamente el dominio del
automóvil y el vehículo patinó de
costado y fue a meterse en la cuneta. La
brusca maniobra lanzó a Damien al piso
del coche. Se dirigían a la iglesia de
Todos los Santos. Thorn divisaba ya los
altos chapiteles de las torres del templo
cuando el chiquillo, al que el golpe
había despertado, alzó la vista y le
contempló con ojos llenos de inocencia.
—No me mires… —rezongó Thorn.
—Me duele… —gimió el niño.
—¡No me mires!
Y Damien obedeció, clavando la
vista en el piso del coche. Chirriaron los
neumáticos al doblar una esquina para
aproximarse velozmente a la iglesia.
Thorn levantó la cabeza y observó un
repentino oscurecimiento del cielo. Era
como si volviese a anochecer, como si
un denso manto de tinieblas cayese con
repentino impulso, acompañado por los
chispazos de una serie de relámpagos
que rasgaban el aire para descender y
acribillar la tierra sañudamente.
—Papaíto… —articuló Damien.
—¡No me dirijas la palabra!
—Estoy malo.
Y empezó a vomitar. Thorn, gritó,
decidido a que su voz sofocara los
ruidos que producía el dolor del niño.
Se desencadenó de pronto un violento
aguacero; feroces ramalazos de aire
arrojaron contra el parabrisas
gigantescos puñados de broza, mientras
el automóvil frenaba de golpe ante la
iglesia y Thorn abría la portezuela.
Agarró a Damien por el cuello del
pijama y trató de arrastrarlo por encima
del asiento, pero el chico empezó a
chillar y a patalear, sus piernas entraron
en contacto con el estómago de Thorn,
que se vio despedido hacia atrás y cayó
de espaldas sobre la acera. Thorn se
abalanzó de nuevo sobre el coche,
agarró a Damien por un pie y lo sacó del
vehículo, pero el niño logró desasirse y
echó a correr. Thorn salió en su
persecución, lo cogió por la parte
superior del pijama y lo lanzó contra el
pavimento. Resonó en las alturas el
estallido de los truenos, un rayo fue a
caer cerca del automóvil y Damien giró
sobre sí mismo en la húmeda acera y
eludió de nuevo las manos de Thorn.
Éste dio un salto, alcanzó otra vez al
escurridizo chiquillo y lo sujetó con
fuerza, pasándole un brazo alrededor del
pecho. Damien pataleó y gritó, mientras
avanzaban con paso vacilante en
dirección a la iglesia.
Una ventana se abrió, al otro lado de
la calle, y un hombre empezó a vocear,
pero Thorn continuó su marcha bajo la
impresionante tromba de agua,
convertido su rostro en una máscara de
terror, mientras se afanaba en alcanzar
la imponente escalinata de entrada al
templo. Se levantó un viento ululante,
que azotó a Thorn de frente, con tal
violencia que casi contrarrestaba los
esfuerzos del hombre para seguir
adelante. Inclinado, Thorn fue
avanzando centímetro a centímetro.
Damien se revolvió entre sus brazos y le
mordió en el cuello. Thorn emitió un
grito dolorido, pero no cedió en su lucha
por acercarse a la iglesia. A través del
estrépito de la tormenta llegó el alarido
de una sirena de la policía y, desde la
ventana del otro lado de la calle, una
voz masculina conminaba a Thorn a que
soltase al chiquillo. Pero Thorn no se
enteraba de nada, concentrado en su
propósito de llegar a la escalinata,
mientras el viento aullaba a su alrededor
y el niño le desgarraba la carne del
rostro. Le hundió un dedo en la cuenca
del ojo y Thorn cayó de rodillas, pero
siguió decidido a llegar con el niño, que
no dejaba de debatirse, hasta la
escalinata. Un rayo trazó un surco en el
asfalto y dio la impresión de que iba a
dirigirse hacia ellos, pero la chispa
eléctrica se apagó. Thorn había llegado
ya a los macizos peldaños, y utilizaba
todas las energías que le quedaban para
impulsar hacia arriba al chiquillo, que
no cesaba de chillar. Pero no conseguía
su empeño. Le fallaban las fuerzas,
mientras el vigor del niño parecía
aumentar. Las uñas de Damien se
cebaban en los ojos de Thorn y las
rodillas infantiles batían el estómago del
hombre, que jadeaba y luchaba para que
la criatura no se le escapase de entre los
brazos. Mediante un esfuerzo
sobrehumano, logró tender al niño en el
suelo y luego hundió la mano en el
bolsillo de la chaqueta, en busca del
paquete de puñales. Al tiempo que
emitía un grito estremecedor, Damien le
propinó un puntapié en la mano y los
estiletes se diseminaron por los
escalones, en torno a ellos. Thorn
alcanzó uno, mientras intentaba mantener
al chiquillo sujeto contra el suelo. El
ulular de la sirena llegó a su nota más
alta y luego cesó bruscamente. El niño
gritó, al tiempo que Thorn alzaba el
estilete por encima del cuerpo de
Damien.
—¡Alto! —ordenó una voz, desde la
calle. Dos agentes de policía aparecieron
bajo la lluvia. Acababan de apearse del
coche, se habían lanzado ya a la carrera
y uno de ellos desenfundó el revólver.
Thorn levantó la cabeza, los vio
aproximarse y luego miró al niño, emitió
un repentino grito de furia y descargó la
cuchillada. El alarido del chiquillo sonó
al mismo tiempo que la detonación de un
disparo.
Durante unos segundos, todo pareció
quedar petrificado: los policías,
inmóviles; Thorn, rígido, sentado en la
escalinata, con el cuerpo de Damien
tendido ante él. Después, las puertas de
la iglesia se abrieron y, desde el umbral
de la entrada, un sacerdote contempló la
escena: un cuadro vivo, velado por la
cortina que formaba la lluvia torrencial.
13
La noticia de la tragedia se difundió
velozmente por todo Londres y en
seguida, merced a los teletipos, llegó a
todos los puntos del planeta. La historia
resultaba confusa, contradictorios los
detalles del suceso y, durante cuarenta y
ocho horas, los periodistas abarrotaron
la sala de espera del Hospital Municipal
e interrogaron incesantemente a los
médicos, para averiguar qué había
ocurrido y cómo se desarrollaron los
acontecimientos. En la mañana del
segundo día, un grupo de portavoces del
hospital entró en la sala y sus integrantes
aguardaron a que las cámaras de
televisión se pusieran en
funcionamiento. Entonces pronunciaron
su comunicado. Un médico sudafricano,
procedente del Hospital Groote Schuur,
de Ciudad del Cabo, que se había
trasladado desde allí, por vía aérea,
para realizar una intervención quirúrgica
extraordinaria, hizo la declaración final.
—Debo manifestar… que la muerte
sobrevino a las ocho y media de esta
mañana. Se intentó lo imposible para
salvar la vida del paciente, pero la
gravedad de la herida era tal, los daños
producidos, tan irreparables, que la
ciencia no pudo hacer nada.
Un murmullo de pesar brotó del
grupo de periodistas que llenaban la
sala y el médico esperó a que reinara de
nuevo el silencio.
—No habrá más comunicados. Se
celebrarán funerales en la iglesia de
Todos los Santos, donde ocurrió el
trágico incidente… Luego, el cadáver se
enviará a los Estados Unidos, donde
recibirá sepultura.
La hilera de automóviles, en la
ciudad de Nueva York, aguardaba
delante del Aeropuerto John F. Kennedy.
Los dos féretros se dispusieron en un
solo coche fúnebre, que los trasladó al
cementerio por una carretera rebosante
de vehículos. Motoristas de la policía se
encargaron de abrir paso al cortejo
fúnebre. Una muchedumbre llenaba el
cementerio, cuando llegaron los ataúdes.
Los guardias mantuvieron a cierta
distancia a curiosos y plañideros,
mientras el reducido grupo que
constituía el acompañamiento oficial era
conducido hacia las abiertas sepulturas.
Un sacerdote ataviado con amplios
hábitos blancos empezó a oficiar bajo
una bandera estadounidense. Sonaron
toques de duelo mientras se colocaban
las correas en los féretros y uno de los
sepultureros probaba el mecanismo de
descenso, bajando ligeramente los
ataúdes, antes de que se iniciase el
elogio fúnebre.
—Lamentamos todos juntos, hoy —
salmodió el sacerdote—, la muerte
prematura de dos de nuestros hermanos,
que en su partida hacia la eternidad se
llevan parte de nosotros. No debemos
afligirnos por ellos, que ahora van a
descansar, sino por nosotros, que los
hemos perdido y los echaremos de
menos. Por breve que sea una vida, es
una vida completa y tenemos que dar
gracias por el corto espacio de tiempo
que estuvieron entre nosotros.
El gentío permanecía silencioso;
algunas personas lloraban, otras
protegían sus ojos del sol.
—Despedimos al hijo de un gran
hombre… Decimos adiós a alguien que
nació en un hogar dotado de riqueza y
seguridad… que dispuso de todos los
bienes terrenales que un ser humano
puede poseer y disfrutar. Pero este
ejemplo nos permite comprender que los
bienes terrenales no son suficiente.
Al otro lado de las verjas del
camposanto, los periodistas observaban
la ceremonia y tomaban fotografías con
teleobjetivo. Unos cuantos reporteros
formaban un grupo aparte y comentaban
entre sí lo confuso que resultaba aquel
caso, a través de los datos que se
hicieron públicos. Unos hechos oscuros,
los que les habían conducido allí.
—Un asunto muy raro, ¿verdad?
—¿Raro? ¿Qué tiene de raro? No es
la primera vez que se cometen
homicidios en la calle.
—¿Qué me dices del fulano que los
vio pelearse en la escalinata? Me
refiero al tipo que avisó a la policía.
—Era un borracho. Le hicieron la
prueba del alcohol y tenía la sangre
llena. —No sé, no sé —terció otro
periodista—. A mí me parece todo
bastante extraño. ¿Qué estaban haciendo
delante de la iglesia a aquellas horas?
—Su esposa había muerto, tal vez
iban a rezar.
—¿Qué clase de enfermos
cometerían un asesinato en los peldaños
de una iglesia?
—El mundo está lleno de chalados
así. Créeme.
—No sé —repitió el primero—. Me
da en la nariz que se han callado algo.
—Tampoco sería la primera vez.
—Ni la última.
Los dos ataúdes descendían ya,
despacio, hacia el fondo de la sepultura,
mientras el sacerdote elevaba los brazos
al cielo. Entre los asistentes al entierro,
las figuras de una pareja se mantenían
separadas de los demás. A su alrededor,
cierto número de policías de paisano
lanzaban furtivas miradas vigilantes a la
multitud. Se trataba de un hombre de
aspecto digno y majestuoso y de una
mujer cuyo rostro estaba cubierto por un
velo negro. La mujer tenía cogido de la
mano a un niño de cuatro años, que
llevaba un brazo en cabestrillo.
—Al dirigir nuestro último adiós a
Robert y Katherine Thorn, que
emprenden viaje hacia su eterno
descanso —moduló el presbítero—,
proyectamos nuestros ojos sobre su hijo
Damien, único superviviente de esta
desaparecida gran familia, que ahora irá
a vivir en el hogar de otra. Quiera Dios
que su vida florezca en el amor que esta
nueva familia suya derrame sobre él.
Quiera Dios que pueda asumir el legado
de su padre y convertirse en un dirigente
de la Humanidad.
Desde el lugar que ocupaba, cerca
de las tumbas, Damien observó el lento
descenso de los dos féretros, mientras
apretaba con fuerza la mano de la mujer
situada a su lado.
—Y, por último, ruego por ti,
Damien Thorn —remató el sacerdote,
todavía con los brazos elevados al cielo
—. Quiera el Señor derramar sobre ti
sus gracias y bendiciones… Quiera
Jesucristo concederte su amor eterno.
De la lejanía de un cielo limpio de
nubes llegó el sordo retumbar de un
trueno. La muchedumbre empezó a
dispersarse lentamente. La pareja
rodeada de policías de paisano aguardó
hasta que todos se hubieron retirado. Se
aproximaron entonces a la tumba y el
niño se arrodilló para rezar. La gente
volvía la cabeza para mirar aquella
escena y eran muchos los que lloraban.
Por fin, el niño se levantó y,
acompañado de sus nuevos padres,
empezó a alejarse despacio. Los
policías formaron un círculo alrededor
del trío y protegieron su trayecto hasta el
automóvil presidencial.
Cuatro motoristas escoltaron el
coche, que pasó por delante del lugar
donde estaban congregados los
periodistas. Los reporteros gráficos
tiraron placas del rostro del chiquillo,
que los miraba a través de la ventanilla
posterior del automóvil en movimiento.
En todos los casos, los clichés salieron
velados por una mancha, un defecto de
la emulsión de la película que creaba
algo así como una especie de neblina
suspendida sobre el automóvil.

DAVID SELTZER. (Nacido en Highland
Park, Illinois; 1940) es un famoso
guionista, productor y director
norteamericano, tal vez mejor conocido
por escribir las célebres novelas La
profecía (1976) y Bird on a Wire
(1990).